Revalorar el ser, no el tener*

Para mí es al mismo tiempo una gran satisfacción y un reto estar con ustedes el día de hoy, en el Colegio Nacional de Economistas.

Han acudido aquí, el Presidente de la República, y después cinco candidatos para exponer, junto con el que habla, nuestra visión de la política económica que el país debe seguir en los próximos años. Es un reto por la importancia del foro, por el espíritu crítico, abierto y por la libertad que siempre ha campeado en el Colegio; libertad que sin lugar a dudas debemos de fortalecer, defender y siempre apreciar.

La crisis económica no está en el horizonte del país, México puede elevar su nivel de vida de manera sustancial en los siguientes años. Esta es una oportunidad que se le presenta al país después de casi un cuarto de siglo de vivir dificultades económicas severas, por las cuales uno de cada cuatro mexicanos está en condiciones de pobreza extrema y existen grandes diferencias en el nivel de vida entre el sur y el norte del país, entre el campo y la ciudad. Problemas ingentes de marginalidad en muchas regiones que debemos atender.

He dicho, también, que propongo cambios con rumbo a la economía para que el poder sirva, efectivamente, a la gente.

¿Por qué plantear hoy esta posibilidad de crecimiento económico con estabilidad, cuando en los años pasados esto no lo habíamos logrado?, ¿qué cambios se han dado en el país?, ¿en qué circunstancias se encuentra la economía del país?, ¿qué cambios ha habido en la coyuntura y en la estructura de la economía de México, que nos permiten afirmar eso?

El discurso de los candidatos ha empezado a cambiar, ya nadie dice hoy, como se decía con anterioridad, que las perspectivas del país eran de crisis y que estábamos condenados a la pobreza. Hoy se discute la dimensión del crecimiento, pero la discusión no se centra sobre la viabilidad del proyecto económico del país, ni sobre nuestras perspectivas de crecimiento. Es un cambio de fondo, no sólo cuantitativo sino cualitativo, sobre la actitud de los partidos y sobre la actitud de los candidatos, quien inició esta posición es el candidato que hoy habla, el candidato del Partido Revolucionario Institucional.

Considero acertado que el Colegio haya citado a un congreso para ver a largo plazo las transformaciones de México. Celebro que el Colegio proponga que proyectemos las transformaciones del país hasta el año 2025, a partir de lo ocurrido en la historia reciente del país.

Permítanme, con este propósito, hacer un recorrido sintético de los fenómenos de los años pasados y cómo influyeron en las crisis económicas, en la inflación y en los problemas de pobreza que tenemos.
Los gobiernos federales y muchos de los gobiernos estatales se propusieron cubrir rezagos en México durante este periodo y lo lograron, pero ello implicó una acción más decidida del gobierno en sectores y demandas sentidas por la población. Esto nos permitió atender el explosivo crecimiento demográfico y atender un rezago que era dramático en el país.

En 1960 había 125 mil maestros contratados por el gobierno; en este año hay 1 millón 450 mil; es decir, se multiplicó por 12 el número de maestros. La escolaridad promedio pasó de poco menos de 3 años a casi 8 años.

Hace cuarenta años había aproximadamente 6 mil 500 médicos que trabajaban en el sector público, hoy hay cerca de 130 mil, se multiplicó por 20 el número de profesionistas que atendían las demandas de salud. Eso nos permitió elevar la esperanza de vida al nacer a cerca de 75 años, contra menos de 50 que teníamos en 1960.

El número de habitantes que tenían agua potable en su casa era cerca de 17 millones en 1960, hoy, cerca de 90 millones de habitantes tienen agua potable entubada en su casa.

Esto es el lado positivo de lo que se produjo en estos años, e insisto: qué bueno que el Colegio plantea considerar el tiempo largo, pero esta atención de las demandas sociales con que cumplió el gobierno, implicó una gran presión sobre el gasto público a la cual se agregaron erogaciones e inversiones del gobierno federal en sectores a los cuales no había razón para concurrir, que en su conjunto determinaron que el país llegara a tener déficit fiscales cercanos al 16% como cifra máxima en 1981, si aplicamos ese déficit fiscal al tamaño de nuestra economía, es el tamaño de un FOBAPROA anual.

