La corrupción es injustificable
Honestidad: obligación, no virtud.

FRANCISCO LABASTIDA OCHOA*

Los he invitado para plantearles asuntos que me parecen de la mayor importancia para la Nación y el Partido.

Nuestro Partido ha sido, por décadas, el promotor de los cambios en nuestro país. En mi opinión, estoy plenamente convencido de que ese debe seguir siendo el papel del Partido.

Por décadas hemos impulsado transformaciones de enorme trascendencia para México; recordemos simplemente las reformas políticas, los avances en democracia, la apertura a la pluralidad; recordemos lo que hemos logrado en materia de servicios educativos; lo que hemos logrado en materia de salud; en dotación de agua potable y alcantarillado; en electrificación y telefonía; en caminos, carreteras, puertos y aeropuertos.

Para ubicar la dimensión de los cambios ya realizados, recordemos tan solo que entre 1960 y este año que se inicia, es decir, en escasos 40 años el país pasó de 35 a 100 millones de habitantes, casi multiplicó por tres la población que tenía el país.

En ese período también pasamos de 125 mil a más de un millón de maestros en el sistema público de enseñanza. Esto permitió alcanzar casi la cobertura universal en el sistema educativo, fundamentalmente en educación básica y elevar el promedio de escolaridad de un poco más de dos años a casi ocho años de escolaridad en promedio. En estos años también pasaron de 6,500 a 120 mil los médicos que trabajan en el Gobierno Federal. Esto permitió extender la cobertura de salud y elevó la esperanza de vida al nacer a casi 75 años.

En 1960, sólo 20 millones de mexicanos tenían agua potable, hoy son casi 90 millones de mexicanos los que tienen acceso a este vital servicio.

En todos los casos, los servicios que proporciona el Gobierno crecieron mucho más rápido que la población.

En el servicio de drenaje, el esfuerzo ha sido similar; pasamos de una población atendida de cerca de 15 millones de habitantes, a tener hoy casi 80 millones de habitantes beneficiados.

México transitó, en cuestión de cuatro décadas, de un país predominantemente rural, a otro netamente urbano. Una vez que la reforma agraria se realizó hasta sus últimas consecuencias, con el reparto de cerca de 100 millones de hectáreas. Hoy, tres de cada cuatro mexicanos viven en las ciudades y ocho de cada diez mexicanos encuentran empleo en la industria y en los servicios.

En materia económica, hoy en día la economía mexicana es la decimotercera en importancia en el planeta.

En 20 años, nuestras exportaciones de manufacturas pasaron de 7,000 millones a más 110,000 millones de dólares.

La incorporación tecnológica, la capacitación de la mano de obra y la desregulación de las actividades privadas y de las personas, han dado un fuerte impulso al crecimiento de la productividad, fortaleciendo nuestra posición de competencia en los mercados internacionales y también en el mercado interno.

Las finanzas públicas, que por casi tres lustros fueron motivo de fuertes presiones y causantes de desequilibrios sobre la economía en su conjunto, hasta alcanzar un déficit fiscal que llegó a ser el 16% del tamaño de la economía -equivalente a un FOBAPROA anual-, se redujo hasta representar un déficit cercano al 1% del Producto. Gracias a ello el combate a la inflación se fortalece y las perspectivas del crecimiento económico estable y duradero han crecido.

Dejamos atrás los ciclos perversos de freno y arranque, que siempre terminaron en mayor endeudamiento externo, devaluación e hiperinflación, graves crisis y prolongadas recesiones.

Nuestro partido nació para dar paz y estabilidad social al país y esto lo logramos. El Partido nació para tener gobiernos civiles, sin estallidos sociales y esto lo logramos. Propusimos impulsar la democracia en el país y en el Partido, y esto lo logramos.

En suma, el rostro de México cambió, tanto en lo económico, lo político y desde luego, cambió la sociedad y en lo fundamental, los cambios fueron para México.

Sin embargo, refrendo que los priístas no estamos ni podemos estar conformes, ni estamos satisfechos. Y no podemos estarlo porque sabemos que junto a los grandes cambios ya realizados, hay serios problemas no resueltos.

El primero y más doloroso de nuestros rezagos es, sin duda, la pobreza extrema que afecta a casi 26 millones de compatriotas.

La pobreza extrema se concentra en las zonas rurales, en particular en el sur y el sureste de México, en donde golpea con mayor rudeza a las comunidades indígenas.

