La campaña electoral
JOSÉ
PATRICIO PATIÑO ARIAS*
"Puesto
que aspiras al más alto cargo del Estado y que estás
consciente de las ambiciones que se contraponen a las tuyas,
es necesario que demuestres en tu actividad método, precisión
y vigilancia".1
"Cuando
uno está en campaña para un cargo de magistrado,
hay que la simpatía del pueblo. La adhesión de
los amigos debe ser fruto de los favores, de los servicios prestados,
de las buenas relaciones, antiguas e íntimas. Pero se
debe entender esta noción de amistad en un sentido mucho
más amplio que en la vida diaria. En efecto, a cualquiera
que demuestre simpatía hacia ti y frecuente tu casa,
tendrás que contarlo entre tus amigos. En cuanto a los
que son tus amigos por razones más auténticas
-tus padres, tus aliados, tus compañeros-, importa antes
que nada confirmar su estima y afecto".2
"Durante
esta campaña, habrás que cuidar mucho de que exista
una buena opinión de tu política, que se depositen
en ella serias esperanzas; pero cuando se desarrolle la campaña,
debes abstenerte de participar en cualquiera de los asuntos
del Estado, en el Senado o en la Asamblea del Pueblo. Y tendrás
que guardar la cabeza fría para que el Senado vea en
ti, para en un futuro, al defensor de su autoridad que siempre
has sido; en vista de tu pasado, deben estimarte los caballeros
romanos, los hombres de bien. Los ricos te estiman como un ferviente
defensor de la paz y de la tranquilidad pública. Y debe
pensar la multitud que nunca serás hostil a sus intereses
porque mostraste con tus palabras que eras "popular"
en la Asamblea y ante los tribunales".3
Es
poco ortodoxo empezar un artículo con tres citas sobre
el tema, pero en el caso que nos ocupa vale la pena hacerlo
para advertir que ya hacia el año LXIV a. de C.,s Quinto
Cicerón se dirigía a su hermano Marco Tulio para
esbozarle algunas de las preocupaciones que debía considerar
si tenía la intención de obtener un puesto de
elección popular y cual debía ser la estrategia
de la campaña electoral para ganar la confianza y votos
de los electores. Revisando los consejos y advertencias que
Quinto Cicerón le hace a Marco Tulio, se establece que
desde entonces una campaña político electoral
se entiende como un proceso de persuasión intenso, con
el rigor que debe tener toda actividad planeada para obtener
resultados concretos y bajo control; es decir, actuando bajo
reglas que acotan métodos, tiempos y costos.
Ciertamente,
en algo han cambiado las campañas electorales desde la
época de Quinto y Marco Tulio Cicerón a nuestro
días. Podríamos decir en tal sentido que han cambiado
el volumen del electorado, algunas formas de conseguir los votos,
el discurso político, y sobre todo, la definitiva incorporación
de los medios masivos como elemento moderno sin el cual las
campañas, las ideas ahí vertidas, las propuestas,
las promesas, los programas, y eso que denominamos proyecto
de nación, no alcanzarían la legitimación
ante el electorado y la ciudadanía. Pero es de reconocer
que han habido cambios, innovaciones y adaptaciones en los procesos
electorales y en las campañas, también debemos
reconocer que algo que ha superado la mudanza de los tiempos,
ha sido el propósito de las campañas como forma
de comunicación política persuasiva. Es política,
porque la campaña es el espacio donde se intercambian
discursos contradictorios de los actores que legítimamente
pueden expresarse de manera pública sobre política:
candidatos de los partidos, periodistas o medios y la opinión
pública. Es persuasiva, pues pretende que en un determinado
lapso se modifiquen o consoliden las opiniones y las acciones
de los electores a favor de una imagen, de un programa o de
un candidato, particularmente a través de imágenes
y mensajes subliminales más que de objetivos. En tal
sentido, la comunicación es el vínculo que hará
factible la campaña, y sin el cual sería imposible
transmitir los temas y mensajes al elector.