Este alto déficit generó mayor demanda agregada; generó ciclos recurrentes de devaluación y la inflación aparejada a ello, obviamente, un empobrecimiento en una parte de la población y una distribución crítica del ingreso, en donde se polarizaron los que tenían más con la gran masa de mexicanos que tiene poco o que sólo tiene pobreza, consecuencia de altos periodos de inflación de más de 20 años, arriba de 2 dígitos, de una baja inversión y de baja generación de empleo.

La referencia y la conclusión no es que el gobierno haya hecho mal en atender demandas sociales, sino que se debió corresponder con una política de ingresos corresponsable con los objetivos nacionales y sociales que nos estábamos planteando, para hacer consistente el propósito con el manejo de los instrumentos de política económica.

Pero vale la pena escudriñar el pasado, observar la coyuntura y prever el futuro que nos espera. En términos de la coyuntura logramos reducir un déficit fiscal del 16% del Producto a un déficit del 1%. Logramos reducir un déficit de la balanza comercial y de la balanza de servicios cercano al 8%, a un nivel inferior al 3%, compensado en su mayor parte con aportaciones de inversión extranjera directa, el 85%, que no pone en riesgo el equilibrio de la balanza comercial y le da un saldo favorable, positivo, estable, a la balanza de servicios.

Redujimos el manejo de la deuda a un pago programado del orden de mil 900 millones de dólares en el año 2001, contra 9 mil 700 millones de dólares programados en 1995, más la existencia de unos 34 mil millones de dólares de Tesobonos. Contamos en el Banco de México con una reserva del orden de 31 mil millones de dólares, contra menos de 6 mil millones de dólares que teníamos vigentes en diciembre de 94, y esto desde luego se aúna con una disminución persistente en la inflación que logra, entre otras cosas, hacer vigente nuestro consumo interno.

Viendo hacia adentro, somos ya un país de 100 millones de habitantes; somos un gran mercado; viendo hacia el futuro, debemos planear el diseño y el desarrollo de nuestra economía con base en el crecimiento de las exportaciones y en el fortalecimiento de nuestro mercado interno, lo que vamos a lograr disminuyendo la inflación a un nivel compatible con el de nuestros socios comerciales, del orden del 3%, reduciendo el costo del capital para incentivar la inversión, la generación de empleo y también para estimular la mayor adquisición de bienes de consumo duradero, de vivienda, de electrodomésticos, de vehículos.

Haremos crecer el salario real todos los años, por arriba de la inflación y basando el crecimiento del país, en la existencia de un gran mercado de 100 millones de personas. Debemos hacerlo por razones éticas, morales, de justicia social, de viabilidad del desarrollo de nuestra nación, de largo plazo; pero también por razones de viabilidad en el proyecto económico que el país debe fijarse hacia el futuro.
Tan importante como la situación de coyuntura o más importante aún, son los cambios en la estructura del país. El país tiene grandes fuerzas, grandes cambios estructurales, que nos colocan en situaciones que no habíamos vivido en el pasado y yo diría que vamos a vivir, algunos de ellos, sólo en un periodo de inicio del Siglo XXI.

México tenía en 1960 cerca de 35 millones de habitantes, al terminar el presente año vamos a ser cerca de 100 millones. En 40 años casi triplicamos el número de habitantes. Sólo para comparar, España en este tiempo pasó de 30 a 39 millones de habitantes, un crecimiento del 30% contra casi una triplicación en el número de habitantes en nuestro país.

Los demógrafos coinciden en que México tendrá 130 millones de habitantes en el año 2030; es decir, un crecimiento del 30%. Este es un cambio de fondo, cuantitativo y cualitativo. En lugar de crecer el número de niños y jóvenes, va a crecer fundamentalmente la población entre 18 y 65 años. A diferencia de los países europeos, en donde crece el grupo de edad de más de 65 años y eso les presiona en términos de su costo de seguridad social y de salud, con nosotros va a crecer la población de 18 a 65; es decir, la población que trabaja, que produce, que ahorra, que invierte y eso nos va a cambiar el resultado total de la economía porque, con todo respeto para mis amigos economistas, no podemos ver la economía aislada de lo que está ocurriendo en otros grandes componentes del país, La referencia y la conclusión no es que el gobierno haya hecho mal en atender demandas sociales, sino que se debió corresponder con una política de ingresos corresponsable con los objetivos nacionales y sociales que nos estábamos planteando, para hacer consistente el propósito con el manejo de los instrumentos de política económica.

