El derecho de injerencia: algunos elementos para su estudio
CLARISA
C. TORRES MÉNDEZ *
México
ha pugnado por una mayor democratización en el funcionamiento
de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y en
particular por una más justa integración de su
Consejo de Seguridad y de las atribuciones que le corresponden.
Esta posición que ha asumido nuestro país tiende
a extenderse y a justificarse cada vez con mayor fuerza por
casi todos los países de la Tierra. Es imprescindible
que las naciones del mundo, incluyendo las menos poderosas,
encuentren adecuadamente representados sus intereses en el seno
de la ONU.
La plena legitimidad y la mejor aceptación universal,
tanto del organismo internacional como de sus decisiones, dependen
en gran medida de reformas en las cuales se haga honor al principio
de igualdad jurídica de los Estados consagrado desde
la fundacional Carta de San Francisco, pero que no encuentra
todavía una cristalización plena en la práctica
de las relaciones internacionales. El acercamiento a la verdadera
igualdad jurídica de los Estados debiera ser la base
a partir de la cual se reconstruyera una ONU más dispuesta
a responder por los intereses de los países con menor
capacidad de negociación.
Es importante hacer énfasis en el hecho de que en la
actualidad el mayor número de problemas que confronta
la humanidad se dan por enfrentamientos violentos al interior
de los propios Estados nacionales y, en menor medida, por conflictos
bélicos donde se enfrentan entre sí los diferentes
Estados. En este tipo de escenario está claro que un
organismo como la ONU se encuentra en situación singular,
ya que la Organización fue esencialmente concebida para
tratar de resolver conflictos que pudieran presentarse entre
los Estados nacionales y no al interior de los mismos. Queda
pendiente una laguna, que no encuentra una solución justa
para los casos en los que existe, por ejemplo, una flagrante
violación a los derechos humanos.
En tales casos, ¿qué es lo que corresponde hacer
al grueso de la humanidad y al conjunto organizado de la mayoría
de los Estados nacionales?, ¿deben observar pasivamente
el desenvolvimiento de las masacres tumultarias por razones
étnicas, religiosas, de fanatismos ideológicos
y otras causas similares?, ¿debe la humanidad, ante violaciones
abiertas y masivas a los derechos fundamentales del hombre,
permanecer impávida por el prurito de profesar su absoluto
respeto al valor de la soberanía nacional? ¿O
acaso debemos reconocer que el valor mismo de la soberanía
es indispensable que encuentre también límites,
en un marco de estricta justicia, a los excesos de violencia
y autoritarismo a los que con frecuencia nos hemos topado aun
en los tiempos modernos?
A primera vista, la respuesta justiciera pareciera ser que en
nuestro mundo globalizado y crecientemente integrado de hoy,
resulta importante establecer algunos límites al ejercicio
de la soberanía nacional, en particular cuando ésta
se ejerce en violación a los derechos fundamentales del
hombre. Sin embargo, está también claro que se
corren riesgos de que en las condiciones prevalecientes sean
exclusivamente las grandes potencias las que ejerzan el control
sobre las soberanías nacionales de los países
periféricos, y aún de que actúen también
en función de intereses ajenos a los que externamente
se declaren.
Por ello, entre otros motivos, resulta vital impulsar una mayor
democratización de la ONU, de manera que las decisiones
que se tomen en su seno respondan con mayor fidelidad a los
intereses de la comunidad internacional en su conjunto y no,
prioritariamente, a los de sus miembros más poderosos.
Lo que quizás no convendría ignorar es que la
figura jurídico política de la soberanía
surgió estrechamente ligada con la aparición de
los estados nacionales en Europa, y se dio durante un proceso
de evolución intensiva, donde el mundo feudal se desmoronaba
y los señores feudales cedían parte sustancial
de su poder para abrir paso al predominio de una autoridad central
mayor, generalmente representada por la figura de un monarca
poderoso que aglutinaba diversos feudos en los gérmenes
de lo que hoy constituye el Estado nacional moderno, que fue
también el primero en clamar su condición de entidad
soberana. En este sentido, no podemos olvidar que el Estado
nacional mismo, como toda institución humana tiene un
origen histórico y que, una vez terminado su ciclo, experimentará
igualmente un final localizable en la misma historia. Seguramente,
nuestra generación no vivirá el final del Estado
nación, pero es evidente que estamos experimentando una
evolución radical de la organización político
económica de las sociedades en el nivel mundial.
