(UNA VISIÓN CRÍTICA)
EL MÉXICO DEL AÑO 2000: UN PAÍS ESPERANDO...

ENRIQUE RUIZ GARCÍA (JUAN MARÍA ALPONTE)*

En 1810 la población de México se estimó en 6.2 millones (la de Estados Unidos en 5.8 millones y, en estos momentos, la economía estadunidense es veinte veces mayor que la mexicana y la primera del mundo); en 1910 teníamos 15.1 millones y seremos, en el año 2000, un país de 100 millones de habitantes. En 1910 el 71.3% de la población fue clasificada como rural en tanto que en el momento presente se ha producido una reversión total del modelo: el 76% de la población mexicana puede catalogarse como urbana. Las demandas derivadas de ese proceso transforman, cualitativa y cuantitativamente, cualquier interpretación del Estado mexicano en tanto que el Estado es, siempre, la nación organizada y el Estado moderno el Estado democrático. En otras palabras, el Estado fundado, montesquianamente, sobre la separación o división de poderes y, en consecuencia, sobre la pluralidad de la responsabilidad institucional.

Es de hacerse notar que solamente en 1960, por vez primera, la población rural fue superada, en unas décimas, por la población urbana (50.7%) de forma y manera que la crisis histórica de 1968 fue, sociológicamente, el estallido de la sociedad urbana que no cabía, físicamente, ni en el sistema político (como discurso repetitivo de que la "paz social" era el fruto de la Revolución) ni en el ordenamiento jurídico-político tradicional. Fue una crisis que imponía la fundación de la República, como res publica, como "cosa pública" y sólo se encontró, como respuesta, la confrontación violenta. Deparó un traumatismo que ha durado, globalmente, hasta nuestros días. Una mirada, inteligente, sobre los cambios en profundidad del proceso hubieran deparado una solución histórica; generó un diagnóstico ahistórico. Las consecuencias éticas y jurídico-políticas han sido inmensas y, el desentrañamiento del problema, el del subdesarrollo: "¿quién fue el culpable?"; "¿quién dio la orden?"; "¿quién incendió la bengala?" La verdad es que 1968 resultó ininteligible para una clase dirigente replegada sobre sí misma y sobre sus intereses de clase. Los estudiantes franceses de 1968 llevaban al Che en sus pancartas; jamás fueron a las guerrillas. El mayo francés no tuvo un muerto. Tuvo frases lúdicas: "Prohibido prohibir", "Haz el amor y no la guerra", etc. Pero el 30 de junio de 1968 el país fue a elecciones generales. El centro-derecha tuvo una mayoría clamoro sa. El país quería la reforma y la hizo (en el centro) pero no fracturó el país. Las urnas decidieron: el partido comunista perdió 39 diputados; la izquierda democrática 61. Todo el mundo aprendió la lección sin Tlatelolco.

La clase dirigente mexicana no advirtió, al revés,en su complacencia suicida, que las seis ciudades con más de 100,000 habitantes en 1940 eran 35 cuando se produjo el estallido de 1968 y que la población de los centros urbanos había pasado de 3.5 millones a 17.4 millones. Los estudiantes universitarios en 1960 ascendieron a 76,269 (sólo el 2.7% del grupo de edades entre 20 y 24 años) pero ya fueron 218,637 (el 5.4% del mismo grupo social) en 1970. Simplemente el país no cabía en su pasado. Treinta y un años después de 1968 y con la UNAM cerrada, -con 1,516.200 universitarios en el país- sometido el problema al subdesarrollo de la "ética de la obstinación" frente a la "ética de la responsabilidad", manifiesta la misma inmensa brecha: que no se cabe ya, históricamente, en un sistema educativo que reproduce la mitificación del saber y que no produce, en una sociedad urbana explosiva, el conocimiento crítico: la aventura del conocimiento. No se vive, después de seis meses de parálisis vergonzosa (el fracaso esencial es el fracaso del compromiso y, por tanto, la violencia es casi inevitable), una interpretación real de la crisis: que la Universidad actual no es ya la que el país necesita. Ese hecho no lo eliminan los modelos primarios de los paristas. Al revés, esa verdad de fondo les da la razón sin merecerla.

