El
PRI y la revolución pacífica de las conciencias
FERNANDO
GUTIÉRREZ BARRIOS*
La
historia del Partido Revolucionario Institucional, tiene su origen
en la decisión política de los hombres más
representativos de la Revolución del 910, que luego de
haber plasmado un pacto social fundamental, como es la Constitución
de la República, cimiento de un nuevo orden jurídico,
se empeñaron en la institucionalización de la vida
política terminando con las divisiones, del caudillismo
y los enfrentamientos que se dieron a lo largo de este periodo
primordial para la creación del Estado nacional. De ahí
que el actual proceso interno del Partido Revolucionario Institucional
sea determinante en los que se refiere a su aportación
a la vida democrática del país, así como
al pluralismo, al reconocimiento del derecho a la diferencia,
a la existencia de aquel que es políticamente distinto
o aun opuesto, pero que merece un espacio de expresión,
tarea a la que se ha obligado el Partido a través de una
nueva etapa de apertura política, que garantizará
un cambio ordenado y con rumbo.
Esta
cuarta etapa en la vida del PRI, que se inicia en 1929 con el
Partido Nacional Revolucionario es, por una parte, la reafirmación
de nuestras raíces históricas en que diversas corrientes
políticas se suman para enriquecer un proyecto de nación,
y paralelamente, un avance sustantivo mediante una revolución
pacífica de conciencias, que interpreta el sentir colectivo
de la sociedad mexicana sobre la democracia, y la necesidad de
que este principio, sea el punto de referencia de las distintas
fuerzas políticas.
UNA
NUEVA SOCIEDAD
¿Cómo
se ha producido este afán innovador?, ¿quién
es el principal actor político de este cambio?, y ¿cuáles
son los resultados que tendrá para la vida partidista?
El cambio político ha sido la expresión de una nueva
sociedad, educada, informada y crítica, forjada por la
movilidad social de los gobiernos surgidos de nuestro partido.
Es
la sociedad la que tiene la responsabilidad de impulsar el cambio
democrático. Es ella, en realidad, el agente fundamental
de esta transformación cualitativa. El PRI ha entrado
en una relación de sincronía con este afán
de innovación, encauzando esta manifestación vital
de las energías sociales, y conservando el sentido del
cambio con el sustento de nuestras raíces y de nuestra
identidad doctrinal.
Abandonar
a la sociedad a un juego político sin reglas, en que no
hay una ética de la acción política, puede
traer como consecuencia, confusión, anarquía o
autoritarismo, lo que tendería a generar un ambiente de
inestabilidad, de enconos artificiales, de carencia de diálogos
y negociaciones, de hegemonía unilateral y destructiva
del disenso.
La
política y la misión del Partido en esta circunstancia
es orientar, pulsar, articular este cambio, dándole la
calidad de una nueva cultura política, incluyente y tolerante
que permee a la sociedad, y que sin descartar las discrepancias
tenga como primicia la política del acuerdo sobre las bases
mínimas de la convivencia nacional. Es como el consenso
abriga en sí el disenso en un orden democrático.
De ahí la importancia de reflexionar sobre los resultados
de esta natural efervescencia cívica que vivimos. Al construirse
gradualmente las instancias de expresión de la divergencia,
se ha tenido extremo cuidado en que éstas ni se desborden
ni se sometan a un control inhibitorio de su creatividad política.
Se
ha logrado transitar por la visión política del
presidente Ernesto Zedillo a través de una etapa de cambio,
que no se ha significado por el vacío, sino por un recambio
político de valores, preservando un equilibrio entre lo
viejo y lo nuevo, lo que debe mantenerse como identidad y memoria,
y lo que ya resulta inoperante, pues ha agotado su ciclo histórico.
Ha
sido una mutación del <<sentido común>>,
esto es, de los valores que interpretan la realidad y le dan sentido.
La cualidad innegable que ha tenido este proceso, es que ha transcurrido
en el orden y la tranquilidad, pero también con una natural
resistencia al cambio, y las inercias que siempre se presentan.
Su
consecuencia ha sido el aprecio político del poder ciudadano,
la revalorización del consenso social como fundamento
de la acción política, y el reajuste que se ha venido
dando en todos los partidos en función de la competencia
electoral que se avecina.