Pero vale la pena escudriñar el pasado, observar la coyuntura y prever el futuro que nos espera. En términos de la coyuntura logramos reducir un déficit fiscal del 16% del Producto a un déficit del 1%. Logramos reducir un déficit de la balanza comercial y de la balanza de servicios cercano al 8%, a un nivel inferior al 3%, compensado en su mayor parte con aportaciones de inversión extranjera directa, el 85%, que no pone en riesgo el equilibrio de la balanza comercial y le da un saldo favorable, positivo, estable, a la balanza de servicios.

Redujimos el manejo de la deuda a un pago programado del orden de mil 900 millones de dólares en el año 2001, contra 9 mil 700 millones de dólares programados en 1995, más la existencia de unos 34 mil millones de dólares de Tesobonos. Contamos en el Banco de México con una reserva del orden de 31 mil millones de dólares, contra menos de 6 mil millones de dólares que teníamos vigentes en diciembre de 94, y esto desde luego se aúna con una disminución persistente en la inflación que logra, entre otras cosas, hacer vigente nuestro consumo interno.

Viendo hacia adentro, somos ya un país de 100 millones de habitantes; somos un gran mercado; viendo hacia el futuro, debemos planear el diseño y el desarrollo de nuestra economía con base en el crecimiento de las exportaciones y en el fortalecimiento de nuestro mercado interno, lo que vamos a lograr disminuyendo la inflación a un nivel compatible con el de nuestros socios comerciales, del orden del 3%, reduciendo el costo del capital para incentivar la inversión, la generación de empleo y también para estimular la mayor adquisición de bienes de consumo duradero, de vivienda, de electrodomésticos, de vehículos.

Haremos crecer el salario real todos los años, por arriba de la inflación y basando el crecimiento del país, en la existencia de un gran mercado de 100 millones de personas. Debemos hacerlo por razones éticas, morales, de justicia social, de viabilidad del desarrollo de nuestra nación, de largo plazo; pero también por razones de viabilidad en el proyecto económico que el país debe fijarse hacia el futuro.
Tan importante como la situación de coyuntura o más importante aún, son los cambios en la estructura del país. El país tiene grandes fuerzas, grandes cambios estructurales, que nos colocan en situaciones que no habíamos vivido en el pasado y yo diría que vamos a vivir, algunos de ellos, sólo en un periodo de inicio del Siglo XXI.

México tenía en 1960 cerca de 35 millones de habitantes, al terminar el presente año vamos a ser cerca de 100 millones. En 40 años casi triplicamos el número de habitantes. Sólo para comparar, España en este tiempo pasó de 30 a 39 millones de habitantes, un crecimiento del 30% contra casi una triplicación en el número de habitantes en nuestro país.

Los demógrafos coinciden en que México tendrá 130 millones de habitantes en el año 2030; es decir, un crecimiento del 30%. Este es un cambio de fondo, cuantitativo y cualitativo. En lugar de crecer el número de niños y jóvenes, va a crecer fundamentalmente la población entre 18 y 65 años. A diferencia de los países europeos, en donde crece el grupo de edad de más de 65 años y eso les presiona en términos de su costo de seguridad social y de salud, con nosotros va a crecer la población de 18 a 65; es decir, la población que trabaja, que produce, que ahorra, que invierte y eso nos va a cambiar el resultado total de la economía porque, con todo respeto para mis amigos economistas, no podemos ver la economía aislada de lo que está ocurriendo en otros grandes componentes del país, principalmente el componente demográfico, social, tecnológico, político, social, dentro de los muchos que debemos examinar.

