¿DÓNDE ESTÁ LA INMADUREZ?
El
PRI y la Oposición
*LEOPOLDO
ZEA
La
consulta hecha por el PRI, el pasado 7 de noviembre, fue a la
nación para elegir al candidato a la Presidencia. Resultó
un éxito, que mostró madurez de la sociedad y
con ello la afirmación de la democracia. Madurez que
la oposición se apresuró a negar. Sin embargo
ha sido dentro de la democratización puesta en marcha
que ha logrado triunfos, que en el pasado con el sistema concertador,
hubieran sido imposibles.
Con
10 millones de votos se respondió a la consulta, favoreciendo
con indiscutible mayoría al precandidato Francisco Labastida.
No 10 millones de votos priístas, sino de ciudadanos
que participaron libremente en la consulta. Entre ellos gente
contraria a esta democratización, que esperaba originar
con su voto, la división interna del PRI. Esta era la
única alternativa que la oposición ofrece a sus
posibles electores el próximo año.
La
democracia, para que sea plena, debe contar con otras alternativas,
con otras opciones, pero de servicio, no la desarticulación
de un partido para tomar su lugar. La opción debe ser
el ofrecimiento de mejores servicios que los otros partidos,
mostrando capacidad para hacerlo.
La
oposición, sin entender el mensaje de la sociedad civil,
la descalifica porque no la favorece. Los electores, dice, no
están capacitados para la democracia. Basta que el Presidente
de la República señale con el dedo, para que sumisamente
obedezca. Setenta años de dictadura priísta han
marcado a esta pobre gente. El dedazo sigue vivo. Frente a esta
triste situación, la oposición ofrece arrancar
de raíz el trauma, aniquilando al que lo originó.
¿Dónde
está la inmadurez? ¿En el pueblo que el 6 de julio
de 1997 se presentó entusiasmado en las urnas para depositar
su voto. Un voto cuya validez hizo posible la reforma política
propuesta por el Ejecutivo y aprobada por la mayoría
priísta en las cámaras, con la resistencia de
una oposición que prefería la concertación
y no un voto incierto? Paradójicamente, los resultados
de esta votación dieron frutos inesperados a los reticentes
a la reforma.
El
PRI alcanzó plena mayoría frente a los demás
partidos, pero no la absoluta del pasado. Este fue el mejor
signo de la democratización puesta en marcha. Porfirio
Muñoz Ledo, comentando en el Zócalo el gran e
inesperado triunfo de su partido, el PRD, dijo la idea que de
democracia se tenía: "Zedillo no sabe lo que hizo,
pronto lo va a saber".
La
reforma política, posibilitada por el PRI, garantiza
el respeto a la voluntad ciudadana expresada en el voto secreto
que impide las presiones del pasado. El ciudadano solo en la
urna, sin más testigo que su conciencia, vota como más
le conviene. Sabe, además, que su voto es un mandato
en una auténtica democracia. Por ello nadie puede saber,
como en el pasado, el resultado de la votación hasta
que ésta sea contabilizada, ante los celosos representantes
de cada partido.
Con
impugnar esta votación, lo que se hace, es negar la capacidad
de decisión del votante, cuando no satisface sus expectativas
partidarias. Pura y simplemente se niega a la misma la democracia.
La sociedad civil pide y califica servicios recibidos, porque
paga por ellos.
El
pueblo mexicano no está formado, como dicen los mismos
que solicitan su voto para manipularlo, por gente sumisa y vil,
acostumbrada a obedecer al gobernante en turno. Todo lo contrario,
este pueblo para poner fin a la tiranía, en que se transformó
la Reforma liberal de Benito Juárez, hizo la Revolución,
iniciada en 1910 y terminada en 1929, abonando la tierra con
torrentes de su sangre.