Es patente que el mundo hoy, recibe el impacto transformador
de una acelerada y profunda evolución de las ciencias,
de la tecnología, las comunicaciones, la economía
y de muchas otras manifestaciones de la cultura humana, de manera
que así como el espacio feudal se convirtió hace
siglos en un ámbito demasiado reducido para el despliegue
de las fuerzas productivas de entonces, hoy los espacios nacionales
están también quedándose cortos para contener
el impresionante despliegue de las nuevas fuerzas productivas,
las cuales tienden naturalmente a rebasar todas las declinantes
fronteras nacionales. Por todos los ángulos experimentamos
esa expansión de los nuevos alcances de la humanidad,
al mismo tiempo que sentimos que el mundo se reduce y vivimos
cada vez en más inmediato contacto con lo que eran lugares
remotos en la Tierra.
Los cambios de organización económico social de
esa naturaleza, exigen nuevas modificaciones en la organización
política. El ámbito de la autoridad política
nacional empieza a verse rebasado y reclama una mayor coordinación
con otras autoridades, de manera que se irán fortaleciendo
y multiplicando los poderes con alcance internacional.
No conviene marchar en contra de la corriente de la historia,
sino lo más deseable será adaptarse y remar junto
con ella. Hasta ahora el principio de la soberanía ha
sido un valioso baluarte de defensa de las naciones, especialmente
contra las injerencias de los más fuertes sobre los más
débiles. Ha sido muchas veces la única arma de
defensa, para ir en contra de la arbitraria injerencia de los
más fuertes.
Pero hoy presenciamos y participamos en un acelerado crecimiento
de las instancias internacionales, que se cimentan en principios
de equidad. En la búsqueda de un bienestar para nuestras
sociedades, se han construido y se siguen edificando múltiples
alianzas internacionales como la Unión Europea o, como
otros muchos procesos de regionalización que se han traducido
en tratados de libre intercambio comercial o en otras figuras
de integración más avanzadas. Aún cuando
no se exprese explícitamente, es claro que tales procesos
de integración conllevan algunas fórmulas de transferencias
parciales o concesiones vinculadas con las soberanías
nacionales. En muchos casos ha habido fuertes resistencias para
otorgar tales concesiones, pero finalmente las fuerzas dominantes
de la transformación del mundo se han ido abriendo paso
inexorablemente.
En nuestros tiempos, con frecuencia se ven rebasadas las jurisdicciones
de los estados nacionales, y surge de manera natural la necesidad
de crear o acudir a instancias internacionales para buscar soluciones
viables y justas a los problemas o divergencias que se enfrentan
entre diversos Estados. Un ejemplo de este cada vez más
recurrente fenómeno lo encontramos en el cercano caso
de la unilateral certificación por el combate contra
las drogas. Aquí podemos constatar con claridad cómo
sería más justo establecer un organismo de integración
multinacional, con participación equitativa tanto para
los países consumidores, como para los productores y
los de tránsito de la droga, de manera que las evaluaciones,
y aun las sanciones fueran emitidas por un órgano derivado
del consenso de todos los estados involucrados, que formulara
sus dictámenes al amparo de normas equitativas acordadas
por todas las naciones de alguna manera afectadas por el flagelo
del narcotráfico y del consumo de drogas.
Sin embargo, nos queda claro que no será posible ceder
en cuanto al principio de la soberanía nacional, en tanto
no se reformen radicalmente las actuales instancias internacionales
de resolución o se creen nuevas, bajo principios de participación
igualitaria por parte de cada uno de los Estados de la comunidad
mundial, en tanto no se democraticen las instancias superiores
de solución de controversias.
En ese sentido, la reivindicación del valor de la soberanía
nacional y la abierta oposición al derecho de injerencia
tienen una amplia justificación.
*Abogada
y diputada federal priísta por Baja California. Secretaria
del Comité de Biblioteca e Informática y miembro
de las comisiones de Relaciones Exteriores, Equidad y Género;
Defensa Nacional y Programación, Presupuesto y Cuenta
Pública.