Entonces, el primer cambio es demográfico, un menor crecimiento demográfico nos va a marcar, el número de mexicanos que trabajen crecerá rápidamente en los siguientes años. Hoy, nuestra población económicamente activa es de aproximadamente 40 millones; en trabajo formal están 18 millones y 22 millones están en trabajo informal y el gran reto es darles servicios, satisfactores básicos como seguridad social, vivienda, entre otros, a quienes optan por el trabajo informal o autoempleo.

La población económicamente activa llegará a proporciones del 55 y del 60%, esto significa que la población económicamente activa en el año 2025 será más de 70 millones de mexicanos, que van a aportar riqueza y valor. Tendrá México un bono demográfico que no tuvo en todo el siglo XX, porque creció principalmente la población de menos de 18 años, que demandaba escuelas, hospitales y que no estaba, obviamente, en edad de trabajar y producir

El país tendrá un bono demográfico durante unos 25 años aproximadamente, que le va a abrir perspectivas y posibilidades que no debemos dejar pasar, que debemos de utilizar y basarnos en ellas como parte de las palancas más fuertes que el país ha tenido, en lugar de ser algo que detenga el nivel de vida, contribuirá a su elevación; el bono demográfico será un fuerte instrumento para hacer que el nivel de vida de la población crezca.

De 1960 a 70, en cada familia usualmente había 7 personas y trabajaban en promedio 1.4 personas. Hoy vemos familias de 4 personas o menos, trabajando 2 de ellas en promedio; es muy diferente dividir 1 salario y un poco más, entre 7 personas, que dividir 2 salarios entre 3 ó 3.5 personas por familia que algunos demógrafos calculan.

Este sólo elemento va a provocar también una elevación en el nivel de vida de los mexicanos y una transformación y ampliación de nuestro mercado interno junto con la elevación del empleo y el nivel real de los salarios que tenemos en el país.

El segundo gran recurso de transformación son las fuerzas sociales; una mucho mayor participación de las mujeres, quienes, hace 25 o 30 años, sólo trabajaban 2 de cada 10, hoy son 4 de cada 10 y en el futuro va a ser una proporción igual al número de hombres, 8 de cada 10. Esa mayor participación determina que, fundamentalmente, las mujeres van a hacer los cambios más positivos que en México vivamos en los siguientes años.

Otro cambio social es la mayor escolaridad, de 3 a casi 8 años: una tendencia muy franca a llegar a los 12 años. Yo planteo ahí avances sustanciales en términos cuantitativos y cualitativos. Y en salud, desde luego, una esperanza de vida de cerca de 75 años.

La tercera gran fuerza que está impulsando o que va a impulsar el desarrollo del país es mayor ahorro, que nos permite estar ahora en 22 ó 23 puntos del producto, contra 14 puntos en que estábamos escasamente hace 6 años; mayores exportaciones, pasamos de 7 mil millones de dólares a 122 mil millones de dólares en escasos 15 años; menor regulación, antes teníamos cerca del 80% de la economía regulada, le quitamos regulación y eso le ganó flexibilidad y agilidad; y, desde luego, la gran fuerza de los acuerdos comerciales con Estados Unidos, con la Unión Europea, con varios países de América Latina.

La estructura de la fuerza de trabajo cambió radicalmente de ser fundamentalmente agrope-cuaria, a ser hoy de servicios e industrial.

Cada vez se incorporan más recursos, en electrónica, en computación; tan sólo en computa-doras privadas se están comprando cerca de 500 mil unidades en México, mil 400 computadoras personales por día, esto provoca una revolución tecnológica y productiva en todo México.

Se realiza, hoy en día, un manejo de finanzas y de los instrumentos financieros mucho más sanos y ya no se utilizan las reservas del Banco Central para anclar artificialmente el valor del dólar. La autonomía del Banco de México es también un avance sustancial, así como la reducción en el déficit de las finanzas públicas.

Me permito agregar: los avances que en democracia hemos tenido en el país, los avances que entre todos los partidos construimos en 1996 no sólo para asegurar la democracia, para asegurar la equidad en el acceso a recursos para todos los partidos: económicos, en tiempos de transmisión en radio y televisión, libertad de expresión; sobresalen los avances que, en materia democrática, el propio Partido Revolucionario Institucional ha realizado en nuestra democracia interna.