No
la hizo para someterse en 1929 a la tiranía de un partido,
sino para poner fin al ya inútil derramamiento de sangre
en que se habían enfrascado los grupos revolucionarios,
disputándose el poder. Para lograrlo delegó su
participación política en el grupo revolucionario
que podía ser capaz de someter al resto y obligarlo a
concertar sus diversos intereses. Delegación de poder
necesaria para hacer realidad el México que había
costado tantas vidas.
El
presidente Adolfo López Mateos, comprendió, sin
embargo, los peligros de una prolongada delegación de
decisiones políticas. En su gira como candidato a la
Presidencia de la República, tuvo esta experiencia, al
solicitar apoyo para la gente que le acompañaría
en puestos de representación, en su gobierno. Le contestaban:
"Usted los conoce mejor que nosotros, votaremos por ellos
sí usted y ellos se comprometen a darnos caminos, escuelas,
hospitales". Lo mismo sigue pidiendo la sociedad civil
pero ya sin delegar su poder. ¿Es este un pueblo sumiso
que ha soportado 70 años de tiranía?.
La
corrupción la posibilitan los encargados de mantener
el orden revolucionario, dentro del organismo concertador. Los
que presidían los sectores corporativistas del PRI. Su
poder y duración rebasaban a los presidentes en turno
de la República. Ejemplar en este sentido fue el líder
del sector obrero. Estos garantizaban el número de votos
a los candidatos del Partido a la Presidencia de la República
Impedían, igualmente, la posibilidad de otras opciones
de servicio. Con la oposición concertada la distribución
de los puestos de representación, previamente a la votación
que se reducía a un rito para avalar las decisiones ya
tomadas.
Adolfo
López Mateos tuvo que desistir de cambiar esta situación,
ante la resistencia de los guardianes del orden. Siguieron otros
intentos, como el del presidente del PRI. Carlos Madrazo, que
murió trágicamente en un avionazo; Rodolfo González
Guevara, Porfirio Muñoz Ledo, Cuauhtémoc Cárdenas
y otros, que tuvieron que salir del partido. Luego Luis Donaldo
Colosio, cuyo trágico desenlace conocemos. Así
hasta llegar al Presidente Ernesto Zedillo que hizo posible
el cambio, apoyado por su partido.
Este
mismo pueblo, supuestamente medroso y vil, como lo califican
los opositores al cambio, se fue enfrentando a la corrupción
de los conductores del organismo concertador. Organismo que
acabó incumpliendo con la otorgación de servicios
que deberían dar a la sociedad civil, cargándola,
por el contrario, con el costo de su corrupción. Veía
como los esfuerzos hechos dentro del sistema fracasaban. El
terremoto que sacudió a la capital, en septiembre de
1985, puso de manifiesto la capacidad solidaria y la decisión
de esta sociedad, en la tragedia. Pero también su capacidad
para recuperar el poder de decisión política delegado
en 1929.
La
reforma política, al garantizar el respeto a la voluntad
ciudadana en el voto, transformó a los partidos políticos
en opciones de servicio, que la misma sociedad civil avalaría,
de acuerdo con su propio criterio e interés. Ha avalado
y lo seguirá haciendo al PRI por lo que ha hecho y está
haciendo para posibilitar esta situación. Podrá
hacerlo y debe hacerlo, con otros partidos capaces de ofrecerle
los servicios que necesite. Las opciones evitarán lo
que sucedió en el pasado con el PRI como única
y posible alternativa.
Opciones
de la izquierda y a la derecha del PRI, como el PRD que surgió
dentro del PRI para transformarlo. Y el PAN, de vieja guardia,
en el cual la sociedad, en diversas ocasiones, ha visto una
buena opción. Opciones de servicio para una sociedad
que se niega a ser instrumento de poder. Un poder que corresponde
plenamente a esta sociedad.
La
oposición, por el contrario, trata de eludir el cambio
con justificación contraria a la democracia. Se vuelve
a hablar de fraude que no está ya en las urnas, cuando
las elecciones no favorecen sus pretensiones. Fraude anunciado,
que no se da en las urnas celosamente vigiladas por los partidos.