En suma, asistimos, en una sociedad desorganizada y sometida (como víctima y verdugo) a la violencia, a la exhibición de un modelo que no asume, en síntesis, que las demandas de la sociedad urbana son irreversibles y que no es posible ganar las elecciones sobre el voto atrasado (sin negar su valor, pero sí su significado) de las regiones más subdesarrolladas del país o sobre el Sector Primario que representa sólo el 5.3% del PIB.

El país necesita cambiar el cambio; ser digno de su papel en el mundo.

LA MODIFICACIÓN DE LA PIRÁMIDE DEMOGRÁFICA.
PERFIL DE LA DEMANDA ECONÓMICA Y DE EMPLEO EN EL AÑO 2000

La sociedad urbana ha modificado, enteramente, la pirámide demográfica mexicana. Estamos lejos del crecimiento poblacional de 3.4% (hoy es el 1.88%) de los años setenta cuando el 46% de la población tenía menos de 15 años. Esa realidad subconsciente estimulaba el impulso de la clase dirigente a realizar un discurso, repetitivo, que ignoraba, en el partido dominante, sus propios orígenes.

Orígenes indisociables de un crimen de Estado: el asesinato de Obregón. La propia clase política, y ahí está, señalándolo, el relato de Portes Gil en su "Biografía de la Revolución Mexicana", lo consideraba, inequívocamente, como un crimen "desde dentro" y no "desde fuera" y sólo lo fue por vía de una mano accidental. Ese crimen obligaría a pensar en la revolución democrática. Prueba de ello es el Manifiesto del 1 de diciembre de 1928 donde se perfila, con toda claridad, un diagnóstico del país posible en una situación que se consideró el fin de los caudillos. En efecto, el último párrafo del Manifiesto del 1-XII-1928, era de este talante:

"Firmemente convencidos de que la actual es la hora histórica para que surjan y se formen los partidos políticos de principios y organización duradera, nos dirigimos con todo entusiasmo a los revolucionarios del país para que nos unifiquemos alrededor de la vieja bandera, pues tenemos la creencia de que si hoy logramos organizar partidos estables y que representen las distintas tendencias de la opinión del país, salvaremos a la República de la anarquía a que puedan llevarla las ambiciones puramente personalistas y habremos establecido las bases de una verdadera democracia". (Historia documental del PRI. Tomo I, pág. 39).

En el Manifiesto posterior del 8-XII-1928 no queda una sola línea que arranque de ese principio. Se trató de un verdadero retroceso para establecer un sólo partido dominante.

Cuando menos se retrasó, seriamente, la aparición de los partidos. El PAN y el PRD dieron, finalmente, una proposición plural al poder dominante y esa lectura debe ser la pluralidad, montesquiana, con la separación de poderes, del futuro. Lo contrario sería repetir 1928 en un país absolutamente distinto.

Pero esa circunstancia es inviable hoy porque la desposesión de las mayorías, el poder de los grupos geoestratégicos, interno y externos, sobre el conjunto del país, han paralizado un mercado nacional de masas y han creado un modelo de nación al servicio de una minoría. Una minoría que no representa, siquiera, la revolución burguesa, sino una versión plutocrática cerrada que ha expropiado, para la cúspide, el Ingreso.

Tal estado de cosas paraliza el desarrollo (que no es el crecimiento de las variables económicas, sino el crecimiento de esas variables con el cambio social, cultural y la acción y presencia del pueblo a un nivel más alto de la acción histórica) y ha reflejado el fracaso del Estado de clase mexicano al configurar y definir la pobreza como una fatalidad que posibilita otra desvergüenza: el subsidio a los desposeídos lo que añade, a la desposesión, la pulverización de la dignidad social. La distribución del Ingreso no se realiza nada más que por vía de la renta. Esa redistribución no se ha producido. Al revés, la estratificación derivada de la concentración del Ingreso ha tenido manifestaciones, casi neuróticas, al transferir a un grupo privilegiado irresponsable la acumulación estatal del pueblo.

