Crecimiento económico y social sin depender de la globalización
ni de los recursos externos

HUMBERTO ROQUE VILLANUEVA

Estimados compañeros de Partido: Todos ustedes que le dan vida a este cambio y que le dará legalidad al cambio, transparencia a nuestro actuar y finalmente prestigio a todo nuestro Partido:

Escuchando a mis respetables compañeros de Partido que aspiran a la candidatura a la Presidencia de la República no pude menos que reflexionar aunque sea un breve momento en este sexenio.

Seguramente cuando Luis Donaldo tomó protesta, cuando Ernesto Zedillo recogió de alguna manera la insignia del Partido y la estafeta caída todos, ellos dos, tuvieron incuestionablemente profundas motivaciones de cambio. ¿Se logró en parte?, ¿Qué faltó? ¿Qué tanto nos angustia en la conciencia el cambio no logrado y por qué desde 1824 hasta la fecha seguimos hablando de federalismo en su versión de reforma fiscal, en su versión de aplicación del gasto, en su versión cultural, que en el fondo es uno de los federalismos más auténticos? ¿Por qué desde 1857 seguimos hablando de la necesidad de la división de poderes?

Ahí cuando en esa Constitución -y sé que a los senadores después, Lerdo de Tejada les recompuso el entuerto-, pero ahí se aclaró el poder estratégico del Poder Legislativo y aún en 1917 dimos un impulso enorme a lo que originalmente era modestamente un proyecto de reforma a la Constitución de 1857.

¿Por qué ahora seguimos los priístas, y digo seguimos porque yo siempre he pensado que este es un Partido de la historia de México, siempre he visto a través del tiempo que si alguno de nosotros hubiera vivido en aquel entonces, seguramente hubiera sido federalista en 1824, liberal en 1857 y revolucionario, como debe ser este Partido, a partir del 17 y del 29?

¿Qué es lo que tenemos que hacer ahora para mantenernos en esa línea de cambio, pero de cambio histórico? no de cambio exclusivamente por el afán de ganar una elección.

Muy legítimo en los partidos políticos buscar mantenerse en el poder y acudir -para ello- a todas las figuras retóricas que se pueda para convencer a la población. Ahora ya se pone hasta de moda no sólo la retórica, sino también la mercadotecnia, pero bueno.

Lo importante ahora -y aquí lo he escuchado, pero confieso que no lo he acabado de entender y asimilar- la necesidad de plantear los cómos.

En desgaste de la retórica y casi dejándola a un lado, voy a tratar ciertamente de hablar de los cómos.

¿Habrá quien en éste no se queje de la falta de seguridad pública?

Yo creo que ni el ingeniero Cárdenas.

¿Cómo lo vamos verdaderamente a resolver?

Y me pongo a pensar en este priísmo histórico, desde el México independiente y acudo otra vez al ejemplo de 1857:

¿Cómo vamos a combatir la cultura de impunidad, pero en serio: ahí, donde duele; donde la afectación y la responsabilidad empiezan en la cabeza de gobierno?

Siempre hemos defendido la figura del Presidente de la República y lo seguiremos haciendo. Es piedra angular del sistema. Pero tal vez haya llegado el momento de una reforma constitucional que en la creación de un órgano fiscalizador de la corrupción y de la impunidad, dé el contexto constitucional y legal para que podamos verdaderamente combatir a fondo la inseguridad pública porque ya no es una manifestación más o menos de índices delictivos.

Ya es un problema de fondo, ya está enraizado lamentablemente en el país el tema de la delincuencia organizada y sería ingenuo suponer que una policía en la frontera o en la esquina, sean responsables verdaderamente de la protección del Estado y de la integridad moral de sus habitantes.

Ha llegado el momento, en el cómo, de plantearnos la creación de este órgano de fiscalización de la impunidad y de la inseguridad pública, para cortar de tajo el tema que históricamente nos retrasa desde prácticamente la Colonia: la cultura, la subcultura o la incultura de la impunidad.

La propuesta es muy concreta: es agregar un apartado "C" al Artículo 102 de la Constitución, para la creación -por parte de la Cámara de Diputados con una mayoría calificadora de dos terceras partes- de un órgano ciudadanizado 'no más burocracia- que tenga la posibilidad, como los jueces sin rostro, de aplicar con toda equidad pero con toda dureza aquellos correctivos que requiere la nación y el Estado Mexicano para verdaderamente lograr un clima satisfactorio de seguridad pública.

¿Qué vamos a hacer con la economía?

Aquí se ha dicho algún pronóstico de crecimiento y no se ha explicado cómo. Aquí se ha dicho que deseamos y necesitamos crear empleos, que debe ser ese uno de los grandes objetivos de toda la política: la económica, la social y la partidista.

