¿Quién es Vladimir Putin?
MARÍA EMILIA FARÍAS*

Vladimir Putin era hasta hace unos meses un oscuro burócrata, hoy es el virtual presidente de la Federación Rusa.

El presidente interino de Rusia fue director de la FSB (antigua KGB) y secretario del consejo de seguridad. Gracias a un discurso patriótico y al poder de la televisión, de la nada las cadenas públicas ORT y RTR crearon una nueva figura política, sin importar antecedentes y propósitos.

La vida de Putin es un misterio, algunos analistas rusos han llegado a decir que el presidente interino es «una caja negra». Putin se graduó en 1975 en la Universidad de Leningrado, de abogado. Poco después fue invitado por la KGB, en donde trabajó en los servicios de información del exterior. Según sus compañeros, Putin fue un cuadro del que la KGB dispuso a su antojo. Gracias a su dominio del alemán fue enviado a Alemania, Austria y Suiza. Y hasta ahí la información, del resto no se sabe nada más.

Oficialmente dejó la KGB durante el golpe de 1991. Sin embargo, ya desde 1990 se había incorporado a las filas de la burocracia como presidente del Comité de Asuntos Internacionales de la ciudad de Leningrado, con el mandato de atraer inversiones extranjeras. En ese puesto se convirtió en el poder detrás del trono, en la figura que ningún empresario podía evitar si lo que deseaba era hacer buenos negocios.

Según sus allegados, su paso por la alcaldía permitió inversiones en San Petersburgo, de importantes empresas de Estados Unidos como Gillete, Procter & Gamble y Coca Cola.

A mediados de la década pasada, Putin fue invitado por Anatoli Chubais a Moscú, en donde fue admitido en el círculo íntimo de la familia de Yeltsin. Su primer trabajo fue levantar el inventario de todos los bienes inmuebles que el Kremlin poseía en el extranjero, tarea delicada, pues había que «registrarlos debidamente». Posteriormente, fue nombrado el número dos de la administración presidencial, haciéndose cargo de la «misteriosa Dirección de Control», que en teoría es responsable del cumplimiento de los decretos presidenciales, pero que en realidad es una mini KGB destinada a desenmascarar la corrupción en las distintas regiones de la Federación Rusa. Se asegura que Putin preparó y aún conserva un expediente «kompromati» de cada uno de los gobernadores y que gracias a la amenaza de su publicación pudo constituir rápidamente el Partido Unidad y asegurarse la victoria en las elecciones legislativas de diciembre pasado.

Ya en 1998 el nombre de Putin se había manejado para ocupar la dirección de la FSB. Pero no fue sino hasta febrero de 1999, cuando estalló el escándalo «Mabetex» que Putin se consolidó en el ánimo de Yeltsin. La investigación del procurador Skouratov sobre la compañía de origen suizo para saber si ésta había entregado importantes cantidades de dinero a cambio de jugosos contratos a la industria de la construcción, pero también para conocer si había servido de canal para poner en lugar seguro el dinero de los Yeltsin, era una bomba de tiempo. Vladimir Putin fue el elegido para acallar el escándalo, lo hizo tan bien que el honor de Yeltsin quedó a salvo y el procurador Skouratov perdió su puesto y ahora sobre su cabeza pende una acusación de abuso de autoridad.

De la misma manera como arregló el incómodo asunto de Mabetex, Putin trabajó sigilosamente un plan para atacar a los terroristas chechenos.

Nombrado primer ministro el 4 de agosto de 1999, diseñó la estrategia de mantener la tensión política hasta llegar a la fecha de las elecciones legislativas en diciembre pasado y las presidenciales de este año.

Para tal propósito, las explosiones en Moscú y otras ciudades en las que perdieron la vida 300 personas, le cayeron como anillo al dedo, ya que gracias a éstas logró crear un ambiente de unidad contra el enemigo «externo».

La guerra en Chechenia ha servido al grupo del Kremlin que deseaba a toda costa mantenerse en el poder o cuando menos asegurar fortuna y seguridad personal. Pero en términos geoestratégicos la presencia del ejército ruso en Chechenia se explica por el afán de recuperar el dominio en la zona del Cáucaso.

Rusia defiende la tesis de que la mayor parte del petróleo del Mar Caspio debe transitar por su territorio, a través del oleoducto Bakou-Novorossik. Sin embargo, como parte de la estrategia de las compañías petroleras –principalmente estadounidenses y británicas– y de las nuevas repúblicas de Asia Central, para romper la brecha del monopolio ruso, desde 1999 está funcionando otro oleoducto que une el puerto de Bakou en el Mar Caspio con el puerto de Soupsa en Georgia y que se integra prácticamente al sistema de la OTAN1.

Asimismo, a finales del año pasado Turquía, Georgia y Azerbaiyán firmaron un acuerdo para construir un oleoducto que una Bakou con Ceyhan en el Mar Mediterráneo, esquivando el territorio ruso.

