Hacer triunfar la realidad sobre la imagen

MARIO MARTÍNEZ SILVA*

La democracia parte de la premisa de que todos los intereses en conflicto pueden ponerse de acuerdo mediante concesiones mutuas; es siempre incluyente, obliga a dejar que los que ganaron, gobiernen, y que los que perdieron, sobrevivan y tengan derecho a reiniciar su lucha. El consenso es consustancial a la democracia y las elecciones son el mecanismo de consenso con más éxito en la historia política.

Las elecciones constituyen la forma de participación democrática más accesible, importante, generalizada y a veces, única, para la mayoría de los ciudadanos; y junto con las campañas que las preceden, llegan a ser actos que despiertan las emociones populares y cuyo frecuente dramatismo, rompe la monotonía de la vida ciudadana y reaviva el interés de la gente en el destino común que comparte con todos; son una oportunidad para renovar las esperanzas.

A pesar de que hay muchas maneras de hacer que los políticos rindan cuentas, desde la acusación judicial hasta el juicio político, las elecciones brindan el sistema más regular. Realizar elecciones periódicamente, hace posible controlar y limitar a quienes ocupan las posiciones políticas de poder e influencia, ya sea sustituyéndolos o confirmándolos, si existe la opción de buscar la reelección. Se mantiene, de este modo, la responsabilidad de los gobernantes ante los gobernados, pues en cada elección, los partidos y candidatos someten al escrutinio popular los resultados obtenidos en su desempeño de los puestos públicos y sus intenciones futuras para que los valore o los castigue con su voto. Se legitima así, el sistema político y el gobierno de un partido o de una alianza de partidos.

Hoy, la lucha por el voto es cada vez más difícil, porque el electorado es plural, heterogéneo y dinámico, de lo que resulta que las elecciones sean cada vez más competidas.

Las campañas electorales son el medio para conseguir votos. Son una forma de comunicación política persuasiva entre los candidatos y los electores: sus temas, mensajes e imágenes tratan de convencer a los votantes de la idoneidad de un candidato en referencia a un puesto en disputa y a la vez, señalar los puntos débiles de los otros candidatos, además de distinguirlo de sus competidores más cercanos.

En general, las campañas tratan de inventar u orientar el ambiente comunicacional para su propia ventaja, intentan motivar y controlar el diálogo que se establece entre las mismas campañas, los medios masivos y el público, para que el debate se mantenga dentro de los temas que más favorezcan al candidato propio, de modo que luzca como el mejor y sus competidores no. Este propósito es difícil de cumplir en la medida que cada candidato se esfuerza por llevar el debate a su propio terreno y que la prensa juega un papel activo en este diálogo, pues también ésta trata de dirigirlo hacia los asuntos que más le interesan.

Las campañas electorales son tan antiguas como los métodos de votación. Hace más de dos mil años Quinto Tulio Cicerón, escribió para su hermano Marco el primer manual de campaña. Sin embargo, las campañas modernas comenzaron a surgir a principios del siglo XIX como consecuencia del voto universal masivo y del desarrollo de las comunicaciones.

El siglo XX ha contemplado la personalización de la política con la radio y sobre todo, la televisión. Hoy los políticos y millones de ciudadanos pueden establecer comunicación directa al margen de los partidos y aun presentar candidaturas, como lo hizo Perot en 1992. Asimismo, la sociedad puede apreciar, a través de estos medios, algunos de los rasgos personales de sus políticos, de modo que la política adquiere voz y rostro concretos, frente a planteamientos de difícil comprensión y análisis. Así, las imágenes personales adquieren más importancia que las ideas en los sectores más desinformados e indiferentes.

Esta indiferencia y desinformación permite utilizar las mismas técnicas publicitarias comerciales que se aplican al consumidor para crearle necesidades. El voto que se pretende no es el voto racional, reflexivo, informado y comprometido al que deben aspirar la democracia y los partidos políticos, sino el resultado del impulso, del sentimentalismo, de la circunstancia, de la desinformación, del apoliticismo. Los triunfos efímeros de Berlusconi, en Italia, y de Collor de Melo en Brasil, comprueban que en determinadas circunstancias se puede obtener el poder por estos medios, pero no conservarlo, porque no presentan alternativas de gobierno.

Las campañas de este tipo no contribuyen a la democracia que requiere nuestro país, y que ha de estar basada en la participación ciudadana, en la confrontación de las ideas, en partidos e instituciones políticas democráticas fuertes. Sólo promueven la "democracia de las encuestas", en la cual, los porcentajes de preferencias son índices de ventas y los mercados electorales pueden ser conquistados por los partidos, del mismo modo que lo hacen las empresas comerciales, sin presentar opciones políticas reales.

Históricamente, los partidos populares han tratado de hacer el uso más efectivo de su fortaleza numérica y así compensar su falta de recursos económicos; hacen campañas amateurs o mixtas con aplicación intensiva de mano de obra voluntaria; aprovechan la mayor eficacia de la comunicación interpersonal. En contraste, los partidos controlados por las clases medias y superiores han utilizado tecnologías políticas costosas y descansado más en los medios masivos; desarrollan campañas "mediáticas", con empleo intensivo de capital.

Las campañas adelantan, de algún modo, lo que será el gobierno, si logran conquistar el voto. En las elecciones del 2000, debemos hacer triunfar a la realidad sobre la imagen, a la democracia sobre la demagogia, a la razón sobre la pasión, a la verdad sobre el sofisma, y reafirmar la ética de la convicción y de la responsabilidad en todos los ciudadanos.

*Licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública. Coautor del Diccionario electoral 2000 y del Manual de campaña (INEP).