Globalización,
democracia, justicia social y campañas presidenciales
RICARDO
CARRILLO ARRONTE*
La
globalización y sus impactos en la justicia social mexicana,
es el tema fundamental que definirá la votación
en los próximos comicios. El análisis objetivo de
la globalización de nuestra economía, y las propuestas
de solución a los problemas ancestrales de nuestro desarrollo
no son percibidos por la mayoría determinante del electorado
nacional, en la forma de propuestas de los partidos políticos
y candidatos presidenciales contendientes, con el peligro inminente,
como ya ha pasado por desgracia en otros países latinoamericanos,
de que ante tal indefinición o incertidumbre, la población
mayoritaria se deje impresionar por el discurso entendible y superficial
de un populista, de izquierda o de derecha, que lejos de representar
una salida positiva a los urgentes y profundos problemas nacionales,
vaya a desbarrancar al país con supuestas soluciones de
empirismo bien intencionado; regresiones a principios ideológicos
ya superados de principios del siglo XX o utopías económicas
de los siglos XVIII y XIX; o peor aún, de inocente entrega
a los intereses extranjeros contra los cuales llevamos 500 años
de lucha y triunfos importantes, aunque aún insuficientes
para consolidar nuestro desarrollo y bienestar dentro del competitivo
mundo moderno de la globalización, y que como siempre lo
han hecho, sólo velarían por sus propios intereses,
y nunca por el beneficio de México y los mexicanos.
De
los partidos contendientes, el PRI tiene el mejor proyecto de
país y programas económicos detallados desde hace
tiempo en su Declaración de Principios y Programa de Acción,
que recogen las banderas de las luchas reivindicatorias del pueblo
mexicano, desde la defensa de la Nación contra el colonialismo
europeo del siglo XVI, hasta los recientes postulados presidenciales
por una «globalización con rostro humano»,
democracia y justicia social para todos los mexicanos; pasando
por los postulados de «mitigar opulencia e indigencia»
de la Independencia, las guerras contra el expansionismo e imperialismo
extranjero del siglo XIX; la primera revolución social
del siglo XX; la separación entre estado y religión;
la expropiación petrolera; los libros de texto gratuitos,
y otras muchas luchas y batallas ganadas para el bien nacional,
por la corriente ideológica progresista que defiende el
Partido Revolucionario Institucional.
Los
priístas debemos aceptar abiertamente, con un auténtico
espíritu de autocrítica constructiva y correctiva,
que algunos de nuestros funcionarios y programas han tenido errores
e insuficiencias en 70 años de gobierno, aún con
ello el saldo es positivo; precisamente, esta capacidad de autocrítica
y corrección que ha demostrado tener nuestro partido, nos
ha permitido la permanencia política para gobernar, al
poder corregir los resultados insatisfactorios, ocasionados por
fallas, nuestras, del exterior o de circunstancias fortuitas inesperadas,
renovando con ello la esperanza sexenal del electorado, que aceptando
la falibilidad humana imprevisible, siempre ha confiado mayoritariamente
en la ideología y el proyecto nacional de nuestro Partido,
y mantiene vigente el proyecto histórico del pueblo mexicano,
contenido en la Constitución de 1917. Esto es precisamente
lo que está en juego en estas elecciones presidenciales,
no es sólo un candidato o un Partido, sino el proyecto
mismo de país, por lo que han luchado y muerto millones
de mexicanos a través de nuestra historia, donde cada vez
encontramos los enemigos de siempre, con su eterno proyecto malinchista,
elitista y desnacionalizador.
