¿El descenso poblacional significa ascenso en el nivel
de vida?
Prospectiva
y Perspectivas*
PROFESOR
GUSTAVO CABRERA ACEVEDO**
El
2000 es año de referencia. Punto equidistante entre los
tiempos que se han seleccionado para estudiar la evolución
pasada y futura del fenómeno demográfico en México.
El
último medio del siglo XX, se ha dividido en los años
de 1950 a 1975, periodo en que se observan los máximos
crecimientos históricos que tienen muy largos efectos
de inercia, y, además, finaliza una etapa de la teoría
de la transición demográfica; y un segundo lapso,
de 1975 al 2000, años de cambio con el inicio de la nueva
política de población y de la siguiente etapa
de transición.
En
el siglo XXI, siguiendo el mismo sentido, los primeros cincuenta
años se han dividido del 2000 al 2025, en los que se
pueden prever los efectos de la meta demográfica establecida
al principio del actual gobierno: llegar al 2005 con una fecundidad
de 2 hijos en promedio por mujer en el país, nivel de
reemplazo generacional. Del 2025 al 2050, en que México
transcurrirá por la última etapa de la transición
demográfica con una nueva y diferente estructura de la
sociedad nacional.
Es
conveniente distinguir el comportamiento de los fenómenos
demográficos y los económicos y políticos.
Las hipótesis de la evolución futura de la población
son, en general, de mayor confiabilidad que las económicas
o las políticas. Los componentes que originan el crecimiento
y estructura poblacionales, la mortalidad, la fecundidad y la
migración interna e internacional, de indudable relación
con el desarrollo social, son de tendencias predecibles; en
lo económico y lo político, lo que se preveía
iba a pasar veinte o más años después,
no sucedió. La variabilidad coyuntural de los fenómenos
demográficos es baja, comparada con la que se observa
en los fenómenos económicos y políticos1
. Estos desfases complican establecer las interrelaciones que
necesariamente tienen, con el fin de planear la sociedad hacia
el futuro; los escenarios demográficos prospectivos debieran
apoyarse en las prospectivas económicas, sociales y políticas.
Las
circunstancias por las que atraviesa la sociedad mexicana no
han sido propicias para el desarrollo sustentable porque están
ausentes tres grandes elementos2 : 1) la falta de objetivos
económicos y sociales en plazos mediano y largo, dentro
de los cuales pueda encuadrar el desarrollo sustentable; 2)
la incapacidad de la sociedad mexicana para acometer programas
y acciones que eliminen las causas de la desigualdad en las
condiciones sociales y corrijan los efectos más graves
de la marginalidad, por un lado, y de la concentración
económica por otro, y 3) la dificultad para generar consensos
en materias que afecten intereses y resistencias. En estos señalamientos
se involucran y relacionan población, economía
y política.
En
la historia de la humanidad ha estado presente el constante
deseo y lucha por vivir más tiempo y vivirlo mejor. Este
es el caso de México. Durante el presente siglo, las
concepciones sobre la evolución demográfica proseguían
su carácter poblacionista, que se retoma a partir de
los años treinta y se confirma con la primera Ley General
de Población aprobada por el Congreso de la Unión
en 1936. El fin: insistir en poblar más a México
con una ideología nacionalista, opuesta a la que se pretendió
desde la consumación de la independencia. En este tiempo
era poblar a México con mexicanos, no con extranjeros.
El nuevo principio político y de acción económica
y social se manifiesta en toda su magnitud cuando media el siglo
XX, de 1950 a 1975.
Durante
estos veinticinco años, se logra con plenitud que los
nacimientos superen, cada vez más, a los decesos; simultáneamente
otro fenómeno económico y social empieza a tener
importancia demográfica: la migración internacional.
La combinación de la alta fecundidad, aumento de la esperanza
de vida y, en menor grado, los flujos migratorios, produjeron
la gran explosión demográfica en México,
con un crecimiento medio anual de 3.2%, el más alto nivel
experimentado en el mundo en países con población
semejante y aún menor a la de México.
