El PRI frente a las próximas elecciones
JOSÉ
FERNÁNDEZ SANTILLÁN*
Analistas
de renombre, como don Daniel Cosío Villegas, solían
decir que la continuidad del sistema político mexicano
radicaba, particularmente, en la "sucesión presidencial".
Incluso, el propio Cosío Villegas dedicó todo
un libro a ese tema, es decir, a la manera en que, al final
de cada gobierno, las fuerzas vivas, los cuadros medios, la
dirigencia partidista, los miembros del gabinete y, sobre todo,
el presidente en turno, se perfilaban a favor de un determinado
candidato. A pesar de esta movilización que involucraba
a todos los niveles organizativos del gobierno y del partido,
lo cierto es que la última palabra la tenía el
Jefe del Ejecutivo luego de consultar, más de cerca -según
la opinión de estudiosos como Frank Brandenburg-, a la
élite política o familia revolucionaria.
Pues
bien, si aquel ritual que comenzó durante el maximato,
se hubiese repetido en nuestros días, a estas alturas
ya hubiesen surtido efecto la especulación sobre el tapado
y la contundencia del dedazo y, por tanto, ya sabríamos
quién sería de cierto el próximo mandatario.
Pero las cosas han cambiado: medido con este parámetro
comparativo no es poco lo que se ha avanzado en cuanto al abandono
de los antiguos procedimientos políticos. De una parte,
el Presidente Ernesto Zedillo decidió renunciar a esa
facultad meta constitucional; en un procedimiento abierto el
PRI convocó a la ciudadanía a elegir al candidato
a la Presidencia de la República; como sabemos, en una
contienda inédita y reñida fue electo Francisco
Labastida para abanderar la candidatura del PRI. De otra parte,
ahora, como en cualquier competencia democrática, no
se tiene la absoluta certeza de que el candidato del PRI vaya
a ser mecánicamente quien ocupe la silla presidencial.
Hoy tenemos una lucha más equitativa entre opciones distintas
que se presentan ante el electorado como portadoras de propuestas
plurales representativas de una sociedad más heterogénea
y demandante.
Es
un hecho que aquel procedimiento "cerrado" que alguna
vez distinguió al viejo sistema está cediendo
paso a una manera "abierta" de afrontar los nuevos
tiempos. En este año acudiremos a una sucesión
presidencial que no ha sido decidida de antemano y que, según
los cánones de la democracia, no proporciona seguridad
alguna de quién resultará vencedor. Y esto no
sólo en lo que respecta a la Presidencia de la República
sino a todos los puestos de elección popular que estarán
en disputa. Si la lucha real por el poder antes se daba en un
partido, hoy esa lucha se presenta entre partidos.
Para
el PRI, lo que alguna vez fue timbre de orgullo en cuanto portador
de un proyecto de continuidad institucional, hoy se ha convertido
en responsabilidad en cuanto factor de primer orden en la transformación
democrática del país. Ya no existe aquella hegemonía
que proporcionaba inmediatamente acceso a los puestos en cualquier
escala de gobierno; ahora lo que se presenta es el reto de llegar
a esos puestos con base en nuevas propuestas que puedan convencer
a los ciudadanos frente a otras alternativas igualmente válidas.
Ya no hay adhesiones masivas símbolo de la "alianza
entre pueblo y gobierno", como solía decirse en
las décadas de apogeo del Régimen de la Revolución;
ahora no hay masas, sino ciudadanos que deben ser atraídos
con base en argumentos ciertos respecto de un determinado programa
de actividad partidista.
Es
verdad que en la actualidad se puede echar mano de instrumentos
de persuasión que antes no estaban tan en boga como,
por ejemplo, los medios de comunicación. Simplemente
ahora esos medios, y en especial la televisión, resultan
imprescindibles para llevar a cabo cualquier intento de acción
electoral. Pero no se pueden confundir los efectos con las causas,
vale decir, no se puede creer que simplemente "el medio
sea el mensaje" como alguna vez lo dijera Mc Luhan, y que
con la emisión más o menos astuta de algunas imágenes
atractivas las cosas pueden salir bien. Hace pocos meses pudimos
corroborar la contrarréplica a ese tipo de estrategias
y argucias publicitarias.