Hoy
en día, nuestro Partido y candidato presidencial se enfrentan
a una coyuntura internacional desfavorable, donde problemas tradicionales
de concentración del ingreso, desempleo, pobreza, dependencia,
inseguridad y violencia social, se han acentuado en todos los
países del mundo, incluso en los países ricos que
más han ganado en la globalización desde hace siglos,
ya no se diga en países semidesarrollados como el nuestro,
con problemas sociales y económicos insuficientemente resueltos,
poblaciones demandantes de rápido crecimiento, y que además
nos vimos obligados a abrir nuestra economía en forma prematura,
intempestiva y generalizada, cuando el 80% de las empresas mexicanas
y demás instituciones públicas y privadas no alcanzaban
aún los altos niveles de competitividad que requiere el
éxito en los mercados internacionales, a diferencia de
los países exitosamente globalizados con los cuales ahora
debemos de competir, que sólo liberalizaron gradualmente
el 80% de sus actividades productivas, sólo después
de que sus empresas habían superado los niveles de la competitividad
exitosa en los mercados internacionales, habiendo creado de paso
en dicho lapso, las instituciones públicas y privadas de
fomento y protección al desarrollo, que mantienen trabajando
con subsidios, socialmente justificables, al 20% restante de sus
empresas que por problemas estructurales y objetivos no sobrevivirían
por sí solas en los competidos mercados globalizados. Por
estas razones, los diversos indicadores del bienestar nacional
en México, y las encuestas profesionales sobre la opinión
del pueblo mexicano, arrojan una proporción cercana al
famoso binomio paretiano de 80-20, entre aquellos que por las
razones ya explicadas se han visto perjudicados en el corto plazo
por la globalización, y aquellos que se han beneficiado
de la misma, gracias a su eficiencia y alta competitividad internacional,
a la cual deberíamos de tender todos los mexicanos.
Esta
relación de 80-20 entre los perdedores y ganadores de la
globalización en el corto plazo, la conocen ampliamente
los partidos de oposición, que han enfocado sus populistas
baterías a la cómoda posición de criticar
esta situación, buscando lógicamente el apoyo electoral
de ese 80% de la población molesta e irritada contra nuestro
Partido y sus funcionarios, sin proponer ninguna solución
concreta para el corto plazo, sino al contrario, disfrazan de
patrióticos sus compromisos de acentuar la situación
actual. A pesar de lo anterior, los priístas no hemos sido
capaces de explicar convincentemente que los resultados negativos,
ni se deben al Partido y sus gobernantes, ni son privativos del
caso mexicano, ya que a pesar de nuestros esfuerzos, esta situación
se debe a que por una parte, los mercados y las empresas no se
comportan con la perfección y equidad a que se comprometieron
los países con los cuales nos globalizamos; así
como al hecho histórico de que por su larga experiencia
en los avatares de la globalización de los mercados internacionales;
estos países, además de haberse beneficiado excepcionalmente
al ser pioneros de este proceso, posibilitándolos con ello
a obtener un alto nivel de desarrollo y bienestar, pudieron crear
al mismo tiempo, sin la presión internacional actual, una
amplia y eficiente red de instituciones públicas de fomento
al empleo, la producción empresarial y apoyo a la competitividad
sistémica de sus economías, que, con disimulo, protege
a sus empresas poco competitivas, incluso en aquellos casos que
como los tomates mexicanos, naranjas, atunes, cemento, camiones,
escobas, plátanos, etc., los productos mexicanos superan
los niveles de competitividad internacional para exportar con
éxito en los mercados globalizados, en los cuales a pesar
de las prédicas internacionales por el libre comercio y
los tratados y compromisos firmados al respecto, se ven injustamente
impedidos de participar, por la acción subsidiadora de
múltiples y bien financiadas instituciones de los gobiernos
de países ricos, así como una verdadera muralla
de nuevos y sutiles proteccionismos noarancelarios, con los cuales
defienden el empleo, ingreso y bienestar de sus pueblos y trabajadores,
que en casos extremos e indefendibles, aún cuentan con
amplios subsidios gubernamentales al desempleo, alimentación,
vivienda, salud, etc., que sostienen la paz social, la producción
de sus empresas y el poder de compra y dinamismo de sus mercados
domésticos, mientras a nosotros nos impulsan internacionalmente
a desmantelar cualquier esbozo de participación y fomento
económico similar, que pudieran haber construido nuestros
gobiernos, como tímida respuesta a graves y crecientes
problemas económicos de nuestro desarrollo.