También tenemos el grave problema de la marginación y la pobreza urbana, que con distintas características, pero iguales resultados en términos de mala calidad de vida, afecta a los pobladores de las periferias de las grandes urbes y ciudades.

La pobreza creció porque para atender las crecientes demandas de la población, se recurrió a un gasto sin soporte por el lado del ingreso, lo que generó -durante muchos períodos- altos déficit fiscales; lo que generó la inflación; deterioró el poder adquisitivo de los salarios y del ingreso de los trabajadores y de los campesinos; concentró el ingreso y la riqueza, provocando después crisis económicas, pérdida del empleo y más pobreza.

La pobreza en México tiene, como ustedes saben, causas ancestrales, pero se agudizó con las crisis económicas. De ahí el enorme significado de que la crisis económica no vuelva a estar más, nunca más en el horizonte de México. Se agravó también en estos años el problema de la inseguridad pública. En parte, por la pérdida de valores; en parte, por la insuficiencia de recursos económicos; en parte, por la insuficiencia de personal; en parte, por leyes obsoletas; en parte, por la mala preparación del personal; en parte, por la gran corrupción que existe y lamentablemente en parte de los sistemas de procuración y administración de justicia. En parte, por la gran impunidad.

Estos análisis pueden explicar el fenómeno, pero no pueden justificarlo. No hay justificación para el problema de corrupción, ni de injusticia, ni de inseguridad pública que el país padece.

Éste es quizá el problema más grave que el país enfrenta en el ámbito de lo social y lo político, y digo que es el más grave porque los orígenes y consecuencias afectan múltiples aspectos de la convivencia social, deteriorando la confianza entre los individuos y entre las familias, y las relaciones entre la sociedad y el Estado.

Esos rezagos y problemas los enfrentaremos con vigor y con decisión, apoyándonos en las fuerzas con que ya contamos a favor del cambio con rumbo que queremos impulsar en el país.

Hoy, nuestro país tiene importantes fuerzas que impulsan su crecimiento y su transformación. Hoy, se abren posibilidades como no las habíamos tenido en muchos años en México. Son fuerzas que nos permiten construir una nueva etapa en el desarrollo del país. Una etapa de justicia social, de empleo, de respeto a la ley, de elevación del nivel y la calidad de vida de los mexicanos.

El reto de México en las próximas tres décadas ya no provendrá del gran crecimiento demográfico como lo tuvimos en el pasado. Si entre 1960 y el año 2000 la población casi se triplicó, pasó de 35 a 100 millones de habitantes y hoy, del año 2000 al 2030 sólo se estima que la población crezca hasta 130 millones de habitantes. Un crecimiento del 30 por ciento contra la triplicación que tuvimos en el pasado.

Pero tan importante como la reducción de la tasa de crecimiento demográfico, es que en los próximos años crecerá la población entre los 18 y los 65 años, es decir, la población que trabaja, produce y ahorra. Es igualmente importante la mayor participación de las mujeres en la vida del país y una creciente participación de los jóvenes en la vida cotidiana de México.

La demografía está a nuestro favor, frente a décadas que la tuvimos en contra. Es una fuerza que impulsará el desarrollo nacional. A ella se suman la fuerza de una sociedad vigorosa y participativa y la fuerza de una situación económica de estabilidad y perspectivas de crecimiento.

También son fuerzas a favor del cambio nuestras nuevas relaciones y tratados comerciales con el exterior, el Tratado de América del Norte y el más reciente con la Unión Europea. También es una fuerza importante la incorporación de la moderna tecnología a los procesos productivos nacionales y la reforma, que debemos culminar, del sistema financiero, que debe volver a ser una fuerza favorable a la inversión productiva nacional.

A favor del cambio con rumbo, opera la fuerza de la estabilidad y la paz social que nuestro Partido -en el que orgullosamente militamos- y los gobiernos emanados de nuestro Partido, le han dado al país en un contexto de un mundo convulso y permanentemente sujeto a conflictos. También le ha dado el perfeccionamiento de la democracia, que impulsó nuestro Partido y el fortalecimiento de la democracia que en nuestro propio Partido hemos construido. Lo es también un clima de libertades, amplio y fortalecido, y una competencia electoral sujeta a reglas e instituciones, entre todos establecidas.

