LA POBLACIÓN INDÍGENA

Una biografía colectiva del otro México

PATRICIA FERNÁNDEZ HAM*

La población indígena de México tiene en común un referente que surge del pasado prehispánico y colonial de los pueblos mesoamericanos. Los pueblos no son homogéneos, ni sus integrantes participan de igual manera en los diversos aspectos de una cultura única: hay diferencias, desigualdades, complementariedades y aún contradicciones que, en coexistencia, crean dinámicas socioculturales particulares.

La diversidad no sólo es cultural sino que responde también a pautas de organización regional, que en muchos casos provienen de procesos históricos que generan sistemas sociales portadores y creadores de culturas que traspasan las identidades étnicas y llegan a crear particularidades regionales.1

A la lengua indígena se le reconoce como un símbolo privilegiado de los procesos de identificación cultural y de afirmación étnica de la población. Por esto, el número de hablantes de lenguas indígenas se ha considerado como el indicador básico para estimar la cuantía y diversidad de la población indígena. Desde luego, esta característica no es la única relevante en la identificación del carácter indígena de la población; existen otros referentes como los rasgos físicos, el vestido o el propio reconocimiento de pertenencia, todos ellos de difícil captación estadística.

Como alternativa para una delimitación más amplia de población indígena, el criterio de población hablante de lengua indígena se combina aquí con el hogar de pertenencia.2 Estas dos características permiten ubicar a los individuos en el marco de la vida cotidiana. Este enfoque es relevante porque permite identificar la población no hablante de lengua indígena que convive con quienes preservan el uso de alguna de ellas.

Distribución territorial y diversidad étnica

Gran parte de la población hablante de lengua indígena de hoy se ubica en los estados de la costa del Pacífico (Guerrero, Oaxaca y Chiapas), así como en la península de Yucatán (Campeche, Yucatán y Quintana Roo), e inclusive en Tabasco. En ellos residían 2.7 millones de hablantes de lengua indígena de 5 años de edad y más en 1995, lo que equivale a 28.9% de la población total de dichas entidades en esas edades.

En contraste, en las entidades federativas del centro y en Veracruz, la presencia indígena, cuantiosa en volumen, se diluye entre la numerosa población no indígena que concentran esos estados. En conjunto, el Conteo de 1995 reportó 2.1 millones de hablantes de lengua indígena en Veracruz, San Luis Potosí, Querétaro, Hidalgo, Estado de México, Distrito Federal y Puebla. Esta cifra representa alrededor de 7.0% de la población de 5 años de edad y más en esos estados.

Para dar cuenta de la diversidad indígena, los censos de población permiten clasificar a los hablantes de lengua indígena en grandes familias lingüísticas, las cuales, distinguiéndolas de pueblos específicos, se han denominado "grupos etnolingüísticos".3 En México, actualmente se reconocen 62 grupos lingüísticos, a partir de los cuales se pueden identificar pueblos indígenas que comparten lengua y tradiciones.

Más del 80% de la población hablante de lengua indígena se concentra en doce lenguas: náhuatl (23.7%), maya (14.2%), zapoteco (7.7%), mixteco (7.6%), otomí (5.6%), tzeltal (5.3%), tzotzil (4.6%), totonaca (4.1%), mazateco (3.2%), huasteco (2.3%), mazahua (2.8%) y chol (2.4%). Sólo dos de estas lenguas superaban en 1995 el medio millón de hablantes: los nahuas y los mayas con 1,325,400 y 776,900 hablantes de 5 años y más, que en conjunto corresponden a cerca de 40% del total del país.

En los cuadros 1 y 2 se destacan algunas características particulares de los doce grupos etnolingüísticos más numerosos de nuestro país:

Los nahuas, mixtecos y otomíes son los de mayor presencia en diferentes entidades federativas del país, situación que no se refleja en los mapas de predominancia indígena porque se localizan en municipios donde no son mayoría; tal es el caso de algunos municipios del Estado de México y delegaciones del Distrito Federal.

Por el contrario, los tzeltales, tzotziles y choles casi en su totalidad residen en Chiapas (98.8%, 98.7% y 88.9%, respectivamente) y en municipios donde son la mayoría respecto de la población total.

El patrón de asentamiento de la población en hogares indígenas es en su mayoría rural: 60.8% reside en localidades con menos de 2,500 habitantes. Entre los choles, huastecos, tzotziles, tzeltales, mazatecos y mixtecos más de 70% de su población vive en ese tipo de localidades. Esta tendencia está asociada a condiciones de marginación elevadas, debido al difícil acceso y la poca disponibilidad de recursos asignados a infraestructura, servicios y equipamiento básico de estas localidades. Cabe hacer notar que, de los grupos antes mencionados (exceptuando los huastecos), entre 58.4% (mixtecos) y 93.4% (tzeltales) de su población vive en municipios con muy alta marginación.

