LAS PRIMARIAS DEL NUEVO PRI

OSCAR LEVÍN COPPEL, diputado a la II Asamblea Legislativa del DF. Secretario
General del PRI del DF.

El agotamiento del viejo pacto sucesorio, fundado en el ejercicio de un poder personal casi inconmensurable, ha llegado a su fin. Los filoautoritarios perdieron la partida. Hemos demostrado, con estas elecciones primarias, que el PRI es un partido con vida propia y con una capacidad de cambio y adaptación a las nuevas realidades que deja perplejos hasta a los observadores y críticos más agudos. Dentro del país y especialmente en el plano internacional, el acontecimiento del pasado 7 de noviembre constituye un éxito político difícil de negar. Las primarias del PRI han sido vistas como una evolución positiva. Al menos así lo presentan las visiones más equilibradas.

Esto de ninguna manera debe llevarnos a un triunfalismo desbordado. Ya veo cómo asoma la nariz la inoportuna tentación de sonar las campanas del triunfo total, cuando apenas hemos dado un paso, inicial, necesario además, en nuestra transformación real y práctica como un partido adscrito a la modernidad. Pero todavía falta. Falta mucho. Lo que hicimos con estas primarias fue abrir un camino; sólo eso: abrir un camino. Sin embargo, aún nos esperan definiciones de mucho mayor alcance frente a los electores y que tienen que ver con el destino mismo del país; esto es, con nuestra visión de futuro. Hasta ahora lo que hemos hecho es acreditar ante la sociedad que somos capaces de cambiar nuestros métodos y nuestros procedimientos. Y lo hicimos a buena hora por la sencilla razón de que no encajaban en el México de hoy y ya resultaban incluso deplorables. Adelante nos espera la complicada tarea de que esos nuevos métodos sirvan a una política que ponga el acento en todo lo que la gente quiere, necesita y puede lograr. La democracia tiene sentido como instrumento para lograr cosas a favor de la gente, no como un fin en sí misma. A mí me convence y me interesa la democracia que sirve para formar demócratas; me refiero a la democracia que se convierte en una forma de ser y de hacer. Encuentro en un razonamiento de Chomsky la manera sencilla y a la vez profunda de expresar esta idea: para él, y así lo dice sin ambages, un sistema es democrático cuando ofrece posibilidades de que la generalidad de la población juegue un papel significativo en la administración de los asuntos públicos.

Esta posibilidad ha tenido grandes avances en lo que se refiere a las políticas que se elaboran desde el Estado. Los partidos intentan todos los días nuevas fórmulas para involucrar o incorporar la opinión de los ciudadanos en estas políticas. Pero resulta muy extraño observar que esa tendencia no necesariamente coincide con lo que sucede dentro de los propios partidos políticos. Pareciera como que, al contrario, surgen y se fortalecen propuestas conservadoras que privilegian el afianzamiento personal de los caudillos o de las burocracias, al margen de la participación social. Si de algo pudieran servir las elecciones primarias del nuevo PRI es como efecto demostración de que abrirse a la influencia general, en los asuntos del Partido, representa una magnífica forma de legitimación y modernización. Insisto en que nuestro proceso expresa un fenómeno muy interesante que invierte la lógica imperante de que los partidos se metan en la vida de los ciudadanos para intentar modelar sus conductas. La parte importante del experimento estuvo en convocar a todos los ciudadanos que estuvieran interesados para intervenir en la decisión del partido y, en una tan importante, como la designación de sus candidatos a la Presidencia y a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal. O sea: un muy interesante al revés. Lo que hicimos puede ser tomado como un buen primer intento, ya que algunos datos obtenidos en la jornada hablan de que algo así como el 70% de quienes votaron se consideran militantes o simpatizantes activos del PRI, mientras que el resto, un nada despreciable 30 %, se manifestó como ciudadano independiente. Como puede apreciarse la proporción no es la que algunos hubiéramos deseado, delata todavía un alejamiento, un desinterés de la mayoría de los ciudadanos por lo que pasa o puede pasar en y con los partidos políticos. La brecha sigue siendo grande. Pero el camino que escogimos, no tengo ninguna duda, es el correcto para la obtención de las preferencias de un electorado aún altamente volátil y para ganar simpatías entre las franjas que rebasan, por mucho, lo que ahora se conoce como el voto duro de los partidos.

La actitud asumida por la mayor parte de los dirigentes de los demás partidos frente a nuestras primarias ha dejado, apenas, una tenue estela de improperios y descalificaciones fáciles. Me llama la atención especialmente el ardor de un contrito señor Fox que ungido como candidato por un selecto grupo de amigos ha desperdiciado, para desgracia del PAN, no sé cuantos años de esfuerzos democráticos. La simplicidad con la que se ha referido este pintoresco personaje a nuestras primarias es verdaderamente alarmante e intelectualmente aterradora. La vaciedad de su discurso no sólo tiene que ver con los asuntos económicos o sociales del país, sino, también, curiosamente con los que atañen a su propia estrategia para remontar los bajos fondos de una mercadotecnia contestataria, tan en boga, pero tan infecunda como propuesta política.