Esas fuerzas con las que ya contamos requieren, sin embargo, de nuevos cambios. La tarea del Partido es impulsarlos y conducirlos, escuchar a la sociedad para definir el ritmo y sentido del cambio, pero que éste tenga rumbo claro y puerto seguro de llegada.

Tenemos que prepararnos desde ahora para conducir el cambio con rumbo. Lo haremos generando empleos mejor pagados, impulsando el ahorro y la inversión, estimulando el crecimiento de la economía, para alcanzar por lo menos el 5 por ciento anual; reduciendo la inflación, logrando que esta sea similar a la de nuestros socios comerciales; fortaleciendo los programas de justicia y de seguridad pública y combatiendo de fondo los problemas de pobreza. Nuestro objetivo social fundamental será crear cada año, por lo menos, un millón de nuevos empleos, mejor remunerados.

Hoy podemos y debemos elevar el nivel de calidad de vida de la población. Lograr que la mayor productividad se refleje en mayores ingresos, en mejores sueldos y salarios. En mayor disponibilidad de bienes y servicios para todos los mexicanos.

Lograrlo implica que el Partido retome su capacidad transformadora; que impulse de nueva cuenta el cambio, que no pierda el brío, su fuerza, la decisión de construir y luchar por un mejor país.

Lograrlo implica que luchemos por consolidar al país, como un país de leyes. Que se respete le ley; que se aplique, que no haya impunidad. Que combatamos con firmeza y vigor la corrupción.

Queremos un país en donde la justicia impere, en el que los individuos, las familias, la sociedad entera, se guíen por un código de valores que sea norma de conducta ciudadana.

Dice un filósofo francés, que la justicia, cito, "es un valor y sólo existe en la medida en que haya justos que la defiendan. Si no hay quién la defienda este es un valor inexistente".

Estoy convencido de que México requiere que adoptemos y pongamos en práctica un código ético en el que prevalezca la justicia.

La justicia supone respeto a la ley, también igualdad entre los individuos. Si la ley es injusta o inadecuada a los fines que persigue, hay que cambiarla, respetando los procedimientos democráticos establecidos para ese propósito en nuestro país.

La honestidad en el servicio público es una obligación, no es una virtud. Se ha deteriorado tanto que hemos pasado a pensar lo contrario, que es una virtud. Es el piso, no el techo, de ahí arrancamos, no ahí queremos llegar. El respeto a la ley compromete a todos, pero obliga en primer lugar a la autoridad. La violación de las leyes por las autoridades, o la apariencia falsa de su cumplimiento es el origen profundo de la corrupción, que no es otra cosa, aplicada a la esfera pública, que el uso indebido del poder público para obtener beneficios privados.

La corrupción en México y en el mundo tiene orígenes remotos; tanto como la propia sociedad. Sus manifestaciones en cada época han sido diferentes y hoy en día es un problema que preocupa a todas las naciones y a todos los estados democráticos.

Tenemos que reconocer que a causa de este problema pagan justos por pecadores y así como rechazo la afirmación de que todo es corrupto, no puedo dejar de ver y reconocer que aún se padecen en el país graves problemas de violaciones a la ley y problemas de corrupción.

Por ello, en la construcción del nuevo PRI tenemos que establecer y practicar un firme compromiso para alcanzar el Estado de Derecho que nuestra Constitución establece.

La justicia como respeto y aplicación de la ley no debe hacer distinción entre los individuos. Todos somos iguales ante ella, todos debemos respetarla y a todos debe aplicarse la ley, sin distingo alguno.

Como aspiración de equidad, la justicia adquiere su dimensión como justicia social y ésta sólo es posible en una sociedad regida por las leyes y con permanentes y fuertes lazos de solidaridad y aprecio entre los individuos.

La corrupción, en particular la corrupción pública, destruye la confianza entre los ciudadanos en sus gobiernos; lleva a éstos al desorden, al uso ineficiente de los recursos que la sociedad le ha confiado; distorsiona la economía al provocar el desvío de los recursos a través de la asignación indebida de contratos; reproduce las desigualdades sociales, al impedir que el Estado cumpla su papel como impulsor de la justa distribución de los beneficios del progreso y del crecimiento.

La corrupción pública resta legitimidad al gobierno y deteriora gravemente la imagen social de todos los servidores públicos. Con la corrupción, como antes lo dije, pagan justos por pecadores, pues el ciudadano tiende, de manera natural, a generalizar su crítica, a partir de la experiencia propia o conocida.

