UN
MÉXICO SIN EXCLUSIONES
Los
evidentes contrastes en la sociedad mexicana obligan a preguntarnos
qué hacer en torno al problema de las grandes masas de
marginados: su incorporación al desarrollo general es un
imperativo ético, político y económico.
Nuestra
Nación es plural: étnicamente heterogénea,
socioeconómicamente desigual, políticamente diferenciada,
mayoritariamente urbanizada pero con graves distorsiones en sus
asentamientos territoriales. Sin embargo, con posibilidades reales
de progreso en función de su composición demográfica,
la cual, si bien demanda una atención permanente y especializada
para la niñez, la juventud, los adultos, los mayores y
dentro de cada uno de estos grupos, muy especialmente a las mujeres;
también significa una esperanza fundada en la transformación
del país. Hay logros en este sentido; el territorio y la
población han cambiado: el 73 por ciento de los habitantes
pertenece al medio urbano.
Habremos
de perseverar en el esfuerzo de lograr una distribución
poblacional que evite la dispersión actual y facilite la
aplicación de programas de desarrollo regional; rediseñar
la administración pública federal en correspondencia
con las locales, a fin de integrar las políticas públicas,
que al orientarse hacia la obtención de resultados logren
que las virtudes se sumen y multipliquen: que la salud refuerce
la educación, que ésta sirva al trabajo como medio
de realización y subsistencia digna y conduzca a la seguridad
social; que el campo sea productivo, con vida social en centros
habitacionales rurales homogéneos, equipados con todos
los servicios. Que en las ciudades se promueva un desarrollo sociourbano
sano y productivo y, en el campo y en las ciudad, proteger el
medio ambiente y la sustentabilidad en los procesos productivos.
La
descentralización de la política social tiene como
propósito el equilibiro, vinculando objetivos nacionales
con regionales, estatales y municipales, precisando, aún
más, la atención a los grupos indígenas en
extrema pobreza y los marginados en los centros urbanos. La integralidad
demanda revitalizar la identidad nacional: los valores de independencia
y soberanía que nos permitan actuar en el mundo global
sin perder nuestra esencia; el ejercicio de las libertades propiciando
la justicia social; la equidad, el respeto y la tolerancia en
la democracia; la garantía de los derechos humanos en la
procuración e impartición de justicia. Lo anterior
implica impulsar una actitud abierta e incluyente de todos los
actores sociales.
La política social es responsabilidad fundamental del Estado,
pero sólo es factible si se comparte entre autoridades,
represententantes populares y la comunidad organizada en su territorio
y por cada una de las materias que atañen al desarrollo
social. Es así que el PRI, en congruencia con su raíz
popular original, ha sido el único partido y continúa
siéndolo capaz de reconocer en la comunidad sus grandes
y eficaces dotes de organización para identificar necesidades,
plantear demandas y encauzar soluciones viables. En el PRI tenemos
conciencia de nuestra deuda histórica y nuestro compromiso
político: un México sin exclusiones. Mantener la
estabilidad política y económica conseguida a través
de accidentadas décadas, con más encuentros que
desencuentros, es condición indispensable para sostener
el crecimiento, generar inversiones, crear empleos y mejorar la
distribución del ingreso con el fin primordial de erradicar
la pobreza extrema e igualar las oportunidades para todos los
sectores sociales en todas las regiones del país.
Dulce Ma. Sauri Riancho,
Presidenta del Comité Ejecutivo Nacional