Era pensable, cierto, racionalmente, el debate sobre la privatización. Era, y es hoy, absolutamente inaceptable, que se hiciera al servicio de una minoría alejada, como clase, de las proposiciones esenciales del cambio social. Ello explica que el rescate de la Banca ronde ya los 100,000 millones de dólares, "suma superior al monto de la deuda pública externa neta (81,714 millones de dólares sin la privada claro es) desde que México obtuvo su independencia en 1921". ¿Qué hacer con ese inmenso problema? Ahí nos espera. Capitalizar el sistema bancario es una prioridad, pero el escándalo ético y material del problema bancario permanecerá, entre nosotros, como algo que debe ser el fin de una época monopólica y de impunidad.

No menos grave es señalar, o imprescindible advertirlo, que el fracaso del modelo imperante hace posible que la masa salarial mexicana que en 1981 representara el 37.46% del PIB controlara, solamente, en 1997, el 29.28% del PIB (cifras provisionales para 1998 señalan una participación del 31.36%) con lo cual, y por tanto, debe entenderse que la población activa marginal ha pasado a ser, como ejemplo, el "anti-ejemplo" de un Estado que aspira a representar a la nación organizada y, por tanto, el Estado de Derecho. Es de advertir, además, que, en 1845, la masa salarial francesa representó ya el 32% del PIB y el 52% en 1890. Más aún: las privatizaciones de la acumulación del Estado, es decir, de la Nación, han hecho, en Francia, 6 millones de accionistas y 55 millones en Estados Unidos.

Ello no es suficiente. La evolución de la pirámide demográfica, vehículo natural de la revolución urbana (el "hombre urbano", el "burgués" del "burgo", según Weber, es el nuevo producto político llamado el ciudadano) ha generado en México dos hechos implacables: la cesación del crecimiento de los menores de 15 años (con tasa anual de 1.5%, es decir, por debajo ya del teórico crecimiento poblacional para el conjunto del país) mientras que la pirámide se amplía en el estrato de los 15 a los 29 años que crece, como grupo, a la tasa de 3.5%. Más de 30 millones de mexicanos, en gran parte sin la educación secundaria, conforman el mayor componente explosivo de la situación presente. Es imprescindible encontrar una solución para ese estrato que deriva, por inercia, hacia la población activa marginal, el empleo insatisfactorio, la impreparación cognitiva y la explosión moral y material de sus necesidades en una sociedad instalada en la edad ciberespacial. Si el narcotráfico y el crimen organizado conforman un flujo (diagnóstico de los estudiosos norteamericanos sobre el tema) de 20,000 millones de dólares anuales en México, es decir, cerca del 8% del PIB en 1997 según las variables del Banco Mundial, es ostensible que la nueva pirámide demográfica mexicana requiere una re-interpretación sociológica y cultural que no está ni sustentada ni definida, en el discurso político electoral. Este sigue entregado a una refriega de poderes dinásticos y no a una interpretación de las necesidades de la Nación.

El Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, que no es una célula subversiva, ha señalado ya, en su día, lo siguiente: "Considerando el aumento previsto en la población económicamente activa al año 2010, así como el incremento en la tasa de participación de las mujeres en la fuerza laboral, sería necesario un crecimiento promedio del PIB de entre 5.12% anual y 7.83% entre 1994 y 2010, únicamente para generar los empleos necesarios para los nuevos entrantes al mercado de trabajo (es decir, sin contar con un descenso en el número de desempleados y subempleados actuales). En otras palabras, dada la estructura productiva actual de nuestro país, el esfuerzo de crecimiento y creación de empleos será cada vez más apremiante..."

Según esa previsión la tasa de participación activa anual será, en el año 2000, de 3.21% y no se reducirá a 2.90 hasta el año 2010. Me permito añadir, por mi parte, para mensurar la significación de esas cifras impresionantes (la nueva pirámide demográfica ampliada no en los niños, sino en los adultos es ignorada e inexistente en el discurso político), que en Europa, la Europa rica, la tasa de la población activa crecerá, en el año 2000, como promedio, a 0.28% y en el año 2010 a 0.04% según el testimonio de la Oficina Internacional de Trabajo ("Economically Active Population, 1950-2025"). De esa magnitud son los problemas que tenemos por delante.