No dejo de mencionar algo que para los mexicanos ya es costumbre y quizá por eso no lo aquilatamos: la estabilidad política y la paz social que el país ha tenido. Menos de 15 naciones en el mundo han gozado de esta característica en este siglo.

Ahora bien, si no entramos en crisis, si no vamos a tener la angustia de tener que solucionar los problemas de una crisis económica en la transición, la pregunta es: ¿Qué hacer como Nación?, ¿qué hacer como sociedad?, ¿qué plantearnos como economistas?, ¿qué hacer, detenemos los cambios en el país o mantenemos la decisión de hacer que la economía mexicana evolucione, se desarrolle y transforme?

No hay que parar los cambios en el país, por el contrario, conducir las transformaciones hacia lo que está demandando México y la inmensa mayoría de los mexicanos.

Propongo un cambio con rumbo, con seguridad, que no arriesgue el crecimiento económico del país ni la estabilidad de nuestro desarrollo, que no volvamos a incurrir en riesgos de caer otra vez en crisis de confianza, en inflación acelerada y dar estabilidad al crecimiento económico del país. Esa es condición necesaria, pero no suficiente para lograr lo que nos planteamos.

Adicionalmente, debemos hacer cambios orientados a combatir la pobreza extrema, atender más al campo, cerrar las grandes brechas que existen entre el norte y el sur y atender a las regiones marginadas y, desde luego, hacerlo por 3 ejes, con un crecimiento sostenido cuando menos del 5% anual en promedio, con baja inflación, teniendo como meta una inflación compatible con nuestros principales socios comerciales, del orden del 3%, como instrumento para combatir los problemas de pobreza que en el país tenemos. Si no le quebramos el espinazo a la inflación, no vamos a ser efectivos en el combate a la pobreza.

Impulsar la generación de empleos, del orden de 6 millones de empleos durante el sexenio, logrando más ahorro, más inversión y apoyando a sectores altamente generadores de empleo.

La gran industria, la industria maquiladora, tiene dimensión para desarrollarse y crecer por sí misma, pero hay que apoyar mucho a la pequeña y a la mediana empresa; esa empresa familiar que hoy no consigue un crédito de 20 mil pesos, ni tiene apoyo para la transferencia tecnológica, para la inversión, para la generación de empleos; mi propuesta es un gran programa de aliento, de impulso y desarrollo a las empresas pequeñas y medianas, como una de las vías más efectivas para reconstruir a las clases medias, que tenemos el riesgo de perderlas si no les damos un gran apoyo, para que encuentren ahí un camino alterno a sus actividades y para que los estudiantes también vean ello como una forma de desarrollarse hacia el futuro.

Darle también un gran impulso a la vivienda, triplicando el número de las que hoy se están construyendo, en su momento expondré con qué características vamos a realizar este programa, si tengo la alta responsabilidad de conducir los destinos del país en los siguientes años.
Apoyaré al turismo porque genera mucho empleo, porque nos da, al igual que la vivienda, un desarrollo regional equilibrado y nos permite captar divisas que le dan sustento al crecimiento de la economía y, desde luego, mucho más apoyo al campo.

Estos cambios son los objetivos; también debemos considerar los instrumentos. Será indispensable lograr una reforma educativa, que le ponga un gran énfasis a la calidad, la calidad de la educación es fundamental, si no logramos una reforma de fondo de la educación, nada de lo que nos planteamos como grandes metas será factible. Una reforma en la calidad de la educación empieza por cambiar los paradigmas, el sistema educativo tiene un gran énfasis en memorizar, más bien el énfasis debe ponerse en aprender a aprender, en dudar de lo que se ve, en discutir, en la búsqueda de la verdad.

Eso hace una sociedad mucho más activa, más participativa, también más crítica. Hay que impulsar un gran cambio en la calidad de la educación, incorporando desde la primaria materias básicas, como es el conocimiento de idiomas, conocimiento de computación, agregando un año en la preprimaria, fortaleciendo la educación media básica y media superior y dándole más recursos a la educación superior, los estudiantes tienen derecho a una educación de calidad y, obviamente, gratuita.