Pero para ello necesitamos explicarnos el cómo.

Aquí está una propuesta con tres elementos: el primero es una reforma presupuestal porque no nos hagamos ilusiones con la reforma fiscal integral.

Recientemente la responsable del Sistema de Administración Tributaria reconoció que si toda la economía informal del país realmente pagara la parte de los impuestos que supuesta o realmente evaden, apenas significaría un cuarto de punto del Producto Interno bruto.

Más vale que entendamos que no sólo en una reforma fiscal integral vamos a encontrar los recursos que requiere el Estado. Se va a tener que tomar una decisión mucho más drástica, que tiene que ver con la reasignación de recursos. Esa es -lo sé- facultad exclusiva, gracias al Artículo 74, de la Cámara de Diputados en su Fracción IV.

¿Qué propongo que reafirmemos para verdaderamente dar la prioridad histórica que necesitamos?

El campo, la educación y el ahorro interno.

¿Por qué?

En el campo no sólo es un problema de justicia social y desde luego justicia moral y justicia partidista. Aquí estamos, en gran parte, como producto de un movimiento que fue fundamentalmente agrarista y que después se concretó en obreros y clases medias, pero que tuvo su origen en una revolución agraria.

Necesitamos darle una reasignación de recursos al campo no sólo para efectos de soberanía alimentaria y de justicia moral y social, sino porque permite una reactivación del desarrollo regional y de la economía, más rápido que en otros sectores y con menos importaciones. Necesitamos en esta reasignación de recursos hablar -y hablar serio- de la educación. Yo creo que ya nadie puede discutir, a estas altura, que en el mediano y en el largo plazos un país solamente puede crecer si tiene una mano de obra cada vez más calificada, si tiene profesionistas cada vez mejor capacitados y si la educación continua se vuelve objetivo central de toda una política de Estado.

Mejorar -sí- calidad, pero entender que en el ciclo de la enseñanza primaria también se insertan los grandes valores que deben darle sentido a este partido y sentido a la sociedad mexicana.

Por eso debemos también, en el planteamiento del cómo de la reasignación de recursos, mencionar el tema que va a permitir que la economía siga creciendo.

Y yo creo que ese ha sido un gran acierto de la actual administración: recordarnos el valor del ahorro interno, haber hecho una profunda reforma a la Ley del Seguro Social y haber creado los fondos de ahorro para el retiro.

El problema está en que las dos terceras partes de la población económicamente activa de México no gozan de ningún sistema de seguridad social y mucho menos tienen la posibilidad institucional del ahorro para el retiro.

Y aquí están los cómos:

Si juntamos los recursos actuales de los fondos de ahorro para el retiro, los del Infonavit y los de las compañías de seguros de vida, tendremos la masa financiera requerida en el ahorro interno, para que -complementada con dos o tres puntos , no más- del Producto Interno Bruto de ahorro, logremos volver a detonar la economía, ahí si con crecimiento de entre 5 y 6 por ciento. Es el cómo.

Pero como la reforma fiscal integral no va a ser fácil realizarla desde el comienzo del sexenio, tenemos que acudir a lo que han hecho otros países para resolver el problema de los ingresos del Estado.

Y esa solución que han encontrado es el equilibrio entre los impuestos a los ingresos, los impuestos al gasto y las contribuciones a la seguridad social.

Si el Estado Mexicano es capaz de ofertar a las dos terceras partes de la población económicamente activa, sea o no de la economía informal, esté en el campo o esté en la ciudad, todos como trabajadores merecen un trato digno y desde luego un futuro claramente asegurado.

Si se logra con esta política de Estado, aunque sea incipientemente en su comienzo; que a través de fondos del retiro, a través de prestaciones médicas, tal vez modestas; a través de programas de vivienda popular seguramente limitados y con modestia también en su aplicación; pero detonamos que las dos terceras partes de la fuerza de trabajo participen del esfuerzo nacional del ahorro, beneficiándose de ese ahorro, estaremos hablando -y muy en serio- del cómo se puede reactivar la economía, en un modelo distinto. No tan distinto que reneguemos de las cosas que indispensablemente toda economía debe -con seriedad- observar.

Pero sí que detonemos un tipo de crecimiento económico y social, que ni dependa de la globalización económica, ni la transferencia de recursos del exterior ni mucho menos -y aquí coincido con algunas expresiones de mis distinguidos colegas- con decisiones unilaterales de la burocracia.

¿Qué más necesitamos para completar el cómo?

Llevamos la reforma presupuestal que reasigna recursos, haya o no haya reforma fiscal integral; llevamos el esquema del ahorro interno. Nos falta la política industrial.

Lo sé y así como reconozco el acierto sexenal de retomar el ahorro interno, me parece que es totalmente criticable la ausencia de una política industrial.