Fraude previamente realizado en las campañas, comprando,
presionando y acarreando votantes. Hechos que si se hacen no
garantizan los buscados votos. El elector, tiene un voto, que
es secreto y puede hacer con él lo que mejor le convenga,
sin que nadie se entere. En el pasado, Fidel Velázquez,
podía ofrecer millones de votos de los obreros, a cambio
de determinados puestos políticos y en su derecho a palomear.
Con la reforma esto ya no sería posible.
Ahora
se dice, terminó el dedazo, su lugar lo tomó la
cargada. ¿Cargada el que los militantes de un partido
apoyen masiva y públicamente a su candidato? ¿El
que masiva y públicamente festejen su triunfo? Esto es
algo que se hace en todas las democracias del mundo. Lo hemos
visto en el PRD y el PAN. Que estos triunfos y su festejo duelan
a los perdedores, es natural. Pero en una democracia hay que
saber perder. Algo que aún no se alcanza con plenitud
en la nuestra.
Represión
de la dificultad para reconocer el triunfo y aceptar la derrota
son las llamadas alianzas con las que la oposición trata
de evadir los frutos de la democracia. Y así poder sacar
al PRI de la política nacional. En la Cámara de
Diputados, juntos los votos de la oposición, pueden rebasar
en algunas decenas al PRI y así congelar su mayoría.
Pero
la misma alianza en las elecciones, para derrotar a los candidatos
del PRI es ya otra cosa, por los encontrados intereses de los
partidos de oposición, y por la vieja clientela con la
que cuenta el PRI. Esta imposibilidad se ha hecho patente en
derrotas del PRI en diversas gubernaturas. En el PRI ahora es
posible que los inconformes por los resultados de elecciones
internas para elegir candidatos, se lancen por su cuenta con
el apoyo de la oposición.
Las
gubernaturas alcanzadas por la oposición, sin la posibilidad
de las pasadas concertacesiones, las ha ganado apoyando a inconformes
del PRI, con los resultados de las elecciones dentro de su partido.
El PAN y el PRD han intentado una alianza que el sendo protagonismo
de Fox y de Cárdenas hicieron imposible. Pero una alianza
que posiblemente habría triunfado si contaban con un
descontento dentro del PRI, como es el caso de Roberto Madrazo.
Algo que los protagonistas del PRD y el PAN jamás habrían
aceptado.
De
cualquier forma, esas alianzas no pueden garantizar nada. La
ciudadanía no puede ser atraída con espectáculos
electoreros, de boxeadores y acróbatas, menos aún
si les prometen todo, pero los amenazan y descalifican si no
les dan el voto. El elector, militante o no de un partido, sabe
ya el valor de su voto y cómo usarlo a conciencia, sin
sufrir las consecuencias de su decisión.
A
nuestra democracia, insistimos, para serlo plenamente, le faltan
opciones de servicio, no de ideologías que cobren intereses.
Pienso que el PRD, volviendo a los principios que originaron
su salida del PRI concertador, puede serlo, pero no el PRD resentido,
ampliando los vicios que dentro del PRI trató de anular.
No el PRD que como el PRI concertador, insistía en hacer
de la Universidad de la Nación, instrumento para compartir
el poder del partido.
Pienso
también, como dije, en la vieja guardia del PAN, en la
que la ciudadanía vio en varias ocasiones una alternativa.
No en el PAN que ahora compite con el PRD en actitudes electorales
de presión política callejera. Opciones pueden
también ser los nuevos partidos, si no buscan el poder
por el poder. El colaborador con la sociedad civil. Alianzas
también, pero no para anular a otros partidos, sino para
que juntos puedan ofrecer a la ciudadanía mejores y más
servicios, en lo que ésta necesita para fortalecerse
y crecer como Nación.
*Articulo publicado en Excélsior del 28 de noviembre
de 1999.