Los
gobiernos priístas han promovido todos los avances económicos
y políticos de nuestro país; en el campo económico,
la substitución de importaciones y, a su agotamiento, la
globalización; en el campo político, la democracia
integral que hoy nos elogian internacionalmente. El único
problema que para nosotros representa la simultaneidad en los
procesos de modernización de ambos componentes de nuestra
«economía política», es que siendo ambos
procesos positivos e ineludibles, tienen distintos períodos
de maduración, ya que mientras los procesos político-electorales
producen en México resultados cada 3 y 6 años, los
procesos económicos que incrementan nuestra competitividad
internacional requieren de varias generaciones o décadas
para madurar y producir resultados positivos, sin que hayamos
podido resolver hasta el momento este nudo gordiano del desfase
temporal de las estructuras y resultados de ambos procesos, tampoco
hemos sido capaces de explicarle convincentemente estos fenómenos
al 80% de la población menos favorecida, en cuyas manos
está la próxima elección presidencial, a
fin de que entiendan con claridad, que aunque estamos en el camino
correcto no es posible aumentarles su nivel de escolaridad, productividad,
competitividad internacional, empleo y salario, de un día
para otro, como se los prometen en forma demagógica y populista
algunos candidatos de oposición, que sólo buscan
satisfacer ambiciones personales de poder.
El
Presidente Zedillo ha librado múltiples batallas por «la
globalización con rostro humano», el pasado 8 de
febrero, en el XIII Congreso Nacional de Economistas insistió
declarando: «... Si participamos en la economía global
y lo hacemos de manera inteligente podremos tener un mayor crecimiento
económico... para lo cual requerimos en lo material de
una economía sana, en crecimiento y generadora de oportunidades
y más empleos para los mexicanos y mexicanas de hoy y del
futuro, mientras que en lo político, la única respuesta
y el modelo único es la democracia». Por otra parte,
nuestro candidato presidencial, Francisco Labastida Ochoa, viene
insistiendo diariamente sobre este tema, como lo hizo en su discurso
de protesta del 20 de noviembre pasado, cuando dijo: «...
Los otros partidos sólo hablan de los cambios que nosotros
realizamos... la justicia social es la gran deuda pendiente en
México, es la gran prioridad hacia el futuro, reconociendo
también que a lo largo de este siglo ha habido grandes
avances en el país. Sin embargo, reconozcamos con verdad
y honestidad que el número de pobres ha crecido. Somos
una nación con profundas desigualdades. En el campo hay
pobreza. México crece a dos velocidades, el sur y sureste
están rezagados; las mujeres no tienen igualdad de oportunidades;
la delincuencia y el crimen lastiman a nuestra gente... ofrezco
cambio con rumbo para no tener crisis, bajar la inflación
y hacer del empleo bien pagado una realidad suficiente para todos.
Cambio con rumbo, para que la gente viva mejor, eso es a lo que
yo me comprometo.»
Ahora
sólo falta que los priístas de todos los rincones
del país y de todas las actividades económicas,
políticas y sociales, aportemos a la campaña de
nuestro candidato presidencial, con convicción nacionalista
y revolucionaria, toda nuestra experiencia, profesionalismo y
capacidad técnica y nuestra solidaridad social y trabajo
partidario, para «aterrizar» los objetivos y lineamientos
nacionales definidos por nuestro candidato presidencial, en los
particulares campos de nuestro dominio personal; para que entre
todos, en forma democrática, transparente y consensada
en la campaña de Francisco Labastida Ochoa, integremos
el programa democrático de gobierno, que convenciendo y
entusiasmando a la mayoría de votantes, nos dará
el triunfo electoral el próximo 2 de julio, garantizando
con ello el bienestar general, y la seguridad y justicia social
que el pueblo mexicano nos demanda para su futuro inmediato y
de largo plazo.
*Militante
del Partido desde hace 45 años. Ha sido director general
del Instituto de Estudios Políticos, Económicos
y Sociales (IEPES), secretario de Divulgación Ideológica
del CEN y miembro de la Comisión Nacional de Ideología.