Pienso, en cambio, que la transformación democrática del PRI puede impactar positivamente a los demás partidos. No tengo ningún empacho en compartir nuestros logros. Estoy convencido de que se volverán patrimonio común del sistema de partidos. Pronto quedará en calidad de pieza de museo el caudillismo que impera en el PRD y que lo condena por ahora a ser el partido propiedad del señor Cárdenas. De la misma forma pasará la incómoda regresión de un PAN asaltado por esa especie de falange que conforman los llamados amigos de Fox. Ambos, prototipos del estancamiento, uno en detrimento de la izquierda y el otro de la derecha. Desde ahí se fabrican y se ofrecen las cantinelas de un antipriísmo a ultranza. En vano se empecinaron en vaticinar el fracaso, el estallamiento, la ruptura y finalmente la muerte del PRI. Unico signo, para ellos, que podría confirmar el advenimiento, casi mágico, de la democracia. No nos extrañe que no puedan explicarse ahora y explicarle a sus seguidores cómo es que el PRI haya podido captar cerca de diez millones de votos tratándose, insisto, de una elección interna. La respuesta es simple pero contundente: si hay algo peor que no ver, es no querer ver. Esa actitud suya, necia, que consiste en fincar las expectativas democráticas en la eliminación del PRI, es no sólo excluyente, sino peligrosa. El problema es que desemboca frecuentemente en el enfrentamiento y la radicalización, tal y como lo ha planteado Isaiah Berlin, cualquier persona ( o grupo) que crea en la existencia de una verdad y una sola, en la existencia de un solo camino hacia ella, en una solución exclusiva a los problemas, solución que debe forzarse a cualquier costo porque sólo en ella estaría la salvación, cualquier persona que piense así contribuirá, con toda seguridad, a reproducir "una de las creencias más fatales que puede abrigar un ser humano", y que por desgracia puede contaminar la política de toda una época.

Hace unos días he leído en el prestigiado diario español EL PAÍS una definición entre simpática y trágica acerca de lo que es la democracia y me viene bien ahora que ya se produce un cierto cansancio por la acumulación de definiciones acerca de ella, es de Rosa Montero y afirma que la democracia se basa en el convencimiento de que el ser humano, dejado a su libre albedrío, tiende inexorablemente a lo canalla. Y luego nos da un respiro de alivio cuando concluye que, claro, la grandeza del sistema consiste en eso: en creer que somos malos, y, pese a ello, aspirar incansablemente a ser mejores. De manera que ese pesimismo, remata Montero, es un poco raro, lleno de voluntarismo y confianza. Las primarias del PRI bien pueden entrar con todos sus defectos y aciertos en esa magnífica definición. Tal vez ahora, tal y como lo escribió Enrique Krauze en un artículo para la revista TIME sobre la evolución del PRI, y cito sólo su parte final porque me parece una conclusión afortunada: " The trasformation would be the fifth and definitive incarnation of the PRI. All of us be happy to wake up beside a democratic dinosaur". Valga la expresión.

Solamente como punto de referencia, tomando las distancias y las proporciones del caso, me gustaría traer a la memoria los resultados de una elección primaria muy importante y que incluso sirvió como eje de la polémica europea acerca de este tipo de prácticas políticas, me refiero a las primarias realizadas por los socialistas españoles. En ellas, el llamado a las urnas se dirigió a 383 462 afiliados al PSOE. De ellos votó el 54.32%, lo que equivale a poco más de 208 mil personas. Para la realización de aquella histórica jornada del año pasado ese partido instaló 4, 300 mesas electorales en toda España. Ese proceso dejó, sin duda, muy importantes lecciones no sólo para ellos, sino para el conjunto de la política europea. Los ecos se dejaron sentir de inmediato en Latinoamérica. La reciente renuncia del ganador en aquel proceso sigue ofreciendo espacios para la reflexión y el análisis acerca de esa experiencia. Lo cierto es que tan sólo por efecto de una simple comparación de números y de alcances podrían sacarse conclusiones acerca de las dificultades materiales y humanas que entraña una elección primaria como la del PRI en México. No intento una comparación cuantitativa y fácil. Lo que me preocupa es dejar en claro que, en la esencia de las primarias nuestras, hay una propuesta distinta. Se trata de una auténtica movilización masiva que busca no nada más nuevos puntos de contacto entre un partido político y la sociedad, sino modificar sus códigos. Insisto en que me parece una postura realmente innovadora y que remonta las viejas costumbres fronterizas tan acendradas entre la militancia de los partidos. Nuestra propuesta busca lograr un espacio de lo partidario mucho más flexible, asequible y transitable para el ciudadano común, para quienes no viven permanentemente dentro de la política. Al parecer los candidatos triunfadores han sido los que mejor se acomodaron a este tipo de consideraciones y no los que hicieron sus campañas poniendo el acento en la pureza ideológica y el pedigrí partidario. Igual que en el conjunto social creo firmemente que los valores de la democracia, aplicados dentro de un partido, rechazan la polarización. De la misma manera que el cuerpo humano rechaza un implante. La democracia se establece entonces, coincido con esta afirmación de Josep M. Colomer: "...Como resultado de decisiones estratégicas de actores adversos...que se niegan a jugar al todo o nada. En este tipo de procesos la democracia crea demócratas..."

