ALCANCE Y LÍMITES DE LA COMPETENCIA POLÍTICA
CARLOS
ARRIOLA WOOG*
La
decisión de seleccionar al candidato a la presidencia
de la República, mediante un proceso electoral abierto
a la ciudadanía, ratificó la naturaleza y vocación
democrática del PRI.
A
lo largo de setenta años, el partido creado por los hombres
de la Revolución Mexicana y los gobiernos emanados de
él, promovieron sucesivas reformas constitucionales,
no sólo para ampliar los cauces de la participación,
sino para ayudar a los partidos y asociaciones que representaban
intereses y posiciones diferentes a los suyos.
La
democracia no sólo se construye desde el Estado. La experiencia
mexicana en el siglo XIX mostró las resistencias de la
sociedad colonial para adoptar la política moderna y
abandonar "los usos y costumbres." De ahí que
los gobiernos liberales y después los priístas
hayan prestado especial atención a crear en la sociedad
las condiciones propicias para el surgimiento de ciudadanos
y organizaciones que los representaran.
El
esfuerzo gigantesco realizado en materia educativa ha sido la
mayor palanca del cambio. El artículo tercero, desde
1857, se propuso, además de alfabetizar e instruir, crear
ciudadanos modernos, individuos libres, que asumieran su destino,
ya que en la Colonia, el hombre formaba parte de un grupo y
sus posibilidades de realización, fuera de él,
eran reducidas en extremo, por lo cual en el siglo XIX los ciudadanos
eran "imaginarios" como se titula el excelente libro
de Fernando Escalante. De ahí también que a pesar
de contar con un marco jurídico liberal, y a pesar de
que los procesos electorales no se hayan suprimido, ni siquiera
durante el porfiriato, la democracia no haya conocido avances
sustanciales.
La
democracia no es inherente al hombre ni a la sociedad. Los griegos
la inventaron, los romanos la abandonaron y los europeos la
sepultaron durante varios siglos. En el resto del mundo ni siquiera
se conoció. La democracia es una construcción
del espíritu, por lo cual no es irreversible pero si
perfeccionable, ni es el fin de la sociedad; es tan sólo
un mecanismo, entre otros, para designar a las autoridades.
Los procedimientos democráticos tampoco garantizan la
elección del mejor hombre, ni la del más capaz.
No hay que olvidar que Hitler llegó al poder por la vía
electoral.
La
democracia directa pudo existir en las pequeñas ciudades
griegas y actualmente se práctica aún en perdidas
comunidades de los cantones suizos. En las sociedades modernas
requiere de representantes, pero la elección de estos,
en sus inicios, estuvo restringida a los que se consideraba
capaces: los que pagaban impuestos o sabían leer.
Este
preámbulo tiene como objeto insistir en que cada país
tiene las instituciones políticas no que se merece, como
reza el proverbio, sino las que le ha sido factible construir.
Esta tarea, edificar instituciones que abran la participación
de los ciudadanos en la designación de sus autoridades,
ha sido resultado, en todas las épocas y países,
de luchas por el poder, de fuerzas económicas y de movimientos
sociales.
Todo
ello parece obvio, y lo es. Sin embargo, en México se
niega, que el partido que ha sabido conducir al país
a lo largo de un tormentoso siglo que suprimió la democracia
en buena parte del mundo y conoció innumerables dictaduras
y golpes de Estado, sea democrático a pesar de que haya
asegurado el consenso, la paz y el desarrollo económico,
sin recurrir a la represión y sin haber suprimido las
elecciones.
La
expresión más común de esta negativa es
que vivimos una "transición democrática"
y el pasado inmediato se equipara, sin ningún fundamento
empírico y sin ningún escrúpulo intelectual,
con el de los antiguos países socialistas de Europa,
con la dictadura de Franco o la de Pinochet.
Los
sesenta años de existencia del PAN, las sucesivas y cada
vez más generosas reformas electores, los triunfos de
la oposición en municipios, gubernaturas y en la Cámara
de Diputados atestiguan "la evolución política
del pueblo mexicano", como acertadamente calificó
Don Justo Sierra la historia de México en el siglo pasado
y que se aplica con mayor razón al que termina.
Esta
evolución fue posible, de un lado, debido a la existencia
de un marco jurídico que confirmó la naturaleza
democrática del Estado mexicano, así como a la
voluntad de los gobiernos priístas de cumplir los ordenamientos
legales.