Los mayas, otomíes y zapotecos muestran las proporciones más urbanas en su distribución por tamaño de la localidad. La población de los hogares indígenas que reside en localidades de 15,000 y más habitantes representa 38.4, 34.9 y 22.3% de su población, respectivamente.

Persistencia de la lengua indígena

La variación del número de hablantes de cada lengua indígena entre dos momentos en el tiempo depende no sólo de su dinámica demográfica, sino también de la persistencia en el habla de la lengua indígena a través de las diferentes generaciones. Entre la población de los hogares indígenas, algunos de sus miembros hablan su lengua, pero otros no. Tal es el caso de gran parte de los hogares nucleares, que suelen estar formados por un padre y una madre que hablan lengua indígena, algún hijo hablante, pero donde los hijos más jóvenes ya han dejado de hablar el idioma materno. En este caso, las pirámides por edad, sexo y condición de habla indígena reflejan, además de la historia demográfica de cada pueblo, la conservación o pérdida de la lengua materna, que significará también la continuidad del grupo en tanto su identificación a través de la lengua hablada.

Las pirámides de la gráfica 1 muestran claramente que no todos los grupos indígenas responden a un mismo patrón demográfico. En algunos se observa un marcado descenso de la fecundidad y la mortalidad, mientras que otros grupos se han quedado a la zaga en este proceso de cambio.

Así, por ejemplo, la composición por sexo y edad de tzeltales, tzotziles, mazatecos y huastecos tienen las estructuras piramidales típicas de una fecundidad y una mortalidad más elevada que el resto. La base amplia concentra una elevada proporción de niños y jóvenes (con porcentajes de menores de 15 años de 49.4, 49.3, 44.3, 46.4 y 48.7 respectivamente), con tasas globales de fecundidad (TGF) superiores a 5 hijos por mujer y tasas de mortalidad infantil (TMI) de alrededor de 67 defunciones de niños menores de un año por mil nacimientos en 1990. Este patrón demográfico corresponde a los grupos que se consideran más "tradicionales" y que mantienen un alto grado de transmisión intergeneracional de la lengua materna, donde aún entre los niños y los jóvenes de los hogares indígenas (5 a 14 años) más del 80% habla lengua su propia.

También existen estructuras demográficas que señalan una disminución significativa de la fecundidad y la mortalidad. Las pirámides de los mayas y zapotecos reflejan un marcado descenso en la proporción de niños (40.6 y 39.5% de menores de 15 años), en tanto que es mayor la presencia de población en edades medias y avanzadas.

Entre estas poblaciones, la TGF fluctúa entre 3.5 y 4.0 hijos por mujer y la TMI es cercana a 50 defunciones de menores de un año por mil nacimientos en 1990. Esta estructura demográfica también se percibe entre otros indígenas como los otomíes y mazahuas, aunque en estos grupos los cambios corresponden a períodos más recientes. El importante descenso de la fecundidad, que se traduce en alrededor de un hijo menos en pro medio por mujer, se percibe en el tamaño de los estratos de la pirámide entre los grupos más jóvenes, los cuales son muy similares en las edades 5-9 y 10-14 y con base más reducida para el grupo de 0 a 4 años.

A su vez, el descenso sostenido de la mortalidad se aprecia en una disminución gradual de la población conforme asciende la edad; asociado a estas tendencias, también se observan signos de transformaciones socioculturales más amplias, entre las que destaca una marcada pérdida en el habla de la lengua indígena, que entre los jóvenes de 5 a 14 años de hogares indígenas sólo se conserva en alrededor de la mitad de la población.

Cabe mencionar que grupos etnolingüísticos como los nahuas, totonacas y mixtecos tienen importantes proporciones de población dentro de localidades urbanas: los nahuas en Puebla, Iztapalapa, Naucalpan, Ecatepec y Tehuacán; los totonacas en Papantla, Poza Rica y Tuxpan, y los mixtecos en Nezahualcóyotl, Chalco, Tijuana, Ensenada, Navolato y Culiacán. Estos pueblos también viven en localidades rurales pequeñas y medianas, lo que explica en buena medida la heterogeneidad de comportamientos demográficos.

En conjunto, se trata de poblaciones en las cuales el descenso de la fecundidad se aprecia entre las generaciones nacidas en los últimos 10 años. Asimismo, la disminución marcada del peso relativo de los estratos de niños y jóvenes indica el efecto conjunto de una mortalidad aún considerable y una TGF ligeramente por abajo de 4 hijos por mujer.


* Subdirectora de Análisis Demográfico. CONAPO

1 Bonfil Batalla Guillermo. 1989. Mexico Profundo: una civilización negada, México, SEP,CIESAS
2 Donde se define como indígena a toda la población que pertenece a algún hogar en el que el jefe o su cónyuge hablan alguna lengua indígena. Como complemento para la estimación del monto de población, también se incluye a los hablantes de lengua indígena que no viven en un hogar indígena.
3 Bartolomé, Miguel Alberto. (1997). Gente de costumbre y gente de razón, México, INI, Siglo XXI