Los nuevos oleoductos se sitúan en la zona de influencia de la Alianza del Atlántico Norte. Los oleoductos representan para el juego estratégico de Occidente una vía de unión del Mar Caspio y Asia Central con los mares abiertos y la manera de evitar a Rusia e Irán.

La guerra de Chechenia obedece a la situación privilegiada del Mar Caspio como tercera reserva mundial de crudo y a la posición geográfica de las pequeñas repúblicas del Cáucaso. Por lo que cualquier proyecto inde-pendentista por parte de Daguestán o Chechenia es inviable por razones de seguridad nacional.

Pero en la guerra de Chechenia opera también otra lógica y es la que tiene que ver con la construcción de una federación que carece de leyes y normas que hagan posible la convivencia en la región, pero sobre todo con la pérdida de influencia de Moscú en el Cáucaso. Dejada a su suerte después de la primera guerra de 1994-1996, Chechenia busca un espacio en el caos regional: «Daguestán se convirtió en un centro de contrabando y asaltos; Ingouschia en el centro regional para el tráfico de oro y drogas; y Ostesia del Norte en el principal productor de vodka de contrabando.»

El Cáucaso es una zona sin control en la que se combinan los efectos negativos del modelo yeltsiniano de Federación Rusa. Yeltsin dejo hacer todo a cambio del establecimiento de un sistema feudal de apoyos mutuos bajo el principio de «Tomen toda la autonomía que puedan digerir».

La determinación de lanzar una segunda guerra en Chechenia para defender la integridad territorial rusa y los intereses económicos del país, le valió saltar en septiembre de 1999 del uno por ciento de las intenciones de voto a más del 50, en escasos cinco meses.

Putin es el nuevo padre de la nación rusa, lo que tiene un enorme significado para millones de rusos desesperados y empobrecidos que esperan el renacimiento de la gran Rusia. Es también el regreso de la KGB a la escena política, lo que es percibido por la población como una garantía contra las imposiciones de Occidente.

Vladimir Putin está aprovechando el momentum de la victoria de las tropas rusas en Grozny, el del triunfo del inexistente partido «Unidad» en las elecciones legislativas del pasado 19 de diciembre y el del alza de los precios de las materias primas en especial del petróleo que representa el 20% de los ingresos del gobierno.2

Vladimir Putin tiene, pues, allanado el camino al Kremlin, salvo un imponderable, el 26 de marzo deberá convertirse en el moderno Zar de Rusia. Sus principales oponentes han declinado la candidatura o mejor dicho se han alineado con el presidente interino. Sergei Stepachine, ex primer ministro, anunció que no contendería; otro ex primer ministro, el contrincante de mayor talla, Evgueni Primakov, declinó no sin antes denunciar los métodos violentos del Kremlin para hacerlo a un lado (campaña de las dos cadenas de televisión pública en su contra, compra de sus seguidores y la publicación de documentos comprometedores «kompromati»).

Por su parte, el alcalde de Moscú, Yuri Loujkov, fue más explícito al anunciar que no presentaría su candidatura: «No tiene sentido lanzarse en una campaña que será una campaña para elegir a Putin, y no unas elecciones en el buen sentido de la palabra».

Pero no sólo la clase política ha respaldado al presidente interino, Gazprom, la compañía de electricidad UES y las compañías petroleras han hecho público su apoyo a Putin.

Según las últimas encuestas Putin tiene entre el 58 y el 60 por ciento de las intenciones de voto, de confirmarse esa tendencia ganaría la presidencia en la primera vuelta; Guennadi Ziuganov le sigue con 23 por ciento; el candidato liberal Grigori Yavlinski con 6 por ciento; y, por último, el ultranacionalista Vladi-mir Jirinoski con un raquítico 2 por ciento.

Occidente está en espera de que Putin sea igual de funcional a sus intereses, especialmente a los estadounidenses, como lo fue Yeltsin, a pesar del evidente fracaso en el plano interno. Sin embargo, Putin ya anunció su propia doctrina que consiste en bajar el umbral de la guerra nuclear.

Los cambios económicos y políticos impulsados por Yeltsin trastocaron las relaciones sociales. La población rusa tiene la percepción de que los cambios han servido para debilitar a la que hasta hace poco fue una de las dos potencias mundiales con objeto de impedir que se convierta de nuevo en un polo económico, político y militar capaz de competir e incluso vencer a los Estados Unidos. Esa es la razón por la cual la oferta de Putin de “Patriotismo, Estado y Religión” ha tenido una fuerte aceptación entre los rusos que se sienten defraudados porque las reformas para transitar al capitalismo impulsadas por Yeltsin sirvieron para que se enriquecieran los amigos íntimos de la familia.

1 Jean Radvanyi. «Sale Guerre de Tchétchénie», L’Atlas 2000 des Conflits. Manière de Voir No. 49. Enero-Febrero 2000. p.27
2 En el tercer trimestre de 1999, el PIB creció 1,8% y quizá aumente a 2% durante 2000.

Exdiputada federal. Actualmente funge como enlace del CEN del PRI ante la Internacional Socialista.