La perspectiva de género: herramienta para la formulación de políticas públicas en una sociedad más equitativa
BLANCA RUTH ESPONDA*

Desde la primera Conferencia del Año Internacional de la Mujer que tuvo lugar en México en 1974, nuestro país se comprometió a impulsar un esfuerzo institucional para acelerar el avance de la mujer en todos los ámbitos de la vida nacional. En las subsecuentes conferencias internacionales y muy particularmente en la Cuarta Conferencia Mundial de Beijing de 1995, se suscribió el compromiso de crear un mecanismo institucional que introdujera el enfoque de género en el diseño y ejecución de las políticas públicas.

El mecanismo institucional destinado a participar en la planeación del desarrollo permitirá orientar, coordinar y supervisar la introducción apropiada de la perspectiva de género en las diferentes políticas públicas (de salud, educativa, laboral, productiva y de desarrollo político) e inducir a los actores sociales y privados para que estén conscientes de la importancia de dicha estrategia y sumen sus esfuerzos al logro de los objetivos de equidad de género planteados por la Declaración y la Plataforma de Acción de Beijing.

Para comprender por qué el Estado requiere introducir la perspectiva de género en las políticas públicas, es preciso identificar en primer término el concepto de «género». Este se aplica a un conjunto de ideas, percepciones y valoraciones sociales y culturales, así como a construcciones subjetivas asociadas al ser «mujer» o al ser «hombre/varón», que se manifiestan en los hechos en relaciones desiguales de dominación/subordinación. En consecuencia, estas relaciones desiguales generan desventajas para las mujeres en todos los ámbitos, así como en cuanto al acceso y control de la totalidad de los recursos sociales y económicos que pertenecen por igual a hombres y mujeres.

En la formación genérica se entrecruzan la condición de clase, etnia, de vivencia urbana o rural y de influencias específicas que cada persona experimenta a lo largo de su vida, permanentemente presentes en nuestra cultura. Así, el concepto de género se utiliza para mostrar que un hecho biológico determinado la capacidad de concepción es un fenómeno distinto al hecho cultural: la maternidad. Por tanto, es la cultura la que construye un hecho simbólico sobre un hecho biológico, lo que trae aparejada una serie de iniquidades sociales.

Es sabido que algunas comunidades rurales consideran que los métodos de regulación de la fertilidad violentan la dignidad de las mujeres, pues consideran que atentan contra la maternidad. En esos casos, la valoración y reconocimiento social de la mujer radica exclusivamente en que sea fecunda y no en que se le reconozcan sus demás roles sociales o económicos como persona, en lo individual y en la vida colectiva. Así, mientras las bondades de los diferentes métodos de regulación de la fecundidad y de salud reproductiva para las mujeres son difíciles de aceptar por los hombres, por contraste los beneficios de satisfacctores sexuales masculinos o de medicamentos como el viagra, son fáciles de aceptar y de utilizar.

Una herramienta analítica para identificar la forma en que estas construcciones culturales de la masculinidad y la femineidad se expresan en la vida cotidiana es la perspectiva de género.

Por ello, si la sociedad desea avanzar hacia un equilibrio en las relaciones entre hombres y mujeres en todos los ámbitos del quehacer social es preciso que, además de tomar conciencia y sensibilizarse acerca de estas diferencias que se traducen en discriminaciones abiertas o encubiertas, esté dispuesta a cambiarlas. Es preciso diseñar las políticas públicas con un enfoque o perspectiva de género, que permitan advertir con claridad las diferencias y las desigualdades en todas las esferas del quehacer público, para estar en condiciones de crear los mecanismos que permitan compensarlas hasta erradicarlas.

Un ejemplo de exclusión y discriminación por género se da en los mercados de trabajo, que se sintetiza por la naturaleza precaria del trabajo femenino, la segregación ocupacional y la discriminación salarial frente a los varones. El hecho material es que la fuerza de trabajo femenina se duplicó en tan sólo 20 años, pasando de un 17% en 1975 a cerca del 35% en 1995. El hecho simbólico - cultural es que las mujeres ocuparon un segmento del mercado altamente precario, como son las ocupaciones del sector informal de la economía, sin protección social y sin condiciones mínimas de regulación laboral. Se concentraron esencialmente en el sector de los servicios por falta de capacitación técnica y como una extensión de su aprendizaje del trabajo doméstico. La masa salarial femenina está por debajo de la masculina en más de un 40%, por trabajo de igual valor, debido a que las mujeres carecen de organizaciones de lucha para la defensa de sus intereses de clase y de género.

Las necesidades que trae aparejada una fuerza de trabajo femenina creciente no han sido atendidas con propiedad, debido a la ausencia de una política pública del sector laboral con enfoque de género, que tome en cuenta estas desigualdades. La Ley Federal del Trabajo requiere modificaciones que garanticen la equidad de trato en el salario y las ocupaciones, así como la igualdad de oportunidades para el ascenso en la carrera ocupacional dentro de la empresa. También requiere regularse mejor la protección social hacia las mujeres, así como sus derechos laborales y de seguridad social, ya que de los cerca de 12 millones de trabajadoras sólo 4.5 millones están aseguradas por el IMSS. Para 1997 los hogares dirigidos por mujeres eran 4 millones, lo que significa que existe un nuevo tipo de familia monoparental que requiere contar con apoyos institucionales para lograr el desarrollo integral de sus miembros.

Fenómenos discriminatorios similares se presentan en la familia, a causa de la violencia intrafamiliar; por la deserción en la escuela de las niñas y en la salud, por las precarias e insuficientes servicios para las mujeres. Por todo lo anterior, es preciso fortalecer las tareas de planeación con enfoque de género iniciadas por la Comisión Nacional de la Mujer al aplicar el Programa Nacional de la Mujer 1995-2000. Un mecanismo análogo podría ser la creación del Instituto Nacional de la Mujer propuesto por el candidato Francisco Labastida, con personalidad jurídica autónoma y patrimonio propio, que le permita introducir el enfoque de género en todas las políticas públicas y estimular la acción de la sociedad organizada para acelerar el avance de la equidad y de la igualdad de oportunidades en todos los ámbitos del quehacer social.

*Secretaria Adjunta a la Presidencia del CEN.