El Senado de la República otorga a Carlos Fuentes la
Medalla
Belisario Domínguez
El
7 de octubre de 1999, el Presidente de la República,
Doctor Ernesto Zedillo Ponce de León, impuso la Medalla
de Honor Belisario Domínguez, que anualmente confiere
el Senado de la República, al escritor Carlos Fuentes.
...La
Medalla Belisario Domínguez se otorga a los hombres y
mujeres mexicanos que se distinguen por su ciencia o su virtud
en grado eminente, como servidores de la Patria o de la Humanidad...
señala el Artículo Primero del decreto del Congreso
de la Unión, expedido en 1953, por el Presidente Adolfo
Ruiz Cortines, para honrar la memoria del insigne legislador
chiapaneco.
Para
tales efectos, el Senado de la República convoca cada
año a la Cámara de Diputados del Congreso de la
Unión, a la Suprema Corte de Justicia de la Nación;
secretarías de Estado, gobiernos estatales, universidades
y medios de comunicación, organizaciones sociales y otras
instituciones, a proponer candidatos capaces de merecer tan
preciada recompensa.
Carlos
Fuentes el galardonado de este año, reúne los
méritos. Ha incursionado con éxito en diversos
géneros literarios: novela y cuento, donde destacan La
región más transparente (1958), La muerte de Artemio
Cruz (1962), Cantar de ciegos (1964), Gringo viejo (1981); ensayo:
Tiempo mexicano (1971), El espejo enterrado (1992); teatro:
El tuerto es rey, Todos los gatos son pardos y Orquídeas
a la luz de la luna. En su obra refleja la forma de ser del
mexicano, sus anhelos, su fortaleza, sus debilidades y miedos.
Ha llevado dignamente la literatura mexicana al ámbito
internacional, poniéndola a la altura de la más
vanguardista creación literaria.
Enhorabuena,
Carlos Fuentes.
Los
galardonados
Rosaura
Zapata, 1954
Erasmo Castellanos Quinto, 1954
Esteban Baca Calderón, 1955
Gerardo Murillo, "Dr. Atl", 1956
Roque Estrada Reynoso, 1957
Antonio Díaz Soto y Gama, 1958
Heriberto Jara, 1959
Isidro Fabela, 1960
José Inocente Lugo, 1961
Aurelio Manrique, 1962
María Hernández Zarco, 1963,
Adrián Aguirre Benavides, 1964
Plácido Cruz Ríos, 1965
Ramón F. Iturbe, 1966
Francisco L. Urquizo, 1967
Miguel Ángel Cevallos, l968
María C. Vales Viuda De
Pino Suárez, 1969
Rosendo Salazar, 1970
Jaime Torres Bodet, 1971
Ignacio Ramos Praslow, 1972
Pablo E. Macías Valenzuela, 1973
Rafael de la Colina Riquelme, 1974
Ignacio Chávez Sánchez, 1975
Jesús Romero Flores, 1976
Juan de Dios Bátiz Paredes, 1977
Gustavo Baz Prada,1978
Fidel Velázquez Sánchez, 1979
Luis Padilla Nervo, 1980
Luis Álvarez Barret, 1981
Raúl Madero González, 1982
Jesús Silva Herzog, 1983
Salomón González Blanco, 1984
María Lavalle Urbina, 1985
Salvador Zubirán Anchondo, 1986
Eduardo García Máynez, 1987
Rufino Tamayo, 1988
Raúl Castellanos Jiménez, 1989
Andrés Serra Rojas, 1990
Gonzalo Aguirre Beltrán, 1991
Ramón G. Bonfil, 1992
Andrés Henestrosa, 1993
Jaime Sabines, 1994
Miguel León-Portilla, 1995
Griselda Álvarez, 1996
Heberto Castillo, 1997,
José Ángel Conchello, 1998,
Carlos Fuentes, 1999
Discurso
del escritor Carlos Fuentes al recibir la Medalla Belisario
Domínguez
Señor
Ernesto Zedillo Ponce de León, Presidente de México;
señor senador Cristóbal Arias, Presidente de la
Mesa Directiva del Honorable Senado de la República,
señor Ministro Genaro Góngora, Presidente de la
Suprema Corte de Justicia; señora Senadora María
de los Angeles Moreno, Presidenta de la Gran Comisión
del Honorable Senado de la República -muchas gracias,
por sus generosísimas palabras que son ya una segunda
recompensa este día-; señor diputado José
Paoli Bolio, Presidente de la Mesa Directiva de la Honorable
Cámara de Diputados; señores y señoras
senadoras y diputados; señoras y señores; amigos
todos: Soy consciente de que ésta es la última
vez, en el Siglo XX, que el Senado de la República otorga
la presea, que al rememorar a uno de sus más ilustres
miembros nos impone a todos los ciudadanos de México
claras obligaciones para llegar con voluntad vigorosa al nuevo
siglo y al nuevo milenio.