El hecho de que no se examinen, salvo en la dimensión "condenatoria", -fuga hacia adelante- no deja de estremecer. Sobre todo si se tiene en cuenta que estamos ante una economía que crece por arriba y no por abajo. En 1980 a precios constantes 1980-1998 el Indice 100 de 1980 fue de 102.1 en 1997 y se avanzaba un 104.6, provisionalmente, para 1997. Una generación perdida, es decir, una generación sin verdadero crecimiento. El enorme documento de "El Inversionista Mexicano" ("México, Banco de Datos 1999") añade, a lo anterior, lo siguiente: "...Medido en pesos de valor constante, el PIB que se registró en 1998, resultó apenas 52.8% superior al de 947,779.1 millones registrado en 1980, mientras que, por otra parte, la población creció, en igual periodo, 46.1% al pasar de 66.8 millones a 97.7 millones de habitantes". El mismo documento, que se dirige a los inversionistas y no a los enmascarados, añade:

"Eso significa que, en los últimos 18 años (1980-1998), el PIB percápita apenas creció a razón de 0.24% anual en pesos constantes de 1993, al pasar de 14,178 en 1980 a 14,824 en 1999, esto es, un incremento promedio de menos de 10 centavos diarios durante los últimos 18 años".

EL MODELO DE CORRUPCIÓN EN EL DOCUMENTO
ANUAL "TRANSPARENCY INTERNATIONAL"

Montesquieu, creador del Estado de Derecho y, por tanto, de la nación organizada según el Pacto de la División de Poderes, nos advertía ya, en 1748, que la corrupción no era un problema moral (discusión "monjil", con todo respeto a las clarisas, que no tiene el menor valor científico aunque sea la punta de lanza de un discurso político sin una verdadera definición del verdadero cuestionario) sino el fruto histórico del despotismo, esto es, que todo régimen despótico genera la corrupción al concentrar el poder y colocar el Poder Legislativo y Judicial bajo el Poder Central.

"Transparency International", en su documento anual 1998 evaluaba a 52 países de los 185 que forman parte de la ONU. México era situado en el lugar número 47. Detrás Pakistán -de triste memoria en estos momentos-, Rusia, Colombia, Bolivia y Nigeria. En Colombia el flujo del narcotráfico representa, de acuerdo con el "World Drug Report 1997" de la ONU, una cifra superior a la inversión total privada del país. En el Informe de "Transparency International" de 1998 se examinan 85 países, México aparece en el puesto número 55 que ocupan, a la vez, con la misma nota de 3.3 (muy por debajo del aprobado moral) Ghana, Filipinas y Senegal. No es para estar satisfechos. El responsable de la Organización (cuyos órganos de consulta son de importante nivel mundial), el doctor Lambsdorff, lamenta decir que más de la mitad de los países evaluados en orden a la corrupción no proporcionan la nota mínima de aprobación. Las consecuencias del fenómeno de la corrupción son graves. Montesquieu, al aducir que la corrupción era el fruto del despotismo no podía concluir que un régimen democrático o de Derecho no tenga niveles de corrupción. Decirlo sería emitir un juicio absurdo. Lo que se desprende del razonamiento montesquiano es que no exista la impunidad, esto es, que la Justicia y la Ética son el centro del Estado de Derecho. No es la moralización al uso, sino la integración del problema en la asunción del orden jurídico-político: el fin del privilegio. Privilegio, etimológicamente, quiere decir, "derecho privado". ¿Dice algo?.

El Memorándum del Presidente del Banco Mundial sobre México (Marzo 1 1999, for official use only) destaca tres problemas esenciales: primero, el de la pobreza. Anota que es un "very formidable challenge" (muy formidable desafío). Éste último término vuelve a utilizarlo al hablar de la educación (a punto, entonces, de cerrarse la UNAM) aspecto que le permite afirmar "que los desafíos en orden a la educación de calidad al que hacen frente las autoridades son, igualmente, formidables": "The challenges in educational quality faced by the authorities are formidable". El tercer supuesto del Informe del Banco Mundial es el de que "se haga eficiente y transparente el sector financiero". Es casi un programa de gobierno.

Me permito decir que si los problemas que destaca el Memorándum del Presidente del Banco Mundial son, casi, un programa de gobierno, cabría añadir que la situación bancaria del país era más que conocida por el Foro Económico Mundial. Davos, muy visitado por autoridades públicas y privadas mexicanas, no impedía que, a la hora del análisis, las buenas palabras no ocultaran los hechos.