La corrupción mina las instituciones de procuración y administración de justicia y es una amenaza permanente para la seguridad nacional al vincularse a las redes internacionales de lavado de dinero proveniente del narcotráfico y de la delincuencia organizada.

La corrupción, en suma, es una de las lacras que mayor amenaza representa para las sociedades modernas y para los estados democráticos.

Los mexicanos somos un pueblo con profundo sentido moral. Nos hemos integrado como nación, en torno a valores hondamente arraigados en nuestra cultura, en nuestra historia y en nuestras razas.

Son los valores morales y ciudadanos, como la justicia, el respeto, la honradez, el apoyo mutuo y el aprecio a la familia, los que han conformado a la gran nación mexicana. En esos valores, debemos continuar fincando la nueva etapa del desarrollo de México.

Quienes sostienen que el problema es sólo de México, harían bien en abrir sus ventanas y ver al mundo, no para consuelo por los males de otros, sino para darse cuenta que estamos en un problema que es global, en un mundo que es global.

En los próximos días, expondré en diversos foros las propuestas concretas que habremos de impulsar, desde nuestro Partido y de los gobiernos que surjan de nuestro Partido, para combatir en México el problema de corrupción. Estoy convencido, honestamente convencido, totalmente convencido, de que nuestro Partido debe estar a la vanguardia y ser el abanderado del cambio con rumbo y también en materia de honestidad y de lucha contra la corrupción.

Ya estuvimos a la vanguardia en cambios que hemos impulsado en México con anterioridad; ya lo hicimos a favor de la democracia, donde estamos a la vanguardia, con 10 millones de votos que recibimos en sufragio universal; ello acredita que el Partido tiene la capacidad de renovación y transformación, para impulsar los cambios en México.

Nosotros no sólo hablamos de cambios. En el PRI, a diferencia de lo que hacen en otros partidos, hacemos los cambios con rumbo y lo primero es predicar con el ejemplo.

Hoy quiero proponer a mi Partido que, para construir un nuevo PRI, estemos de nueva cuenta a la vanguardia; a la vanguardia en honestidad.

Le solicito muy atentamente a mi Partido, a la Presidenta del CEN, a Dulce María Sauri Riancho, al Comité Ejecutivo Nacional, al Consejo Político Nacional del Partido, que analicen mi propuesta de que sea obligatorio para los candidatos del PRI informar públicamente sobre su declaración de bienes.

Estoy consciente que esta idea gustará a muchos en el Partido. Estoy consciente también de que a algunos de nuestros compañeros puede no gustarles esta idea; algunos porque honestamente le vean inconvenientes, respeto su juicio, ofrezco dialogar con ellos mis argumentos, mis razones, las razones por las cuales creo que el Partido debe estar a la vanguardia también en este punto. A otros puede no gustarles, simplemente porque no puedan explicar el origen de los recursos.

Con los primeros, refrendo, analizaré propuestas, discutiré a fondo los asuntos y debatiré. Examinaremos la mejor forma, junto con el Partido, de ponerlo en práctica. Con los segundos, creo simplemente que no hay nada qué hablar.

Compañeras y compañeros de Partido:

Hagamos que el poder sirva a la gente. Encabecemos el cambio a favor de la honradez y de la transparencia en todo el país.

Demostremos, con actos, que en el nuevo PRI que estamos construyendo, combatiremos a fondo la corrupción y a los corruptos. El nuevo PRI que entre todos forjaremos tiene que estar a la vanguardia de todos los partidos en México.

Tiene que ser el partido que impulse el cambio con rumbo en el país. Y para hacerlo tiene que estar a la vanguardia del cambio. Tiene que ser la avanzada del cambio. Tiene que ser el cambio: el Partido Revolucionario Institucional.

Compañeras y compañeros de Partido: México tiene un pasado de grandeza; de pluralidad étnica, por nuestra cultura; por el genio de las razas que formaron el país; por las culturas que lo crearon; por el genio del mestizaje que nació en México con la unión de dos mundos. México tiene y debe tener un destino de grandeza.

Por la fortaleza de nuestras mujeres; por el tesón y el coraje de nuestros hombres; por la indeclinable esperanza e inconformidad de nuestros jóvenes:

Hagamos realidad el destino de grandeza de México.

Hagamos del Siglo XXI, el Siglo de México.