No
hay que extraviarse en el camino: sin duda los medios de comunicación
son instrumentos poderosos, pero al fin y al cabo son simples
instrumentos que si no se les dota de un contenido firme, producto
de una propuesta bien pensada y argumentada, no surten efecto.
A
lo que me refiero, específicamente, es al hecho de que,
sin duda, las campañas electorales ya se han inclinado
y seguirán inclinándose a privilegiar la estrategia
mediática. Sin embargo, se ha demostrado que ninguna
candidatura es sustentable sin un respaldo ideológico
más o menos convincente. Dicho de otro modo: a querer
o no, los programas, proyectos y programas son fundamentales
como cartas de presentación. Y es aquí, precisamente,
en el terreno de las propuestas electorales, donde el PRI ha
de trabajar concienzuda-mente para transitar sobre bases firmes
de aquella seguridad hegemónica a la incertidumbre surgida
de la contienda democrática.
En
este orden de ideas quiero referirme a dos tópicos que
considero relevantes en materia ideológica: el modelo
de desarrollo y las mediaciones sociales. Respecto del primer
asunto es sabido que el periodo de auge del régimen de
la Revolución coincidió con el intervencionismo
estatal ( de mediados de los años treinta a fines de
los años setenta). Es la etapa en que el respaldo popular
fluye sin trabas. No obstante, después de largos años
de funcionamiento, la crisis del modelo intervencionista precipitó,
como casi en todo el mundo, el advenimiento de la estrategia
liberal y la ruptura de la alianza de clase. En cambio, se recurrió
preferentemente al mercado como espacio privilegiado (aparente)
de interacción socioeconómica. Sin duda, ésta
última estrategia no dejó de tener repercusiones
conflictivas en el seno del PRI al generar disputas frente a
la línea tecnoburocrática que penetró en
el gobierno. La incógnita a despejar ahora se refiere
a la alternativa que el PRI debe proponer delante del agotamiento
del modelo intervencionista (o estatista), pero igualmente,
frente al declive del modelo liberal.
Por
lo que hace al tema de las mediaciones sociales también
se sabe que durante décadas la presencia y fuerza de
los sectores sociales del PRI rindió buenos frutos en
cuanto al flujo de legitimidad; pero esa fuerza, que algunos
estudiosos como Robert Furtak calificaron de corporativa, se
vio seriamente afectada por la línea liberal al des-conocer
la alianza de clases y, particularmente, al marginar del poder
y de las decisiones a hombres y grupos de extracción
política. No es ningún secreto que los propios
difusores del también llamado modelo neoclásico
pregonaron la sustitución de las mediaciones entre el
gobierno y los sectores organizados (a las cuales se les descalificó
despectivamente por populistas) por la dinámica impuesta
por el mercado. La consecuencia es que muchos problemas sociales
no han sido resueltos y, más aún, se han agudizado.
Luego
de las fluctuaciones entre el intervencionismo y el liberalismo
es impostergable proponer algún tipo de interacción
entre el gobierno, el partido y la sociedad más acorde
con la fisonomía de nuestra población y los muy
diversos segmentos que la componen.
Considero
que estos son dos temas fundamentales -desde luego hay muchos
más-que deben ser abordados en un programa ideológico
ante una ciudadanía interesada por saber cómo
se enfrentarán los rezagos y las omisiones que se han
acumulado a lo largo del tiempo.
De
aquél "discreto encanto" de las sucesiones
presidenciales como clave de continuidad del sistema político
ahora toca pasar, una vez que se han abierto las puertas del
cambio, a discutir (la "política deliberativa",
como la bautizó Jürgen Habermas, está a la
orden del día) un proyecto competitivo de largo alcance
para establecer un nuevo ordenamiento ante un país urgido
de mejoras y cambios.
*Doctor
en Ciencia Política (UNAM). Doctor en Historia de las
Ideas Políticas (Universidad de Turín). Autor,
entre otros libros, de Liberalismo Democrático, Ed. Océano.