Por
otra parte, en una democracia el proceso electoral es la arena
donde se lleva a cabo la lucha de concepciones; la contienda
electoral es la oportunidad pacífica que tienen los grupos
de asumir el poder y de esa manera conducir a la sociedad de
acuerdo a sus programas y proyectos. En tal sentido, la campaña
electoral debiera tener el propósito básico de
consensar un proyecto político que devenga en programa
de gobierno, y generar el apropiado contacto con los electores.
Remontándonos
en la historia, las primeras campañas fueron realizadas
por los propios candidatos y, en la medida en que han crecido
los electorados y los canales de comunicación, las campañas
han requerido de más y más intermediarios entre
candidatos y electores; no obstante, hoy, con los medios electrónicos,
las campañas parecen volver a su punto de origen: los
candidatos en contacto directo con los electores. Hoy los adelantos
en materia de comunicación permiten una relación
directa entre candidatos y electores, por lo que tiende a acrecentarse
la importancia de los hombres sobre las organizaciones y las
ideologías, lo que ha derivado en una intensa profesionalización
de las campañas. En las últimas décadas,
las técnicas profesionales han alcanzado tal grado de
desarrollo que no es exagerado afirmar que dichas técnicas
han permitido obtener un puesto público a candidatos
que de otras manera no hubieran tenido esperanza de competir
para acceder vía el sufragio a la representación
social.
La
experiencia de las campañas electorales en México,
debe verse rigurosamente a la luz del enfoque ritualista que
tuvieron has las elecciones de 1988. Y es que la Revolución
dotaba de legitimidad al Partido Revolucionario Institucional,
que con base en una organización corporativa movilizaba
grandes masas del electorado hacia las urnas sin riesgo de perder
las elecciones. La centralización del poder determinaba
que las campañas relevantes fueran por los puestos ejecutivos
en gubernaturas y la Presidencia de la República, desempeñando
la campaña la función de difundir la buena imagen
de candidatos designados cupularmente y permitiendo a los candidatos
conocer los problemas de la división electoral, relacionarse
con los poderes reales de la misma y fomentar el culto cívico
nacional y regional como una forma de legitimar al gobierno
por venir; en suma, la campaña se utilizaba con el propósito
de lograr la aceptación y el apoyo popular para que los
candidatos pudieran gobernar, más que el objetivo concreto
de ganar el voto de los electores, de modo que la emisión
del sufragio durante la jornada electoral se convertía
en una tarea cuyo resultado era absolutamente previsible.
Pero
de aquel México vigente hasta hace escasos doce años,
con el que hoy vivimos, median realidades que hablan de una
sociedad urbana más diferenciada, educada e informada,
y por lo tanto, más politizada. Con la globalización,
el surgimiento del neoliberalismo y la ola democratizadora mundial
cambiaron también las condiciones que aseguraban de antemano
el triunfo del Partido Revolucionario Institucional, modificando
su posición de partido casi único, a hegemónico,
de hegemónico a dominante y, en los últimos años,
de dominante a mayoritario. En tal contexto, no cabe duda que
las campañas electorales han cambiado. Si antes la campaña
era para legitimar al candidato, hoy las campañas han
cobrado particular importancia frente a un electorado cambiante
que hace más imprevisible el resultado de las elecciones.
Vivimos actualmente una competencia electoral tan reñida,
que hemos testificado resultados electorales en donde la diferencia
entre el ganador y el perdedor no alcanza la media centena de
votos, lo que hace pensar que la diferencia entre el triunfo
y la derrota sean los buenos candidatos, las buenas plataformas
políticas y la realización de campañas
profesionales, más que la militancia, la fidelidad o
la pertenencia al partido político.
1
Quinto, Cicerón. Breve comentario sobre una campaña
electoral; p.10. (MIMEO).
2 Ibid.p10
3 Ibid.p23
*Presidente
del Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración
Pública.