Debemos tener claro que en México, como en todos los países del mundo, no hay derechos sin su compensación, la responsabilidad es la compensación del derecho, la responsabilidad de compensar eso estudiando. Así me eduqué yo en la Escuela Nacional de Economía, es también fórmula insoslayable para elevar la calidad de la educación en las escuelas públicas que son vitales para el desarrollo de nuestro país, porque contribuyen a formar conciencia social, sentido de responsabilidad y amor al país, ese cariño por la soberanía nacional. Por eso debemos defender la escuela pública de calidad, gratuita, libre de pensamiento, libre a la discusión, libre en la cátedra, libre en la investigación. Defendamos la libertad dentro de la escuela pública como forma de elevar la calidad de la docencia y de la investigación.

Lo material, siendo tan importante, debe darle lugar a algo igual o más importante, lo moral. Es lógico que en este momento, con los graves problemas de pobreza que el país tiene, pongamos un gran énfasis en lo material, en la elevación del nivel de vida de los mexicanos, pero es indispensable revalorar al ser, a lo interior, a lo moral y no sólo al tener, para que no se diga que un señor vale muchos millones de pesos, porque tiene muchos millones de pesos. Las personas valemos por lo que tenemos adentro y hay que revalorar el ser y no sólo el tener; y revalorar el ser, los valores de nuestra sociedad, de nuestro país, los valores éticos, humanos, personales, empiezan desde la escuela, por cambios en el sistema educativo y también, sin lugar a dudas, por el fortalecimiento de la seguridad pública, de la justicia, del respeto a la ley, de la creación de una cultura de la legalidad y de una lucha muy de fondo contra la corrupción en el país.

Una lucha muy de fondo contra la corrupción en el país que tiene que pasar por el rediseño del gobierno federal, para hacerlo más ágil, menos burocrático, mucho más expedito, para que atienda real y efectivamente las necesidades de la población, un rediseño del Gobierno Federal que se aplique, que se construya incluso jurídicamente desde antes del 1º de diciembre de este año, porque la costumbre es que cuando los secretarios se sientan en su lugar todo es perfecto, no hay que cambiar nada, es imposible quitar un trámite, no se puede hacer nada mejor de lo que está diseñado.

Entonces, hacer un profundo cambio en el funcionamiento del Gobierno Federal, poniendo en primer lugar las necesidades de la gente, quitándole tramitología y quitándole también discrecionalidad a la forma de decidir, porque hay muchos campos del Gobierno Federal que se deciden en función de quién es mi cuate o de quién recibo una prebenda. Entonces, combatir la corrupción eliminando también las causas, quitarle discrecionalidad, quitarle tramitología, quitarle burocracia, crear el servicio civil de carrera y cerrar la gran brecha de salarios que existe hoy entre los funcionarios de alto nivel, los secretarios de Estado y los que tienen las responsabilidades más elementales dentro del sector público.

Cambiar, también, las leyes que rigen el funcionamiento del Gobierno, hoy hay mil 610 trámites y normas que fueron creadas por la Secretaría de Hacienda y la Secretaría de la Contraloría, que deben cumplir las dependencias del Gobierno Federal y que, obviamente, se aplican a la ciudadanía: Hacer un Gobierno mucho más ágil, expedito y orientado a darle un buen servicio a toda la población.

Si queremos, al final de cuentas, que haya equidad, que abramos igualdad de oportunidades en todo el país y si queremos hacer efectivo un cambio con rumbo en el país, para que el poder sirva a la gente, no sólo debe expresarse el qué, sino también el cómo. Propongo en ese sentido, que los economistas, como líderes de opinión, defendamos hoy y siempre la vitalidad de nuestro país para evolucionar y con ese vigor emprendamos una nueva serie de cambios para hacer que en el Siglo XXI, en esta época de globalización, México triunfe; para lograr, efectivamente, que el nivel de vida de los mexicanos se eleve y que la patria común que nos alberga a todos nos satisfaga más, porque hay menos pobreza, porque hay más igualdad, porque hay condiciones reales de equidad, porque combatimos la corrupción y porque estamos alcanzando la justicia.

*Mensaje de Francisco Labastida Ochoa en el XIII Congreso del Colegio Nacional de Economistas, el 10 de febrero de 2000.