Qué bueno que tengamos ya un sector exportador, que más o menos abarcará el 15 por ciento de las empresas. Qué bueno, ojalá que sigan exportando.

Pero el 85 por ciento de las empresas y de las actividades económicas no dependen de la exportación, dependen del mercado interno, no tienen financiamiento, no tienen apoyo del Estado. Y lo más grave: hay un dogmatismo económico que supone que poco vale la pena hacer por ellos, porque se supone que la mejor política industrial es la que no existe. Y esta es una versión totalmente distinta a la que yo propongo.

Yo estoy convencido que en una política industrial, que no regrese al sistema arancelario, eso es imposible. Simple y sencillamente que ahora realice el mecanismo de la sustitución de importaciones, pero sin poner aranceles.

Esto es: con el apoyo inductivo del Estado en capacitación, en financiamiento y sobre todo en la reestructuración de las cadenas productivas, que son las que hacen verdaderamente girar la maquinaria de la economía, para que el mercado interno sea correctamente atendido y tengamos -ahí sí- sin reforma fiscal integral, en lo que ésta llega, la posibilidad de que a mayor ingreso de la economía, mejor asignación de carácter tributario.

¿Será esto suficiente?

¿Será totalmente con la reactivación de la economía, con la garantía de un crecimiento estable y con mexicanos que no duermen intranquilos que el país haya resuelto sus problemas de una manera total?

Desde luego que no.

Falta el elemento, que es el que nos permite a todos vivir con dignidad y colaborar solidariamente con el desarrollo de la nación: el empleo.

Y en el empleo, tenemos que recurrir a una figura que no nos debe avergonzar y que lamentablemente también olvidamos: la intermediación del Estado. Lección que no olvidó el Estado Francés y por eso es el único que atiende con éxito, en toda Europa, el problema del desempleo y el problema -sobre todo- de los jóvenes que no lo encuentran.

En México estamos en condiciones de retomar esta que debe ser una obligación elemental del Estado.

Si todos los países -México incluido- reconocen que debe haber un sistema de intermediación financiera para ligar los procesos de inversión, con mayor razón tiene que haber un proceso de intermediación laboral.

Sé que a algunos oídos pueden resultar un poco ortodoxos, sé que algunos quisieran que los mercados resolvieran también el tema del empleo. Pero ni los jóvenes recién egresados de nuestros centros de educación superior, ni las mujeres de 35 ó 40 años de edad, ni la tercera edad van a esperar a que el mecanismo de mercado corrija la falta de empleos en México.

Esa es una obligación del Estado porque cumplir con esa obligación, ayuda a mantener la dignidad de los mexicanos, consagra el espíritu solidario de una sociedad que tiene que ver en la posibilidad que todo mundo contribuya con su trabajo, que también logre las metas personales que se ha trazado en el orden familiar.

Pero sobre todo el pensar en una reforma de este tipo, nos permite abarcar con una mirada generosa a las nuevas generaciones de mexicanos que desesperadamente voltean la vista por doquier y no encuentran las oportunidades laborales que mereció el sacrificio de sus familias y la educación a la que tenían derecho.

No es correcto de que tengamos el caso de que las mujeres, a los 35 ó 40 años, se impida su acceso a la fuerza laboral o simplemente se empiece a restringir -con un pretexto o con otro- su participación dentro de la misma.

Y tampoco podemos permitir que la gran experiencia de la tercera edad se vaya simple y sencillamente bajo el argumento jurídico de la jubilación.

Es una política de empleo que complemente a la política económica descrita con una intermediación firme y decidida, no vergonzante del Estado, no esperar al mecanismo de la reforma fiscal integral ni al mecanismo del mercado para resolver lo que ya es absolutamente una condición indispensable de justicia social.

Estos son algunos de los cómos. No quiero agotar su paciencia, sé que aún quedan algunas semanas a este proceso y yo quiero hacer un firme compromiso con ustedes: el de la unidad me parece obvio, ustedes saben que un expresidente del Partido, bueno por ahí hubo alguno que sí, pero no éste, no éste dividirá jamás a su Partido, no. Yo quiero que entre los 4 adoptemos un compromiso mayor porque finalmente nadie es ni puede ser tan soberbio que suponga que su sola personalidad divida al Partido, el Partido es bastante más fuerte que nosotros y lo aprendí hace mucho.

Lo que yo propongo es la base de las virtudes humanas. Lo que yo propongo es lo que me permite, alguna vez se lo escuché a don Fernando Gutiérrez Barrios cuando me citó un gran revolucionario diciendo: "En la vida el único vicio es el exceso". Por eso ahora acudo a la generosidad de mis compañeros de Partido y particularmente a los precandidatos para recordarnos mutuamente: si el vicio está en el exceso, hagamos de la moderación virtud.