Belisario
Domínguez, con su ejemplo, le dio un sello de honor a
la Revolución Mexicana. La Revolución Mexicana
no fue sólo el primer gran movimiento social del Siglo
XX; fue el primero protagonizado por un país pobre, injusto
e insatisfecho. Fue, por ello mismo, un movimiento para alcanzar
la prosperidad, la justicia y la satisfacción. Fue, también,
el primer movimiento del siglo que, genialmente, supo aunar
los derechos individuales y los derechos sociales.
El
Constituyente de Querétaro, con anterioridad a a la Constitución
Alemana de Weimar, le dio rango superior al Derecho del Trabajo
y al Derecho de la Tierra, lado a lado con las garantías
de la persona, sobre bases jurídicas tan claras, pero,
sobre un doloroso transfondo de lucha fraticida, México
creó su propia modernidad. No una simple imitación
extralógica de modelos prestigiosos, pero poco avenidos
a nuestra realidad, sino una lógica identificación
de lo que México era, lo que quería ser y lo que
podía ser. Es éste, impulso inseparable de un
proceso de identificación nacional, lo que le ha dado
a México su perfil.
La
Revolución Mexicana hizo a un lado el modelo único
de desarrollo, propio de "El Porfiriato", que era
en esencia un modelo excluyente.
El
movimiento por el que luchó y murió Belisario
Domínguez, propuso un modelo incluyente que abrazase
la totalidad de nuestros componentes culturales, México
indígena, México ibérico, México
mestizo, dándole figura, con ello, a una identidad nacional
inconfundible.
La
cultura fue la primera y más poderosa protagonista de
este acto de autoreconocimiento; la cultura de México
nos dio muy pronto las armas del ser; no fue, sin embargo, a
fuer de incluyente, una cultura concluyente.
Descubrir
de nuevo cuánto habíamos sido significó
un proyecto doble; por una parte, nos reveló lo que éramos;
por la otra, lo que queríamos, podíamos y debíamos
ser.
Sometida
a duras presiones internacionales, la Revolución de Belisario
Domínguez, demandó unidad nacional, y la obtuvo,
pero también demandó aplazamiento de muchas exigencias
políticas; otorgó, en cambio, grandes beneficios
sociales y económicos a una población sometida
en 1910 a las fatalidades aparentes de la ignorancia y de la
injusticia.
La
unidad del país permitió, en gran medida, rápidos
avances en materia económica, de comunicaciones, de salud;
pero sobre todo, los regímenes revolucionarios educaron.
Enseñaron el alfabeto a un país, 90 por ciento
iletrado, en 1910; rescataron las tradiciones indígenas,
coloniales e independentistas del país.
La
educación revolucionaria enseñó democracia,
enseñó respeto a la opinión ajena, enseñó
pluralidad, y enseñó diversidad.
La
educación mexicana, en otras palabras, creó ciudadanos
donde antes había sujetos.
Es
propio de las revoluciones crear instituciones, todas lo han
hecho, pero no siempre crean ciudadanos; la nuestra sí.
Por
eso, por eso tarde o temprano el Pacto Tácito que daba
estabilidad y desarrollo a cambio de democracia, tenía
que ser trascendido por la dinámica misma de los factores
que aquí he señalado: desarrollo económico,
comunicaciones, salud y, sobre todo, educación.
La
demanda ciudadana a favor de la democracia, no fue, pues, ni
una concesión desde arriba, ni un ciego impulso desde
abajo; fue, ha sido, y seguirá siendo una cita concertada
entre la voluntad política de un pueblo sabio, y la voluntad
política de gobernantes responsables.
El
terrible drama que sacudió a nuestro país en octubre
de 1968, puso de manifiesto que la ciudadanía habría
desbordado al poder, y que los mexicanos habíamos aprendido
bien la más profunda lección de Belisario Domínguez,
de Francisco I. Madero y de Emiliano Zapata.
Desarrollo
sí, pero con justicia; justicia y desarrollo sí,
pero con democracia; y democracia sí, pero con desarrollo
y justicia.