Del
otro, a la consolidación de la cultura política
moderna y al desarrollo económico que permitió
el surgimiento de nuevos actores sociales que quieren participar
y disputar al PRI la conducción del país. Cabe
preguntarse si en los años en que el PRI fue calificado
de hegemónico y calumniado como totalitario, existían
actores sociales y organizaciones políticas que contaran
con el apoyo de la mayoría. Aun hoy, en octubre de 1999,
todas las encuestas que preguntan al entrevistado, por cual
partido votaría, dan el triunfo al PRI con un holgado
margen. (Ver Reforma del 30 VIII-99 y El Universal del 4-X-99)
La
comisión de irregularidades, como fueron el robo de urnas
y otras prácticas irregulares de antaño, pertenecen
al folklor de una sociedad tradicional, rural, mal comunicada
y poco desarrollada. Las prácticas irregulares de hoy
no son privativas del PRI. Los gobiernos panistas y perredistas
han incurrido en ellas, incluso cuando se trata de elecciones
internas. Sin embargo ni las prácticas de ayer, ni las
de hoy, invalidan la tesis de "la evolución política
del pueblo mexicano."
Los países considerados como supuestos modelos de democracia
también las practican, como la manipulación del
voto de las minorías étnicas, entre otras. Las
democracias en todo el mundo son obra de hombres, no de espíritus
puros.
En
el marco de esta evolución se inscribe la decisión
de recurrir a elecciones internas (aunque participen no priístas)
para la designación del candidato del PRI. Cada partido
tiene el derecho de implantar el método que convengan
y acepten sus miembros para elegir al candidato que los representará,
sin excluir su designación por una o varias personas.
Cuando los miembros de un partido aceptan el procedimiento establecido,
el que sea, este no tiene nada de antidemocrático. Cuando
es impugnado, el problema es otro y puede optarse por modificarlo
para preservar la unidad, para seleccionar al más popular
o para lo que se desee.
Ampliar
la participación siempre ha implicado riesgos y abre
la puerta a errores, inequidades e incluso injusticias. La lucha
por el poder nunca ha sido un fair play ni los jugadores hermanas
de la caridad.
El
PRI decidió modificar tardíamente las reglas del
juego para seleccionar a su candidato a la presidencia en el
año 2000, lo que ha dado lugar a improvisaciones, errores
e, incluso, injusticias. Sin embargo, estas no invalidan la
importancia de un proceso que contribuirá a elevar el
nivel de la competencia política en México.
Los
"foristas" que abandonaron el PAN por abandono de
los principios y falta de democracia (léase fueron hechos
a un lado) han caído en el olvido y los que abandonaron
el PRI, en particular Muñoz Ledo, han comprobado la vigencia
de la ley de hierro de la oligarquías.
La
experiencia que el PRI recoja del actual proceso para seleccionar
al candidato a la presidencia de la República, y la obtenida
en otras elecciones locales, permitirá la elaboración
de reglas claras para que próximamente los miembros del
PRI escojan, sin sobresaltos, a sus candidatos. Así los
aspirantes a puestos de elección popular conocerán,
con antelación, las reglas del juego y sabrán
a qué atenerse. Las instancias directivas del partido,
a su vez, podrán guardar mayor imparcialidad, pero no
hay que esperar que con ello desaparezca el conflicto. Este
es inevitable cuando el juego se deja al mercado ya que siempre
existen "prácticas desleales" y "subsidios
disfrazados," como en el comercio internacional.
La
competencia democrática es tan sólo un medio para
dirimir, lo más civilizadamente posible, la lucha por
el poder. No hay que ceder al chantaje que ejerce la oposición
que proclama que la tarea más urgente es la democratización
del país y, para muchos de ellos, lo anterior supone
que el PRI les regale el poder. Menos a la de los autodesignados
líderes de la sociedad civil, los mal llamados notable
y los que se pretenden ciudadanos por encima de toda sospecha,
que no representan a nadie. Estos también buscan una
parcela de poder pero sin someterse al veredicto de los militantes
de un partido, menos al de los electores.
México
vive la democracia y esta supone el gobierno de la mayoría,
no la búsqueda incesante y desgastador del consenso para
todo. El PRI, como partido mayoritario, tiene por delante tareas
más urgentes y mayores responsabilidades. Vamos a ganar
la presidencia y tenemos que recuperar la mayoría en
la Cámara de Diputados por el bien de México.
*Carlos Arriola es autor de varios libros y artículos.
Fue investigador y secretario general de El Colegio de México
y también ha sido funcionario público. Entre sus
principales publicaciones se cuenta Los empresarios y el Estado,
Ensayos sobre el PAN y ¿Cómo gobierna el PAN?