Otro gran problema al que nos enfrentamos particularmente en este proceso de primarias, en el terreno de las definiciones de largo alcance, es el del papel de los medios de comunicación en tanto instrumento privilegiado de la política en la época actual, la del más impresionante desarrollo de las telecomunicaciones. Hasta hace no muchos años, gran parte de todo lo relacionado con ello y que hoy forma parte de nuestra vida cotidiana, componía la vasta literatura que llenaba los aparadores reservados a la ciencia-ficción en las librerías. Pero hoy son una realidad, completa, casi siempre avasalladora. De ahí derivan los estudios y las apreciaciones teóricas y hasta filosóficas acerca de esa revolución mediática que, sin duda, ha cambiado nuestras vidas y muchos de nuestros comportamientos individuales y colectivos.

Desde ese plano se producen nuevas conceptualizaciones de la democracia, no siempre apologéticas o encantadoras sino más bien descarnadas. En nuestras primarias son abundantes los datos acerca de la complejidad de lo que ha dado en llamarse la videopolítica. Esto es, esa política que se basa mucho más en las imágenes y el impacto visual de los mensajes, hecho todo a través de los medios electrónicos y principalmente de la televisión.

Aquí es obligado acudir a las reflexiones de Sartori expuestas en su Homo Videns, un libro, dicho sea de paso, citado frecuentemente pero no suficientemente asimilado. Este autor ya se ha hecho clásico en los temas relacionados con la democracia y me voy a permitir citar algunos de los párrafos de su libro que me parecen esenciales para la polémica, dice el autor: "...la televisión ofrece -voluntaria o involuntariamente- la emotivización de la política, es decir, una política dirigida y reducida a los episodios emocionales..." Y más adelante añade: "Apasionarse es implicarse, hacer participar, crear sinergias "simpáticas" ( en el sentido etimológico del término: sympàtheia, conformidad de pathos)... El saber es logos, no es pathos, y para administrar la ciudad política es necesario el logos..." Para concluir en que: " Así pues, la cultura de la imagen rompe el delicado equilibrio entre la pasión y la racionalidad. La racionalidad del homo sapiens está retrocediendo, y la política emotivizada, provocada por la imagen, solivianta y agrava los problemas sin proporcionar absolutamente ninguna solución. Y así los agrava." Estas aseveraciones pueden resultar hasta deprimentes, pero ofrecen un campo abierto a la discusión que muy pronto, por nuestro bien, tendremos que abordar con absoluta seriedad. Lo cierto es que, en efecto, el hecho de conducir la opinión, aunado al poder de la imagen, se coloca en el centro de todos los procesos de la política y de la democracia en la etapa contemporánea y en prácticamente todos los países. El fenómeno nos viene como parte consustancial de la globalización. Quienes acudieron a las exageraciones o las maximalizaciones no obtuvieron los resultados esperados. La emotividad del discurso, fundado en los ataques, poco pudo hacer frente a una doble versión de la racionalidad: una, muy importante con la que cientos de miles de electores-receptores-de-imágenes, se mostraron contrarios a esa distorsión. Me parece que esa fue una actitud consciente de rechazo al abuso del medio y de las formas agresivas. Y, la otra racionalidad, es sin duda, la de las reservas colectivas que se basan en la certidumbre de que los cambios deben ser graduales. Esto, versus los llamados al cambio radical y los tajos en la historia. En suma: falló la apuesta por lo que los franceses llaman le politique spectacle, ahora bajo las formas deslumbrantes de la publicidad y el marketing electrónico.

Ese margen de racionalidad resulta precioso. Entiendo que nuestro principal reto en los tiempos venideros será afianzar de manera moderna esa nueva racionalidad colectiva. Yo quisiera apartarme del escepticismo que frecuentemente nos deja una modernidad que pareciera cambiarnos a punta de tablazos. Todavía creo que los procesos acelerados de la democratización dejan un amplio espacio a la razón política. Por eso lo que más me importa de las primarias que acabamos de realizar no es el aprovechamiento publicitario de sus resultados, sino la propuesta abierta a la sociedad que deberían representar, es decir, su capacidad para reproducirse en un sentido positivo entre los demás partidos y entre estos y la llamada sociedad civil. Por eso afirmo que el 7 de noviembre es el punto de partida de muchas cosas nuevas, un camino abierto. Por lo pronto, ciertamente, tenemos razones de peso para alegrarnos por las primarias del nuevo PRI.