En efecto, en su Informe de 1997 (The Global Competitiveness Report 1997. World Economic Forum) al evaluar la condición financiera de los bancos mexicanos (Bank's financial condition) el Foro analizaba 53 países. México ocupaba el último lugar, el 53, con nota de 2.44. En el Report de 1998, en el mismo capítulo, México retuvo el lugar 51 (detrás, estaban, muchas gracias, la República Checa e Indonesia), pero su nota descendía a 2.37. En el Report 1999, de la misma fuente, se elevaba el análisis a 59 naciones. México aparece en el lugar 56, pero con nota de 2.24. Detrás Rusia, Ecuador e Indonesia.
¿Es preciso añadir más?.

Es innecesario decir que la notoriedad del Fobaproa, como escándalo moral y material de múltiples facetas, no retenía en el World Economic Forum los epítetos engañosos, sino su inquebrantable convicción sobre la inseguridad del sistema. Sistema que, incapacitado para ser el servicio crediticio esencial de una sociedad en conflicto, arroja una inmensa responsabilidad sobre las autoridades que gobiernen el México del año 2000 con 100 millones de habitantes. Cien millones situados en la franja, dinamitada por la violencia y la expropiación de las mayorías, de un urbanismo "desurbanizador" sin la asistencia reguladora de la Justicia y por un sistema bancario sin la menor corresponsabilidad con las necesidades crediticias de una sociedad, en movimiento, que no tiene otro futuro que su porvenir y que, amenazada por los "deslaves" y las "inundaciones", revela la patología esencial de las sociedades en crisis: la patología de la pobreza. Ésta, además, con los indicadores esenciales de desigualdad ante la muerte (por tanto con diferencias enormes respecto al techo de esperanza de vida) entre las poblaciones de la nación. Ninguno de los Estados que han sufrido el trágico embate de la Naturaleza tienen, por ejemplo, indicadores de analfabetismo inferiores al 16%. Cifra estremecedora y reveladora de las demás carencias. Chiapas 26%; Guerrero 23.9%; Oaxaca 23.1%; Hidalgo 16.9%; Veracruz 16.4%; Puebla 16.3%. Datos, para 1995, cuando el índice promedio nacional de analfabetismo era 10.6%, de la "Agenda Estadística de México 1998", de INEGI.

DE LA FRUSTRACIÓN DE LA COALICIÓN A LOS
DISCURSOS COMO QUERELLA SIN LIMITACIÓN

El fracaso de la coalición no tiene, solamente, un aspecto: el de la incapacidad política para el compromiso y para la negociación racional. Sus consecuencias más graves no gravitan, solamente, sobre las carencias e insuficiencias de la clase política, sino que implica un tema mayor: se deja al discurso, (sin el análisis de contenido) librado a las querellas personales sin traducirse, en ningún caso, en un Proyecto de Nación que no sea, solamente, la condena del presente, sin la opción, posibilitadora de esperanza, de un verdadero compromiso plural, inteligente, más allá de las personas y de sus "nichos ecológico-pasionales", sobre los grandes problemas de la nación. Ello en el momento mismo en que importamos los alimentos y el mundo industrial avanzado plantea una economía agraria transgénica, de laboratorio, fundada en una inversión científica dominada por los "otros". Estados Unidos controla el 38% de las inversiones mundiales en ciencia y desarrollo; Europa el 22.8; Japón el 11 y América Latina, con 504 millones de habitantes al final del siglo (y 200 millones en la pobreza) asume, solamente, el 1.9 mundial. Sobre esa realidad tiene que plantearse el diálogo. El fracaso del Estado es ostensible, pero su conversión en una República fundada en el Estado de Derecho es la única clave del futuro racional de México.

Por ello, se quiera o no, tendrá que plantearse, en serio, la reforma del sistema fiscal, el problema de la energía (electricidad y Pemex), el de la educación, la salud y la alimentación con una banca al servicio de la Nación y no de un grupo de poderosos que han transpasado, a la Patria, su inmensa ineficiencia moral. No se olvide un peso sobrevaluado...Nada debe ser irreversible. Cambiar el cambio y asumir un nuevo tiempo histórico es el comienzo de un país que espera otro modelo convivencial republicano.


*Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México, escritor, comentarista en prensa y medios electrónicos.

E-mail: alponte@df1.telmex.net.mx