Una
consecuencia más de comportamiento demográfico
fue el mayor poblamiento de infantes y adolescentes, lo que
provocó el rejuvenecimiento de la población: de
43% de niños menores de 15 años en 1950, se elevó
a 46% en 1975. Este grupo de población, económicamente
dependiente, tuvo un aumento en números absolutos de
16 millones, que significaron el 50% del incremento del total
de la población durante esos veinticinco años;
efecto demográfico excepcional de la vida nacional.
Durante
este lapso de mayor incremento demográfico, México
experimentó un continuo y alto crecimiento económico
de más de 6% anual y la población tuvo mejores
niveles de bienestar, a pesar de que continuaron las desigualdades
sociales y la pobreza. Parece ser que el caso de México
no corresponde a la teoría malthusiana; no hay evidencias
de que el crecimiento de la población constituyera un
obstáculo al crecimiento económico, sino que el
problema era de otro orden: la distribución de la riqueza.
Así
termina la etapa demográfica en que se logró,
con creces, la intención de poblar a México. Un
país de niños y jóvenes y pocos viejos.
Sin
embargo, desde finales de la década de los sesenta, el
alto crecimiento y la composición por edades, dejaron
de ser favorables para la economía y el bienestar futuro.
El sistema político de México y diferentes actores
sociales llegaron al acuerdo de establecer el contexto jurídico
de la nueva política de población con el objetivo
de modificar el ritmo de crecimiento, con una visión
más realista en relación a la capacidad económica
y los recursos naturales del país, que facilitara los
esfuerzos para satisfacer los rezagos sociales-históricos
y disminuir las demandas en el futuro. La nueva Ley General
de Población entra en vigor en 1974. A partir de aquí,
se inicia un nuevo ciclo político y demográfico.
El objetivo ahora es atender a los problemas demográficos
que inciden en el bienestar de la población, En estos
años principia la disminución de la dinámica
poblacional, México entra a otra etapa de transición
demográfica.
Durante
los primeros años de la nueva política de población,
se establecen nuevos organismos políticos y administrativos,
el tiempo demográfico empezaba a correr con un futuro
promisorio y a la vez complejo, frente a un intenso crecimiento
poblacional y cierto desorden del poblamiento en el territorio,
habrían de atenderse en condiciones heterogéneas
social y culturalmente, con variados procesos sociodemográficos
que correspondían, cada una por su parte, a sociedades
modernas, tradicionales y/o en transición.
Ha
transcurrido un cuarto de siglo en que el gobierno de México
sustenta la política de población con estrategias
y programas que se insertan en el marco del desarrollo nacional.
La planeación demográfica si bien en general corresponde
a los fenómenos sociales, económicos y políticos,
se manifiesta en la evolución del fenómeno demográfico.
El cambio de un régimen demográfico con fuerte
velocidad de crecimiento, que se gestó durante largo
tiempo pasado, a un régimen de menor crecimiento de la
población, demanda lapsos de igual magnitud.
Estos
elementos fueron considerados en 1977, año en que se
planteó el escenario demográfico para fin de siglo,
con los componentes de fecundidad y mortalidad que condujeran
a la meta programada de 1% de crecimiento natural y su respectiva
estructura por edades al año 2000. Durante ese tiempo
demográfico se diseñaron escenarios intermedios
correspondientes a las cuatro administraciones sexenales del
gobierno que conformaron el periodo total, de manera que se
lograra la continuidad en los objetivos de largo plazo; una
política y planeación que incluyera la renovación
de programas, cada vez con mayor y mejor organización
por los consecutivos gobiernos, de acuerdo a evaluaciones periódicas.