Nos
acercamos a un nuevo siglo, convencidos de que los tres árboles
que le dan fuerza y amparo a nuestra nación: desarrollo,
democracia y justicia, son inseparables; nacen del tronco de
una misma aspiración, los nutre una savia común.
Por
eso nos duele tanto la separación que aún percibimos
entre el rápido avance democrático del país,
y los tremendos rezagos, y las intolerables injusticias que
aún nos aquejan.
El
impulso económico que la Revolución le dio a México,
tuvo lugar porque se liberaron las fuerzas dormidas de la nación;
la fuerza de sus trabajadores, de sus empresarios y de un Estado
Nacional garante del equilibrio entre ambos.
No
siempre supimos mantener el adecuado equilibrio de los tres
factores.
Qué
duda cabe, sin embargo, que la organización de las clases
populares, la empresa productiva y el Estado regulador se vuelven
a imponer hoy superados modelos que tuvieron su hora e identificadas
deformaciones que nunca fueron admisibles, como la "Triada",
trabajo, empresa y Estado, de un equilibrio que garantice el
crecimiento con libertad y con justicia, pero ya no, a partir,
simplemente de la unidad, sino de algo más desafiante,
de la diversidad que hoy caracteriza a nuestro país.
Los
problemas del año 2000 ya no son los del año 1900;
aquellos eran los problemas del retraso abismal, de la marginación
política, social y cultural de grandes masas, de la inmensa
mayoría de la población.
Estos,
los de hoy, son los problemas de las insuficiencias inadmisibles;
de las conciencias exigentes que nos dicen: "mucho se ha
logrado, mucho se ha logrado, pero lo importante es no sólo
saberlo, sino exigir que ahora se logre lo mucho que aún
falta por hacer, hemos pasado de la revolución de las
armas a las armas de la política"
La
grandeza misma del país, sus realizaciones materiales,
políticas y culturales a lo largo de este ciclo, son
las realidades que nos piden más y mejores soluciones
para los problemas de hoy. Muchos de ellos generados por el
desarrollo mismo; pero otros determinados por la persistencia
de antiguas, antiquísimas, injusticias y desigualdades.
Podríamos
levantar aquí mismo en este honorabilísimo recinto,
una pirámide de quejas: queja del indígena, queja
del campesino, queja del obrero, queja del emigrante , queja
del ciudadano que respira aire contaminado, es asaltado, o secuestrado,
o asesinado, queja del niño sin escuela, de la madre
sin alimentos, del padre sin empleo.
Pero
una vez en la cima de la pirámide y una vez que hemos
levantado la vista al cielo del ideal, qué nos queda
si no volverla allá abajo, al pie de la pirámide,
a la base de la construcción y aunar a la indispensable,
a la saludable crítica, la ardua exigencia de la proposición.
Y
no hay proposición más urgente y más factible
para nuestro Siglo XXI, que demostrar la viable coexistencia
de la responsabilidad fiscal y la responsabilidad social.
Sabemos
quiénes somos, sabemos dónde estamos, vivimos
un mundo globalizado, no es un mundo justo, pero puede ser un
mundo mejor.
No
aceptamos una globalización que sólo mundialice
la miseria. Y ello puede ocurrir, está ocurriendo, si
apelamos a los datos negativos del fenómeno corremos
el peligro de crear mundialmente una subclase estructural permanente,
excluida de las bondades de un sistema de darwinismo global
que sólo beneficie los más aptos y deje a la vera
del camino desprotegidos a quienes se quedan atrás en
al carrera, la creciente masa de los marginados.
Y
ya hay 2 mil millones de pobres en el mundo, sólo en
nuestra América Latina uno de cada 5 habitantes padece
hambre; y la mitad de la población, 200 millones de latinoamericanos,
vive o sobrevive con menos de 90 dólares al mes.
En
el Hemisferio Norte, el 20 por ciento de la humanidad recibe
el 80 por ciento del ingreso mundial, mientras que en el Sur
la tercera parte de la humanidad, vive en condiciones de extrema
pobreza.
¿Cómo
resolver esta situación? Más que con la ayuda
desde afuera nos toca pensar cómo nos podemos ayudar
desde adentro.
Hay
un acuerdo general que la educación es la vía
más segura para superar desde la base, dentro de cada
nación, este estado de cosas; pero la mala distribución
del ingreso mundial se refleja también en el desperdicio
global de recursos para la educación.
