La dinámica de nuestro comercio exterior

Las importaciones excesivas como obstáculo y
oportunidad para el crecimiento acelerado de México

MANUEL CALDERÓN DE LA BARCA*

No cabe duda que al conocer las cifras del comercio exterior de México, impresiona el valor de las exportaciones y se reconoce que hemos hecho un buen esfuerzo para convertir al país en un exportador importante. Efectivamente, viendo las cifras de 1994 al 31 de diciembre, el valor de las exportaciones de México fue de 60,882.2 millones de dólares. El monto incluye las exportaciones de la industria maquiladora.

El valor de las exportaciones estimadas, al 31 de diciembre de 1999, fue de 135 mil 786 millones, incluyendo la industria maquiladora. Éste es un crecimiento superior al 124% en un quinquenio, proporción que no se había dado en toda la historia de las exportaciones del país. (Ver Cuadro 1).

Si bien estas cifras deben causarnos satisfacción, toman su verdadera dimensión al analizarlas en más detalle. Si vemos la composición de las exportaciones en 1994, el renglón de agricultura es de 2 mil 220 millones, el de ganadería, y pesca es de 457 millones, el de industrias extractivas es de 6 mil 996 y el de servicios es de 134 millones. En cambio, las industrias manufactureras son de 51 mil 075.3 millones.

Se aprecia de inmediato que las industrias son la principal fuente de nuestras exportaciones, y que eran casi el 84% del total, en 1994. En 1999, el sector industrial alcanzó 89%, con un monto de 122 mil 361 millones de dólares. Frente a estas cifras positivas nos encontramos que las importaciones han crecido en tal forma que se constituyen nuevamente en la limitación que, como una cortina de hierro, nos impide crecer más allá del 5% del Producto Interno Bruto. Si intentamos una cifra mayor del 5%, nuestra Balanza Comercial se vuelve altamente deficitaria. A mayor crecimiento de nuestras exportaciones crecen más nuestras importaciones, haciendo necesario cubrirlas con deuda externa. Así, nuestro Comercio Exterior ha sido, como casi siempre, incapaz de pagar nuestras importaciones cuando crece el PIB.

Esta es la «maldición gitana» que no hemos logrado romper en nuestra economía. Las cifras de importaciones necesarias para alcanzar las exportaciones de 1994 fueron de 56 mil 514 millones, de bienes de uso intermedio (insumos). Las de bienes de consumo fueron de 9 mil 510 millones y las de bienes de capital, indispensables para el crecimiento futuro de la industria, 13 mil 322 millones. En total, las importaciones de ese año, alcanzaron 79 mil 346 millones. (Ver Cuadro 2).

Las cifras de importaciones de 1999, en bienes de consumo llegaron a 12 mil 174.3 millones, en bienes de capital 20 mil 527 millones y en bienes intermedios 109 mil 358 millones. Esta es nuestra debilidad. En total, las importaciones fueron de 142 mil 059 millones.

Si comparamos esta cifra con las exportaciones del mismo año, encontramos que el agujero negro de nuestra balanza comercial es de un déficit de 5 mil 307 millones, que agregado a los pagos de la deuda del año, explican el origen del freno que nos evita un crecimiento mayor. Quienes lo intentaron, tuvieron que devaluar el peso. Aunque no lo parezca, en las cifras analizadas se encuentra el gran secreto de nuestra posibilidad de romper la maldición o la cortina de hierro de nuestras limitaciones de un crecimiento mayor al 5% del PIB.

Podríamos aumentar la inversión y el empleo, si logramos fabricar un volumen creciente de bienes intermedios. Esto significa lograr que nuestras exportaciones incluyan cada año una proporción mayor de producción nacional. Así, reduciremos el déficit de nuestra Balanza Comercial y aumentaremos, en forma importante, el empleo interno.

Para esto resulta necesario hacer un esfuerzo muy ambicioso de política industrial, dirigido a los inversionistas nacionales y extranjeros para que las importaciones cuantiosas de bienes intermedios, –ya que es poco lo que puede hacerse en materia de bienes de capital y de consumo, aunque también debe procurarse–, se conviertan en un programa continuo de ampliación o establecimiento de empresas, capaces de producir bienes intermedios. Si son de cuantía suficiente romperemos las limitaciones que a nuestro crecimiento le impone la importación gigantesca de insumos, que hemos hecho siempre.

El camino es el encadenamiento de empresas nacionales, grandes, medianas y pequeñas, en los procesos de integración de las exportaciones. No nos debemos engañar, ya que uno de los problemas de la globalización es que ese encadenamiento muchas veces ya lo tienen los consorcios más importantes con sus propias empresas, que les suministran los bienes intermedios, pero con plantas en el extranjero.

Sin embargo, existen posibilidades de participación cuando la dinámica de crecimiento de las importaciones nacionales lo hacen posible, como en el caso actual. En cinco años crecieron más de 52 mil millones. Usemos al gobierno como un aliado que apoye la participación de inversionistas nacionales, ya sea como socios minoritarios o mayoritarios de los grandes o medianos importadores, para la fabricación de los bienes intermedios, en ese mercado creciente de más de 50 mil millones de dólares, al establecer plantas filiales en el país.

El convencimiento se facilitará si el gobierno, por su parte, contribuye a mejorar la situación de la banca, las reglamentaciones en la aprobación de nuevas empresas, realiza avances en la reforma fiscal, en la modernización aduanal y en las obras de infraestructura, entre otras, la portuaria, anticipa energía suficiente y prepara una mano de obra mejor calificada, para atraer la instalación de esas plantas.

Por su parte, los inversionistas nacionales, además de impulsar esta alianza estratégica con el gobierno, tienen que tomar la iniciativa para identificar oportunidades en ese enorme mercado de importaciones de insumos, tomando riesgos para encontrar, mediante estudios, proyectos de inversión factibles, que incluyan la más moderna administración, con productos de la máxima calidad de exportación y rigor en la entrega de los insumos, en base a procesos de alta precisión y oportunidad en los tiempos de entrega (just in time); en fin, inclusive ser renovadores en la tecnología. Todo lo anterior, una vez lograda la primera etapa, para aprovechar además oportunidades en los mercados de Centro y Sudamérica y más tarde, de Estados Unidos y Europa y, finalmente, impulsar la excelente mano de obra que tenemos y que ha debido emigrar a Estados Unidos, o al mercado informal para sobrevivir. La banca privada, NAFIN y el Banco Nacional de Comercio Exterior deben apoyar los esfuerzos empresariales válidos.

Esta estrategia significa dirigir al mercado y no vivir en la ilusión de que por sí mismo todo lo resuelve. Los tigres asiáticos han mostrado alguna habilidad en lograr este tipo de asociación. Nos corresponde tratar de ser «panteras», al convertir un obstáculo en una oportunidad. Se trata de transformar las enormes importaciones en exportaciones de insumos con las que logremos impulsar un alto nivel de empleo que asegure el progreso de las mayorías y disminuya la preocupante pobreza, que es nuestro problema más profundo.

Director del
Fideicomiso Consorcios de
Nafin-SHCP