La
tasa de crecimiento en 1977 tenía un nivel de 3.2%, la
misma que en 1975, con una población estimada en 63.8
millones de habitantes. Con estas condiciones, además
de las de mortalidad y fecundidad, se establecieron metas por
periodo sexenal de 2.5% en 1982, a 1.9% en 1988 y 1.3% en 1994,
para llegar al año 2000 con una tasa de crecimiento natural
del 1%. Esto significaba que en veintitrés años,
al final del siglo XX, la población de México
sería de alrededor de 100 millones, en lugar de los 132
millones que se estimaban en el caso de mantenerse el ritmo
de crecimiento observado al principio. Los criterios tomados
en cuenta para la estimación de las metas fueron: la
factibilidad de un descenso regular y paulatino de la fecundidad,
de forma que diera lugar a una evolución en la estructura
por edad de la población que permitiera adecuar, sin
perturbaciones, las demandas de educación, salud, alimentación,
vivienda, empleo y otras necesidades básicas; también
se preveía la capacidad del sector salud para proporcionar
servicios de planificación familiar en función
de la demanda esperada en el futuro.
El
tiempo que se estableció en la planeación demográfica,
1977-2000, ya se agotó. En él han transcurrido
tres periodos completos del gobierno sexenal, y se encuentra
terminando el último. La tarea de sintetizar la historia
demográfica en esos años no es tan sencilla como
parece: la conciliación, empezando por lo más
elemental, de los montos de población y sus tasas de
crecimiento, así como de la evolución de las variables
demográficas, todavía se encuentra sujeta a discusión,
análisis y correcciones. Más complejo aún
es poder determinar si el cambio demográfico producido
por la política de población ha contribuido con
su fin último: aumentar el bienestar de las personas
y familias de la sociedad nacional.
Fue
demasiado optimista pretender alcanzar el 1% en menos de cinco
lustros; la fecundidad no descendió de acuerdo al curso
que se esperaba, especialmente en el medio rural; hay indicios
de que la crisis económica de 1982 disminuyó las
acciones del Programa de Planificación Familiar. Con
esta situación los menores recursos financieros del gobierno
y de las condiciones materiales de la población, limitaron
la ampliación y uso de los servicios de planificación
familiar. Aunado a esto, se truncaron los programas que habrían
de extenderse a ciudades de menor tamaño y al medio rural.
El
Bache Demográfico de ese período tuvo como consecuencias
que las metas de crecimiento natural programadas en 1977 no
se obtuvieran al año 2000; el crecimiento programado
era del 1% y el que ocurrirá es de 1.7%.
Es
importante insistir que la política de población,
con sus programas de planificación familiar, ahora de
salud reproductiva, de educación sexual, de educación
en población y de comunicación e información,
son algunas medidas directas que se llevaron a cabo y se mantienen
actualmente; para que sus efectos se dimensionen y promuevan
un cambio sostenido, deben ser reforzadas por acciones que se
deriven de las políticas y programas sociales, que beneficien
las condiciones de bienestar de la población. Sin estas
interacciones y apoyos no sólo se aisla la política
de población, sino que se enfrenta a condiciones adversas
al cumplimiento de sus objetivos.
Aún
con los logros de la disminución de la población
y de la fecundidad (cerca del 50%), nuevamente la dinámica
demográfica sobrepasa los relativos y limitados logros
del desarrollo socioeconómico, acentuando las desigualdades
sociales y la pobreza. Un nuevo fenómeno aparece en la
estructura por edad durante los últimos veinticinco años;
resultado de la reducción de la fecundidad, se inicia
el proceso de despoblamiento de niños y se acelera el
poblamiento de adultos y de edades avanzadas. El incremento
de la población de menores de 15 años apenas fue
de 5 millones y en la edad de 0 a 4 años, la tasa resultó
negativa del 95 a la fecha, aunque la población en esos
grupos de edades continúa siendo considerable: 33 millones
para 2000. En las edades de más actividad, de 30 a 49
años, se da el máximo crecimiento (3.5% anual),
con 24 millones, más del doble de los que había
en 1975. La economía fue insuficiente para generar empleos
de la magnitud que se requería. Hay desempleo y la pobreza
crece: la secretaría de Salud estima la pobreza en el
60% de la población total y SEDESOL en 25 millones de
mexicanos que viven en pobreza extrema. A pesar de la disminución
del crecimiento, la inercia demográfica continúa
y transforma la estructura de la sociedad nacional haciendo
más difícil el desarrollo mexicano.