LA
NUEVA SOCIEDAD Y EL PARTIDO
En
esta coyuntura el PRI se erige como la vanguardia de las transformaciones
nacionales, entre otras razones, por su sentido institucional,
sus redes sociales, su poder de convocatoria, su estructura nacional,
todo lo cual ha tenido como respuesta la receptividad, atención,
vigilancia y escrutinio de la sociedad y de la opinión
pública en su conjunto.
Por
ello resulta un contrasentido referirse a que este cambio del
que somos coautores, al reconocer a la sociedad civil su papel
protagónico significa la liquidación del ejercicio
y mantenimiento del poder. Por el contrario, es un incentivo en
el propósito de perfeccionar la democracia. En ella, la
elección abierta para la candidatura del PRI a la Presidencia
de la República es un factor esencial en la consecución
de los compromisos que tenemos con todos los mexicanos.
La
sociedad entera, las bases militantes, los simpatizantes, en suma,
el emergente poder ciudadano es el que dirige este proceso que
habrá de llevarnos a la consolidación de los valores
que regirán la existencia del país en el inicio
del próximo milenio. El PRI ha sabido adaptarse al sentir
genuino de la nación y su poder se renueva de manera permanente,
sobre todo a través del contacto directo con la ciudadanía.
Por
ello no tememos a la participación abierta de la sociedad
en este proceso; por el contrario, le proporcionamos vías
de expresión política, adecuadas y oportunas, para
alcanzar la plena realización de nuestros objetivos.
Tenemos
absoluta confianza en nuestros militantes, pero principalmente
tenemos la certidumbre de que es la ética política
la que nos guía y nos da aliento en este esfuerzo.
De
ahí que convenga revisar las transformaciones que se han
producido en la vida política, así como su significado
en la vida concreta del ciudadano.
LA
DEMOCRATIZACIÓN: UN SÍMBOLO
El
PRI alcanza el cambio cultural de la sociedad civil con la transformación
de la sociedad política. No hay antagonismo ya que la sociedad
política tiene como sustento a la sociedad civil. La legitimidad
democrática es precisamente vincular, por el voto libre,
directo y secreto a la sociedad civil con la sociedad política,
sin que quepan en ello fracturas del tejido social, o en su caso
más riesgoso, la amenaza de dividir la unidad esencial
de los mexicanos.
La
diversidad se manifiesta en la corresponsabilidad del ejercicio
del poder con la de los intereses superiores; en la oposición,
en la cohabitación democrática, en la dialéctica
del amigo y el adversario que en política son siempre
circunstanciales, y en la búsqueda de los intereses superiores
de la nación anteponiéndolos a los partidistas.
La democratización del Partido es suma de actores con visión
de largo plazo, en una perspectiva histórica cuyos resultado
serán inmediatos, inobjetables, equitativos y transparentes
en la elección abierta de nuestro candidato, lo cual habrá
de reafirmar nuestra presencia en el espectro político
nacional. Como señala Ortega y Gasset, a todo cambio en
la política corresponde una transformación a veces
subterránea, y en otras ocasiones mucho más tangible.
Eso y no otra cosa ocurre hoy en el país en las diversas
formas políticas que son en su fondo signos de la cultura
y de la nueva mentalidad colectiva.
Así
la cultura del respeto a la diferencia, que es plural y que se
expresa en un orden democrático, ha hecho que las sociedades
miren con recelo fundado los esquemas totalitarios y excluyentes.
Los regímenes de fuerza han perdido soporte histórico
y han dejado de ser la solución mágica para las
masas seducidas por el dogma o la demagogia.
Los
símbolos son representaciones de ideas que asumen las
formas de sintetizar en una imagen, un mensaje político
y un sentido de compromiso e identidad. Por ello hay que identificar,
en la actual etapa del partido, al símbolo con los ciudadanos
y con las masas en una relación de equilibrio. Símbolo
que conserva en esencia el compromiso nacionalista de nuestro
Partido y de los anhelos históricos de la nación.
La
Comisión para el Desarrollo del Proceso Interno tiene
el fin de afianzar y fortalecer esa nueva cultura política,
mediante el impulso resuelto de la democratización interna
del Partido, como pieza clave para el conjunto del país.
El
proceso de elección abierta reenlaza al PRI con sus orígenes
populares, y a la vez, lo proyecta al futuro de una sociedad que
requiere de una vertebración inédita de sus actores.
Por ello, esta nueva etapa habrá de estar regida por una
viva conciencia del Estado de derecho, del imperio de la ley,
del compromiso institucional y de la ética política.
*Presidente
de la Comisión para el Desarrollo Interno del PRI.