Es
inaceptable, nos dicen, entre otros, el Director General de
la UNESCO, Federico Mayor, y el Director del Banco Mundial,
James Wolfenson, "es inaceptable que un mundo que gasta
aproximadamente 800 mil millones de dólares al año
en armamentos, no pueda encontrar el dinero estimado en 6 mil
millones de dólares al año en contra de 800 mil
millones de dólares al año, 6 mil millones de
dólares al año, para dar escuela a todos los niños
del mundo".
Tan
sólo una rebaja del uno por ciento en gastos militares
en el mundo sería suficiente para sentar en un pupitre
y frente a un pizarrón a todos los niños del planeta.
Y
no hay ni habrá recurso más seguro para acortar
la distancia entre la velocidad el desarrollo técnico
y científico en el primer mundo y su retraso en el nuestro
que el camino de la educación.
Es
sólo el llamado más evidente a la causa que aquí
proclamo, al recibir este inmenso honor del Senado de la República
y de manos del Jefe del Estado, darle soluciones locales a los
problemas globales.
Es
posible referirse una y otra vez a los datos negativos del fenómeno
globalizador y la manera de superarlos, la lógica especulativa
debe ceder ante la lógica productiva, la libertad de
movimiento de las cosas, de las mercancías no debe privar
sobre la libertad de movimiento de los trabajadores, las cosas
son libres, los trabajadores son cautivos, pero el trabajador
migratorio le es indispensable a las economías desarrolladas
en la era globalizada. El trabajador migratorio no debe ser
el chivo expiatorio de problemas y deficiencias propias del
mundo desarrollado.
La
velocidad y universalidad de las comunicaciones es una de las
grandes bondades de la globalización. Pero estamos tan
bien informados mundialmente como creemos, la abundancia de
la información significa que lo que se comunica importa,
o estamos cediendo cada vez más a una cultura de la banalidad
informativa y de los espejismos del espectáculo.
El
aspecto más positivo de la información global,
sin embargo, es que ha logrado universalizar el concepto de
los derechos humanos y que le ha otorgado a la violación
de dichos derechos, carácter no sólo universal,
sino imprescriptible.
Estos
son apenas cuatro facetas del fenómeno que contribuyen
a confirmar que la misión, el conjunto social de una
nación como México consiste en reanimar desde
adentro los valores del trabajo, la salud, la educación
y el ahorro, la crítica social y la experiencia democrática.
Démosle
al fenómeno global, que es un hecho y no va a decirnos
adiós, su dimensión nacional y humana. Devolvámosle
su centralidad al ser humano, al capital humano, abogamos por
un mayor justicia en la relación norte-sur, ciertamente,
pero la calidad empieza por casa y lo primero que los mexicanos
debemos preguntarnos es: ¿Con qué recursos contamos
para sentar las bases de un desarrollo que nos permita ser factores
activos de veloz movimiento hacia el Siglo XXI?
Creo
que no seremos excepción a la verdad que se perfila con
claridad cada vez mayor, no hay globalidad que sirva, no hay
globalidad que valga, sin localidad que sirva. En otras palabras,
no hay participación global sana que no parta de gobernancia
local sana, y la gobernancia local necesita sectores públicos
y privados fuertes y renovados, el Estado es necesario, el Estado
no es superfluo, no hay economía desarrollada que no
cuente hoy con un Estado no grande sino fuerte, no propietario,
sino regulador.
El
mercado a su vez es instrumento, no dogma; a la iniciativa privada
le corresponde el interés a invertir, producir y/o obtener
ganancias, pero en el mundo de hoy le interesa también
entender que el mercado no es fin en sí mismo, sino medio
para alcanzar el bienestar compartido y un número creciente
de consumidores.
Y
le conviene al sector privado colaborar con el Estado en las
políticas de elevación del ahorro interno, capacitación
de trabajadores, fomento de la conversión laboral, ampliación
del acceso al crédito, la asistencia técnica y
los sistemas de comercialización y distribución
de los pequeños productores.
Estado
y sociedad; la sociedad sin Estado genera nuevos feudalismos,
pero el Estado sin sociedad degenera en nuevos autoritarismos.
Celebramos
hoy en nombre de Belisario Domínguez la virtud de los
espacios cívicos; de los espacios cívicos en los
que la sociedad encuentra instituciones que le dan respuesta
y las instituciones son objeto de vigilancia, de fiscalización
por parte de la sociedad.
Y
es que en este punto donde la sociedad civil, el tercer sector
cumple el papel fundamental de crear fuentes entre los sectores
público y privado, disolver antagonismos inútiles
y afirmar compatibilidades de interés colectivo.