No
obstante las condiciones que estable ce la política de
población de México, que marca el destino demográfico
del país, aún con la notable disminución
de la fecundidad, el incremento de 26 millones de habitantes
de los últimos 25 años continuará siendo
significativo y constituye el reto social al que hay que añadir
los rezagos históricos acumulados. Bajo las situaciones
políticas-sociales y del modelo económico actual
del país, veinticinco años es un tiempo relativamente
corto para llevar a cabo las transformaciones políticas
y económicas hacia la democracia y la justicia social
que tengan efectos notorios contra la pobreza.
A
partir de 2000, el destino demográfico que le espera
a México va a ser diferente. Se acelerará el despoblamiento
de niños, jóvenes y, ahora, de adultos. Por el
contrario, el poblamiento se apoyará en las personas
mayores. Para 2025 el incremento de la población será
de 36 millones, concentrados principalmente entre las edades
de 30 a 64 años. ¿Qué desarrollo social
y crecimiento económico se necesita para dar empleo a
este gran número de personas? ¿Qué cambio
requiere la seguridad social para pensionar a 13 millones, de
los cuales 9 millones ingresarán a la edad de retiro
por vejez? ¿En qué lugares del país se
asentarán y cómo contarán con vivienda
digna? No hay respuestas claras.
Esta
incertidumbre lleva a pensar que debe esperarse una segunda
etapa demográfica de 2025 a 2050. Se calcula que en este
lapso, el crecimiento neto de la población será
de 5.6 millones de habitantes, con una tasa media anual de apenas
0.17%. La inercia y transición demográfica habrán
terminado, más aún, desde el quinquenio anterior
a 2050, México empezará a perder población
en números absolutos, no sólo por el éxodo
de habitantes, sino también porque las muertes ya superarán
a los nacimientos. El pueblo mexicano estará transformado
radicalmente, y entrará a otra situación demográfica,
para bien o para mal; ello como resultado de las decisiones
de las parejas, de las personas, ejerciendo sus derechos: menos
hijos, una salud mejor y más larga vida. Se habrá
invertido la estructura de la sociedad nacional. Por cada 100
menores de 15 años, se tendrán 168 personas de
más de 65 años.
Así,
se dispondrá de un tiempo largo para el cambio social;
tiempo largo e injusto socialmente, con el sacrificio de las
generaciones pasadas, actuales y futuras. Aun así persisten
las dudas acerca de las condiciones que vivirá un sector
especial del universo humano nacional, el que será más
numeroso: la población en edad avanzada.
Las
inversiones demográficas y sociales deben cambiar de
sentido. El reto puede ser mayor: proporcionar bienestar a los
habitantes envejecidos, o bien hacia una población con
mayor número de jóvenes y niños; o bien
dirigirse con igual intensidad y diferente naturaleza a estos
grupos extremos. Las inversiones productivas deben generar empleo
para las edades de trabajo, cercano a 1.2 millones de plazas
anuales. El destino demográfico de México anuncia
que la economía y la política deben estar, desde
hoy, preparándose para atender las necesidad de una sociedad
diferente.
Este
es el reto más complejo en la historia de nuestra población,
de nuestra sociedad, de nuestro país.
*Resumen de la conferencia
dictada en El Colegio Nacional, en el marco del ciclo
"México, entre dos siglos. Población, Economía,
Política",
1° de diciembre de 1999.
**
Profesor-Investigador emérito de El Colegio de México,
1999.
Miembro de El Colegio Nacional, 1981.
Secretario General del Consejo Nacional de Población
(1977-1982),
Premio Nacional de Demografía 1987.
1 Véase, Alba, Francisco, Oportunidades y retos demográficos
a principios del siglo XXI, El economista mexicano, núm.
1, Colegio Nacional de Economistas, México, 1999.
2 Véase, Urquidi, Víctor, Dimensiones del desarrollo
sustentable y el caso de México, Estudios Demográficos
Urbanos, núm. 42, El Colegio de México, 1999.
