Argentina: la esperanza recobrada

VÍCTOR ALFONSO MALDONADO*

"Habemus Papa" o casi, aquí y en Buenos Aires, cuando con pocos días de diferencia, una columna de humo blanco salió de las oficinas del PRI y del traspatio de la Casa Rosada. Larga fue la espera en ambos lados y si los argentinos ya pueden respirar tranquilos, aunque no sepan bien a bien lo que se les viene encima, nosotros hemos apenas superado -y muy bien superado, por cierto- la primera etapa de una muy intensa campaña electoral. Que ya no volveremos a ver salir el humo blanco (con reflejos tricolores) desde el palacio de Bucareli, de eso no cabe la menor duda. Pero hasta entonces...¡Qué interminable resulta la espera! En fin, que es -creo- una de las virtudes cardinales.

Con sus naturales diferencias, ambos procesos coinciden en muchos puntos. Si en Argentina se habla de una transición hacia la democracia, ya sólidamente cimentada tras cuatro elecciones presidenciales libres de la nefasta presencia castrense; en México asistimos a una evolución, lenta si se quiere, pero sin el lastre de la noche de los militares. El voto de los argentinos terminó con una era que amenazaba con prolongarse en un presidencialismo inoperante y autodestructor. Los grandes temas de las campañas políticas fueron muy similares a los que usaron aquí los candidatos de todos los partidos: la lucha contra la corrupción, la desigualdad en la distribución del ingreso, el desempleo, la inseguridad y en general, la pobreza creciente. En otras palabras, la letanía de los efectos desastrosos de las políticas neoliberales sobre una población indefensa y aparentemente resignada, sin más armas que el sufragio que allá en las riberas del Plata, por lo visto ha funcionado.

El triunfo de la coalición centroizquierda ha levantado una enorme ola de esperanza no sólo en Argentina, sino en toda la América nuestra, consciente del enorme poder de arrastre de la potencia Sur. Pero como siempre, es necesario acudir al lugar común de que "el camino no será fácil". Mas de la mitad del electorado, es cierto, votó por el cambio, harto ya del protagonismo de Menem y la descarada impunidad de la corrupción pública, del sometimiento del Estado a los dictados del FMI y al de las castas financieras dominantes y sobretodo, del contraste entre el optimismo simplista del discurso oficial y los magros resultados alcanzados. Lo de menos habrá sido la victoria. Vendrá ahora lo difícil. La tarea que espera a Fernando de la Rúa no es imposible, claro está, pero requerirá de más de un milagro de la Virgen de Luján para salir adelante. Así, a pesar de la arrogante despedida de Menem-"la Historia ya me juzgó como un buen presidente"- la herencia que transmite a su sucesor no deja mucho margen para el optimismo, el país se encuentra inmerso en una recesión económica que prolonga situaciones anteriores, con una paridad cambiaria que a cambio de frenar la inflación, ha reducido la liquidez y el gasto público hasta el entumecimiento, con el consiguiente deterioro del bienestar general. El congelamiento de empleos y salarios, la ausencia de ahorro interno y el peso excesivo de la deuda externa -que se ha triplicado en los últimos diez años a pesar de la venta de todas las empresas estatales- oponen un dique infranqueable a las intenciones del nuevo gobierno, que ha prometido una lucha implacable en esos frentes.

A la sombra del nuevo régimen, surgen por doquier las acusaciones de corrupción y salen a la luz los malos manejos de fondos públicos en beneficio de unos cuantos políticos y empresarios con cuentas bancarias de por sí abultadas. "Vamos a terminar con toda forma de corrupción y cualquier manera de impunidad", dijo entre vítores el candidato triunfante, en una de sus primeras declaraciones. Claro está que los argentinos -al igual que los mexicanos, por cierto- como que ya han oído antes estos propósitos; como que las frases les resultan conocidas. En efecto, ¿Hasta qué punto el presidente de La Rúa estará dispuesto a sancionar los fraudes, abusos y corruptelas cometidos en las operaciones de privatización de las empresas del Estado? ¿Qué tan lejos llevará las investigaciones en materia de sobornos multimillonarios a los favorecidos del régimen, de fugas de información confidencial y privilegiada a particulares por parte de los funcionarios de la Hacienda y la Banca públicas? ¿Aplicará realmente, como se lo piden quienes votaron por él, todo el peso de la ley a los prestanombres, los grandes evasores fiscales o los manipuladores del presupuesto, sin importar su origen ni sus lazos políticos o consanguíneos? ¿Podrá recuperar la dignidad de la función pública, suprimiendo de raíz la impunidad, caiga quien caiga, como suele decirse por aquí?

Por lo pronto, el director del Centro Anticorrupción creado precisamente por la Alianza Opositora, ya declaró que no se ha sellado ningún pacto de impunidad con el gobierno saliente y que el brazo de la ley podría llegar incluso hasta el propio Menem, aunque agregó también que no habrá una caza de brujas, frase que, al menos en nuestras latitudes, provoca suspiros de alivio en más de algún delincuente de la función pública.

Don Fernando de la Rúa, que el diez de diciembre asumirá el poder con un sólido programa en materia de salud, de saneamiento financiero y con un formidable proyecto educativo que revolucionará los niveles de instrucción en Argentina, tendrá que devolver a la administración pública los conceptos perdidos de credibilidad, respetabilidad y confianza ciudadana. Tendrá sobretodo que recobrar para el pueblo una dimensión perdida: la esperanza.

Nada menos...

Doctor en Ciencias Económicas por la Universidad de Paris; Diputado Federal a la L y LII legislaturas; Delegado de Turismo en España y Portugal. Premio Plaza & Janes