La
cultura, para regresar al punto de donde arranqué, es
obra de la sociedad entera; es la sociedad la que la crea, la
mantiene y la transmite.
Nuestro
país tiene, cierto, muchas carencias. La cultura no es
una de ellas; la continuidad y riqueza de nuestra civilización
nace en el alba indígena, se prolonga en la mañana
de la Nueva España, como la llamó Alfonso Reyes;
se raya de indio, de moro y de español, como dijese Ramón
López Velarde; pero también de judío, de
griego y de latino; se hace en la independencia contemporánea
del siglo de la luces; readquiere en la Reforma el perfil de
un Estado nacional, donde antes privaba la anarquía desangrante,
y finalmente trasciende la falsa, de haber progreso sin libertad,
para juntar en la Revolución todos los hilos de una cultura
múltiple, variada, centrada en México, pero abierta
al mundo.
Somos
dueños de la identidad mexicana, seamos ahora partícipes
de la diversidad mexicana.
Digo
cultura y digo conocimiento. Digo cultura y digo de nuevo educación;
pero digo educación, y pienso no sólo en escuelas;
sino en talleres, fábricas, en centros de salud, en comunicaciones
y pienso en hogares.
Digo
educación y pienso en capital humano, no sólo
abundante, sino enérgico, inteligente y necesitado de
instrumentos y hábitat básicos para rendir óptimamente
sus frutos.
Digo
educación y pienso en iniciativas ciudadanas; pienso
en la vida municipal; pienso en educación y pienso en
política fiscales, ahorro, inversión, atracción
de capitales productivos, liberación de la mujer, protección
del medio ambiente, fortalecimiento de la empresa privada productiva
del Estado regulador y de las organizaciones de la sociedad
civil que le den en su conjunto el techo protector suficiente
para su desarrollo a las mayorías desposeídas
de México.
Pienso
en educación, para eliminar la injusticia, el abuso,
la discriminación, la falta de respeto a nuestros conciudadanos,
y sobre todo, la corrupción; la corrupción que
es la forma más brutal de robarles a los pobres.
Pienso
en educación y pienso en una cultura de la legalidad,
que despida para siempre la incultura de la arbitrariedad.
Pienso
en educación y pienso en la tolerancia; pienso en educación
y pienso en experiencia; pero pienso en experiencia y pienso
en destino; destino de los actos y destino de las palabras.
Don
Belisario Domínguez, unió ambos destinos; habló
y actuó. Demostró que no es cierto que sólo
la acción cuenta y la palabra no importe; para él,
-es su gran lección- la palabra y la acción caminaban
de la mano en días de sol y en noches turbias.
No
puedo pasar por alto, como mexicano de hoy, que don Belisario
Domínguez era chiapaneco. Sin duda, él no estaría
hoy ausente de las dramáticas realidades de su estado
natal, estado de frontera, estado límite de las contradicciones,
carencias y potencias de México.
Como
no lo estamos nosotros, ninguno de nosotros. No me atrevo, sin
embargo, a adjudicarle al chiapaneco Belisario Domínguez,
palabras o ideas que él ya no podría alentar o
desalentar.
Pero
si creo posible pedirles a cada uno de ustedes, que imaginen
en su fuero interno, qué lección, qué sabiduría
y acaso qué angustia nos comunicaría hoy el ilustre
chiapaneco al que honramos en este día.
Me
limito a citar, lo cito: "vigilar de cerca, chiapanecos,
todos los actos públicos de vuestros gobernantes; elogiarlos
cuando hagan bien; criticarlos siempre que obren mal; ser imparciales
en vuestras apreciaciones; decir siempre la verdad y sostenerla
con vuestra firmeza entera y muy clara".
En
nuestro México plural, combativo y reflexivo, como lo
deseaba Belisario Domínguez, sus palabras son una invitación
para que cada uno de nosotros piense y sabedor de que no hay
verdades absolutas defienda la suya, pero respete la de los
demás.
Señor
Presidente de la República, doctor Ernesto Zedillo Ponce
de León; señores representantes de los poderes
de la Unión; señoras y señores: Al recibir
este inmenso honor que me hace a través del Senado de
la República y de manos del señor Presidente de
la República, mi país, agradezco que en México
hoy podamos actuar y hablar con la libertad por la que dio la
vida Belisario Domínguez: "Libres por la palabra
libre".
Muchas
gracias.
